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01 de Apr de 2020

Cultura

Dos piernas, ningún cerebro

Habitamos el reino de la locura, donde los bueyes danzan, y los ciegos guían a los ciegos.

Vivimos en un país de disociados mentales. Rodeados de gente que utiliza inconscientemente este mecanismo de defensa para poder continuar, eliminando de su percepción de la realidad los elementos que los disturban. Vivimos en una sociedad absolutamente incongruente sin tener conciencia de ello. Habitamos el reino de la locura, donde los bueyes danzan, y los ciegos guían a los ciegos.

Mandamos mensajitos a troche y moche el Día Internacional de la Mujer felicitándonos por tener un coño y ser luchonas y entregadas; hacemos discursitos edulcorados e institucionalmente correctos; damos tiempo compensatorio a las funcionarias que se quedan a recortar y pegar los carteles alusivos a tan magna fecha y prohibimos la entrada a las oficinas públicas y a las escuelas a mujeres enseñando los ¡hombros!, ¡las piernas! o ¡los dedos de los pies!, demostrando que aún no hemos superado la época victoriana.

Clamamos por la libertad y la igualdad y luego hacemos una barahúnda por una falda escolar por encima de la rodilla ¡Horror de horrores! ¡Tierra trágame! ¡Una minifalda! ¡¿Dónde vamos a ir a parar!? Nos negamos a sancionar una ley de educación sexual, ¡a nuestros hijos los educamos nosotros! Nos horrorizamos cuando se muestran las cifras de niñas preñadas. Y cuando nuestra hija o nieta llega a casa con la bendición en el bombo, ponemos al mal tiempo buena cara y recibimos en casa a la futura madre, al damnificador y en breves meses cargaremos con la manutención del fruto de la ignorancia y del no llevar un pinche condón en el bolsillo o en la cartera de Minnie Mouse. Porque las putas son las otras, no la nuestra, la nuestra se embarazó por amor y porque fue la voluntad de nuestro Dios arruinarle la vida. Nos morimos de la risa y los jaleamos cuando vemos en las redes a una pareja manteniendo relaciones sexuales a plena luz del día y a la vista de todo el mundo, perreamos en carnavales, pero nos asustamos porque una maestra trata de hacer entender a las muchachas que parir no es como hacerse un tubi tubi con los únicos medios de los que dispone, a saber, su propio cuerpo, su talento y su vocación.

Así con todo, queremos que nuestro hijo se traiga un diploma fulo cuando sale a estudiar al extranjero para ‘mejorar la raza', pero vociferamos indignados cuando en un comercio recelan de unos chicos de color fuerte.

‘Todos somos iguales y en este país somos de todos los colores', pero en las escuelas los niños no pueden entrar con rastas y las niñas tienen que alisarse el afro. Y a una profesional la botan por llevar su cabello al natural.

Aquí hay de todo, pero en cuanto salta un escándalo, y sin saber ni interesarse en averiguar, todos dicen: ‘¡Seguro que era extranjero. Echen de Panamá a los…!' (Inserte gentilicio preferido en la línea de puntos).

¿No nos estamos dando cuenta del camino que recorremos hacia la locura? ¿Nadie se percata de que estamos inmersos en una sociedad psicopática? Enarbolamos la bandera de la moral y la decencia tratando de impedir que dos personas que se quieren puedan formar una familia, y no vemos que la mayoría de las familias que decimos defender no son reales.

La mayoría tenemos dos piernas, aunque se empeñen en que las escondamos, dos ojos y dos manos. Muchos solo usan las piernas para arrodillarse, los ojos para mantenerlos bien cerrados ante aquello que no les interesa ver y muchos otros solo utilizan las manos para apropiarse de lo que no es suyo. Pero parece que nadie usa el cerebro.

COLUMNISTA