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03 de Jun de 2020

Cultura

Vías calientes y pañitos tibios

Lo que aquí hace falta es una revisión profunda del reglamento de tránsito

Cantando el ‘sana, sana, culito de rana'. Así se la pasan los responsables del tránsito y transporte terrestre de este país. Todos sabemos que la conducción en Panamá, ya sea en ciudad o en carretera, es un acto de intrepidez o de inconsciencia. Para manipular un vehículo a motor aquí has de cumplir uno de dos requisitos, o ser un maníaco suicida sin miedo a morir, o ser un psicópata con ansias asesinas. Las personas normales solemos oscilar entre ambos sentimientos al menos diez veces cada hora.

La Autoridad del Tránsito es un bulto. Los policías de tránsito, salvo honrosas excepciones, están más para ver lo que recogen que para hacer cumplir la ley. Y el reglamento de tránsito… ¡El reglamento de tránsito, señores! Un compendio absurdo de normas en el que las revisiones se hacen solo para subir las multas, haciendo mucho más rentable pagar la coima que asumir responsabilidades. Un reglamento que castiga, por ejemplo, el ‘aliento alcohólico'. ¿¡Qué coño es el ‘aliento alcohólico'!? Quiero decir, si un borracho me tira encima una cerveza, oleré a guaro. ¿'Aliento alcohólico'? Digamos mejor que ese punto no es más que una excusa barata para que los agentes puedan extorsionarte sin más prueba que su olfato.

Tratan de mejorar el índice de muertes bajando cada vez más la velocidad. Sin darse cuenta que no puedes legislar aquello que sabes que la gente no va a cumplir. Y lo de ir a 40 o a 60 en carretera abierta no va a pasar. Y lo saben. Por muchas multas que pongan.

Nunca fue cierto lo de instalar reguladores de velocidad automáticos en mulas y autobuses. Los grandes camiones son los amos y señores de las carreteras, imponiendo su ley y haciendo desmanes. Los coches ‘oficiales' hacen lo que les pica el huevo, tirándose, cruzándose, saltándose semáforos y pasándose las reglas por el eje. Los peatones se creen inmortales, sin acordarse de que en aquella película de escoceses con faldas se recalcaba lo de ‘solo puede quedar uno', y son apachurrados cual tomates ¡chof! al cruzar por cualquier sitio que se les ocurre, debajo de los pasos elevados, saliendo de repente por la parte de delante de los buses, o tirándose de un taxi en el paño del medio de Calle 50 en plena hora pico. Con dos cojones. Los adolescentes pueden manejar a los dieciséis años. Lo cual, con el tráfico que hay en Panamá es una absoluta temeridad, ya no por parte de ellos, que, a su edad se creen inmortales (y ni siquiera necesitan faldas); sino por parte de sus progenitores, que confiando en los cuatro angelitos de la guarda que llevan en las cuatro esquinitas del carro y se lo guardan, los lanzan a las carreras de cuadrigas sin entrenamiento adecuado y sin madurez suficiente. Poniendo en peligro no solo a sus vástagos, sino a los ajenos.

De lo de los hijos de puta que van por los hombros no voy a hablar aquí. No lo merecen. Y de los que osan manejar borrachos, tampoco. No quiero volver a hablar de los canallas que han matado, estando borrachos como piojos, a gente inocente, y que, años después, siguen impunes y muertos de risa por la calle.

Lo que aquí hace falta es una revisión profunda del reglamento de tránsito. Pero hecha por gente seria y que sepa, no basta con endurecer penas. Hay que hacer docencia. Informar. Y castigar no solo a los conductores, también a los peatones. Y a los policías coimeros.

Los muertos nos lo exigen. Y mañana puede ser su hijo. O el suyo.

COLUMNISTA