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19 de Feb de 2020

Cultura

La bestia del miedo

Cuando empecé a escribir quise rendirle homenaje a Juan José Arreola, sabio de la imagen

Hoy quiero hablar del gran escritor mexicano Juan José Arreola. Arreola fue un gran maestro de la palabra, del estilo, de la economía del lenguaje, gran conocedor del ritmo y su misterio, personaje alto y delgado, histriónico a decir no más, vivió su vida literariamente, todo en él era palabra, verso, poesía; el gran vampiro, lo llamó Alejandro Rossi no tan cariñosamente.

Me enteré hace poco de que el gran Arreola tenía sus fobias, como suele suceder en tales casos de genio y creatividad. Ahora me pregunta si no habrá escrito su Bestiario como una manera de contrarrestar los efectos de sus miedos y no como un canto de amor a las bestias de la tierra, como se tiende a pensar. Arreola escribió un breve texto llamado ‘El sapo', una prosa poética muy hermosa, un juego de palabras y metáforas de calidad inmortal. ‘El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón', dice Arreola en el ‘El sapo'.

Y el corazón de nosotros los lectores también da un salto, un salto alegre, caemos al vacío con todo y sapo y con todo y Arreola. Más adelante también nos dice: ‘En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros con una abrumadora cualidad de espejo'. La otredad. Nosotros allí en lo que observamos, nuestra propia mortalidad, nuestras arrugas en el anfibio apedreado. Años después, cuando empecé a escribir, quise rendirle homenaje a este sabio de la imagen poética y el resplandor de la sílaba. Escribí entonces el cuento ‘Despertar abierto', que comparto con ustedes humildemente en esta columna:

‘Se quitó las chancletas y apagó la luz. Era toda suya la cama. Se agarró al sueño como un gato y recordó que pertenecía a un grupo selecto de criaturas que suelen esconderse bajo las piedras; un sapo hinchado, saltando en cada ocasión en la que resguardarse en la humedad deja de ser lo más importante, sin miedo de perder las verrugas ante el mundo. Bueno es siempre recordar clichés innegables: el tiempo lo cura todo pero también destruye con ganas, sonríe al ver escombros en las cabezas de los hombres que buscan bajo las piedras y coleccionan verrugas, no les gusta el salto, no les gusta la humedad, son secos, como hojas que han olvidado cómo lanzarse desde el árbol con gracia y sutileza. Encender la luz, encender la luz, encender la luz para recuperar la rama, encender la luz para recuperar la rama. No, dejarla apagada y aceptar el esqueleto, aceptar el esqueleto. Los huesos no brillan en la oscuridad, no es cierto, madre, los huesos no brillan en la oscuridad. Me engañaste mamá, los sapos no usamos chancletas, ni somos gatos aferrados a la cama. Sólo con ocemos el frío de la mesa de disección'.

Yo no les temo a los sapos, como les he hecho creer a algunos de mis amigos. No les temo, les tengo lástima a los pobres saltarines abotagados. Nunca he pateado un sapo. Nunca le he hecho atrocidades a ese pobre animal. Me reconozco mucho en él como para hacerlo. Sería como dañarme a mí mismo.

MÚSICO Y POETA