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29 de Nov de 2020

Cultura

Yo también

Hace unos días, en Mogadiscio, un ataque terrorista tuvo un saldo de más de trescientas personas muertas

Yo también soy Somalia. ¿Ustedes no son Somalia? Es más, ¿saben ustedes lo que está pasando en Somalia?

Me asombro cada día más de la mezcla de ingenuidad y estulticia que imbuyen el alma humana. Me quedo absorta escuchando a la gente tratando de organizar sus ideas y acomodar sus pobres argumentos para no sentirse tan miserables con ellos mismos.

Hace unos días, en Mogadiscio, un ataque terrorista tuvo un saldo de más de trescientas personas muertas. Trescientas. Personas. Asesinadas. ¿Captan la idea? ¿El concepto? ¿La magnitud de la tragedia?

No, claro, porque los que murieron en Mogadiscio no son blancos y europeos. Porque Mogadiscio no tiene el glamour de las Ramblas o de los Campos Elíseos. Porque a ninguno de ustedes se les ocurre, al pensar en ello, la aterrorizante idea de que les ha podido pasar a ustedes. Porque, ¿quién va de vacaciones a Somalia? ¿Verdad? ¡Ni que estuviéramos locos! ¿Quién va a ir a un concierto en el hotel Safari como si fuera a Las Vegas o a Manchester? Pffff... ni que Somalia fuera un destino al que cualquiera quisiera ir en Fiestas Patrias.

En cambio todo el mundo está hablando de las etiquetas MeToo o YoTambién, con las que las mujeres están sacando a la luz todas las veces en las que cada una de ellas han sido o se han sentido atacadas, acosadas o asediadas por hombres malos. Hombres que no entienden que las mujeres tienen los mismos derechos que ellos a vivir libres y sin miedo. Y no me malinterpreten, en ningún momento quiero minimizar las terribles experiencias. Faltaría más. Pero creo que en esta sociedad de cuidados paliativos y prevenciones, donde a los niños no se les permite ya caerse a gusto sin tener que ser defendidos por casco, barbiquejo, guantes, muñequeras, coderas y rodilleras. En esta sociedad, donde el dolor es el coco, y donde nadie debe sentirse incómodo, a disgusto, molesto, rechazado o fuera de foco nunca, jamás, nos están acostumbrando a que todos y todas tenemos derechos. Tenemos derecho a ser felices. A ser libres. A no ser molestados, acosados, violados. Exigimos nuestros derechos. Y vivimos tan bien, y nos han mimado tanto que no permitimos menos que ser tratados como reyes. Todos y cada uno de nosotros.

Pero, sepan ustedes, señores y señoras que vivimos en una burbuja de falsa seguridad. Estamos enseñando a los niños a ser buenos y gentiles. Les estamos enseñando a no devolver el golpe. Y a las niñas las estamos enseñando a que la sociedad, todos nosotros, tenemos el deber de velar por ellas, todos nosotros debemos estar pendientes de que nadie las haga sentir desgraciadas nunca.

Ahora escúchenme bien: los bárbaros están a las puertas. A las nuestras, no se crean ya que la Avenida Jidka Afgooye está muy lejos, que la inhumanidad nos queda a desmano. Sepan ustedes que nuestros hijos, los jóvenes esos a los que no hemos enseñado que la vida es una hija de puta y que las libertades se conquistan con sangre y se defienden con sudor, van a tener que pelear en guerras para las que nadie los ha preparado.

Y las niñas, esas que han crecido convencidas de que sus cuerpos son solo suyos y que nadie puede tocarlas ni con el pétalo de una rosa, esas, van a ser violadas por hordas de hombres a los que oír hablar de libertad femenina y feminismo les va a hacer mucha gracia. Pero no todo está perdido, quizás se rían tanto con las declaraciones de la futura violada que alguno quiera quedársela solo para él y no compartirla con todos sus amigos.

COLUMNISTA