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26 de Jul de 2021

Cultura

“Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”

En los ochentas los militares intentaron silenciarlo. Pero hoy, en el día de su beatificación, el idealismo de ‘San Romero de América'

“Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”
“Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”

Óscar Arnulfo Romero murió asesinado por el odio.

Así lo ha estipulado el decreto vaticano por el que hoy se le beatifica sin que se le reclame milagro.

Tras su muerte, el 24 de marzo de 1980, devino la guerra civil de su Salvador, natal, que duró doce años y se cobró cerca de 75 mil vidas.

Sus homilías dominicales de más de una hora, transmitidas rudimentariamente por teléfono a través de YSAX Radio , La Voz Panamericana, emisora oficial del arzobispado de San Salvador, se convirtieron en el programa de mayor audiencia del país y se seguían internacionalmente.

— No ignoramos el riesgo que corre nuestra pobre emisora por ser instrumento y vehículo de la verdad y de la justicia, pero sabemos que hay que correrlo porque hay todo un pueblo que apoya esta palabra de verdad y de justicia, anunciaba el día antes de su muerte.

El arzobispo mártir, que denunció desde el púlpito la injusticia y la violación de los derechos humanos en un régimen militarista que no atendía ‘las necesidades de los pobres' fue la voz de aliento para los desamparados.

‘Cuando la Iglesia toma ese tono de denuncia, no es con resentimiento, sino desde el Evangelio (...) Yo tengo la conciencia muy tranquila de que jamás he incitado a la violencia. Todos esos campos pagados y esas calumnias y esas voces de radio gritando contra el ‘obispo revolucionario' son calumnias, porque mi voz no se ha manchado nunca con un grito de resentimiento ni de rencor', proclamó el 1 de diciembre de 1977, en una sus homilías documentadas en Internet.

A pesar de las amenazas, denunció las desapariciones que desconcertaban a la convulsa sociedad salvadoreña: ‘esto no es política, esto es la voz de la justicia, esto es la voz del amor, esto es el grito que la Iglesia recoge de tantas esposas, madres, hogares desamparados, para decir: ‘que vuelvan esos hijos donde los reclama el derecho de Dios', urgió el cura.

‘Cuando en el corazón de un noble salvadoreño se enciende el odio, la lucha, el secuestro, el crimen, la sangre, no es un salvadoreño auténtico, no hace honor a su patria y a su fe, es un traidor de esa trascendencia que nosotros hemos —diría— amamantado en el mismo pecho de nuestras madres', recalcaba el 6 de enero de 1978, tras el mensaje del papa Pablo VI a El Salvador, alentando a la pacificación del país.

Con persistente valentía, Romero sorteó desde sus sermones la falta de información de los complacientes medios de la época, en su mayoría cercanos a la oligarquía dominante: ‘El 12 de marzo, a la 1 de la madrugada, dos camiones de las FF.AA. Se colocaron frente a la casa de habitación de los sacerdotes belgas que trabajan en la parroquia de la Col. Zacamil. De los camiones se bajaron agentes uniformados de la Guardia Nacional ...en número de 40 más o menos... violentaron las chapas y entraron... la operación duró una hora y se llevaron varios papeles', reveló a sus feligreses, incorporando el relato a la liturgia dominical.

Entre los ‘hechos de la vida nacional' que destacaba a su parroquia, a la que se sumaban cada vez más representantes de organizaciones de base, organismos internacionales y periodistas (como el panameño Demetrio Olaciregui, entonces corresponsal en la zona de la agencia UPI), el domingo antes de su asesinato, informó: ‘desde el 6 de marzo, fecha en que se decretaron las reformas y el Estado de Sitio, hasta el día lunes 10 de marzo inclusive, teníamos registrados debidamente documentados (quiero decir ésto también, porque alguien dijo que yo inventaba aquí cosas, quiero decirles que nunca me han sabido probar una mentira de todo lo que aquí voy diciendo a lo largo de tantos años... Lo que pasa es que parecen mentiras) que en sólo estos cuatro días han sido asesinados 43 campesinos de diversas zonas del país: 11 obreros; 22 estudiantes, entre ellos los 10 del Instituto de San Miguel y 4 de San Vicente; 2 profesionales y 5 personas no identificadas; todas de los sectores populares'.

‘Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejercito, y en concreto a las bases de la guardia nacional, de la policía, de los cuarteles —terminó diciendo en la última homilía antes de su muerte — hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR... En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo... les suplico, les ruego, les ordeno: ¡Cese la represión...! Fue su última homilía dominical. Lo mataron al día siguiente, mientras oficiaba misa, con un disparo que le rompió el corazón.

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Rebeca Grynspan,

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