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22 de Oct de 2020

Cultura

Icaria

Un señor que estaba en la improvisada parada musitó

El 25 de noviembre de 2014 Icaria Rodríguez se calzó las sandalias turquesas, sus favoritas, y abandonó las cuatro paredes levantadas sobre el terreno precarista donde vivía con sus tres hijas. Antes de cerrar la puerta por la que no volvería a entrar, secó las tortillas recién fritas y las dispuso en una escudilla con rebanadas de queso. Dobló la ropa y la colocó sobre la cama, le esparció semillas al loro en la jaula, llenó con agua de lluvia la vasija del desvencijado perro y besó la frente de las niñas.

Caminó hacia la parada de buses piratas y el polvoriento trecho le dejó una película canela sobre la piel que asomaba en las sandalias.

‘Icaria no podía ser libre. Caminó dando tumbos hacia la libertad desde muy joven, cuando escapó de casa para evitar ser violada por su padrastro. Tanto su madre y su abuela le gritaban ‘puta' (...)

‘Es una lástima', se lamentó de la mugre que terminó adhiriéndose a la imitación de cuero. Con el ceño fruncido apresuró el paso para no perder el transporte.

Un señor que estaba en la improvisada parada musitó:

—Tiene retraso.

Icaria sacó las monedas de su bolso y las contó. ‘Uno cincuenta'. Había reservado el pasaje de ida hacia la ciudad con la exactitud numérica que moldea la necesidad en los gestos cotidianos. A los pocos minutos llegó el busito y la fila de gente se disolvió, quedando tan solo media docena de perros hambrientos en la parada.

—Icaria, ¿cómo estás?

Doña Clementina se había subido al bus fracciones de segundos tras ella. La joven mujer respondió con una sonrisa aunque no hubiese querido topar a nadie conocido.

Miró el reloj de su teléfono móvil y contó los minutos que tardaría su marido en llegar. Eran las seis y veinte de la mañana. Su turno terminaba a las siete. A las siete y cuarenta estaría en casa, a tiempo para el despertar de las niñas. Las hijas de Icaria.

Esteban la quería, pero la violencia acechaba más allá de su uniforme policial. Icaria había encontrado en él un padre para criar a las criaturas, sin embargo vivía con el temor de que el hombre que las engendró las secuestrara un día. Sabía que la justicia era ciega para las víctimas y el hecho de que su pareja estuviera en las filas policiales no las mantenía a salvo de la pesadilla cotidiana. Su exmarido la acosaba continuamente; en dos ocasiones tuvieron que sacarlo los vecinos a la fuerza porque la estaba amenazando con un machete. El estado etílico impidió que lograra su objetivo pues no sincronizaba sus ideas con el movimiento de sus manos.

—¡Te voy a matar, maldita! ¡Aunque te escondas te agarraré un día y me las pagarás!

Icaria no podía ser libre. Caminó dando tumbos hacia la libertad desde muy joven, cuando escapó de casa para evitar ser violada por su padrastro. Tanto su madre y su abuela le gritaban ‘puta': a los quince años llamaba demasiado la atención. Cuando pasaba por la acera rumbo a la escuela, aun vistiendo el uniforme con la monástica falda bajo las rodillas, los hombres -asomados en sus portales- la lujuriaban. Como si fuera su intención atraer las miradas, las vecinas enervadas le gritaban ‘quita maridos' a su paso. Icaria creció con la culpa de ser una tentación constante y un problema para la armonía matrimonial en algunos hogares del barrio.

Abandonó los estudios y se fue a la ciudad. Encontró trabajo en una fonda donde limpiaba y atendía las mesas; una tarde de mayo se acercó un chofer de bus que le prometió darle una vida mejor. La noche que se la llevó a su cuarto el hombre se tomó una caja de cerveza delante de ella. Los fines de semana el escenario era el mismo y los lunes no se levantaba a trabajar a causa de la resaca. Icaria fue paciente. Mientras sus hijas nacían pensó que su marido se apaciguaría y dejaría el alcohol. Se equivocó. Los golpes le rompieron el tabique y las costillas en más de una ocasión. Una madrugada llegó tan borracho que iracundo encendió el colchón. Icaria lo abandonó: pensó que alejándose encontraría una trocha hacia la libertad.

BIOGRAFÍA

Ela Urriola

Investigadora y profesora del Departamento de Filosofía de la Universidad de Panamá, posee un doctorado en Filosofía Sistemática en la Karlová Univerzita, Praga. Dicta las cátedras de Estudio del Pensamiento Creativo y Teoría Estética en programas de maestría y postgrado en la Facultad de Bellas Artes.

Ha participado en la ‘Antología de novísimos poetas panameñas (INAC, 1999) y ‘Poesía de Panamá (UP, 2015), así como en exposiciones colectivas e individuales de pintura.

En 2014 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ricardo Miró con su obra ‘La nieve sobre la arena'. ‘Icaria' es un cuento extraído de la obra ‘Agujeros negros', con la que ganó en 2015 el Premio Nacional de Cuento José María Sánchez.

Con alas de cera la vida la encaminó hacia Esteban. El uniforme le inspiraba seguridad, pero su marido estuvo ausente las veces en que el padre de sus hijas la fue a buscar para pegarle. Denunció las amenazas. Buscó ayuda. El corregidor hizo caso omiso de la urgencia de las peticiones: una boleta de protección no era un escudo infalible. Ella temía por su vida, pero más que nada temía por la vida de sus hijas.

Icaria estaba cansada de buscar la libertad. Estaba cansada de que el vuelo de sus alas dependiera de papeles engavetados a la espera de un sello y una orden de captura para el opresor. Esa mañana despertó convencida de que ya no tenía fuerzas para respirar. Cuando se subió al autobús el pavo con tres vulgaridades le definió la geografía de su cuerpo.

Entonces se bajó a la entrada de Veracruz. No era habitual dejar pasajeros allí a menos que fuera un transporte de ruta que llegara hasta el pueblo. Este no era el caso del pirata que la transportaba. La mujer insistió en bajarse y el conductor del busito hizo una excepción, quizás por cansancio o porque Icaria ya tenía medio cuerpo fuera del vehículo. Pagó sin mirar. El viento con olor a mar le acariciaba la cara cuando Icaria empezó a caminar hacia el puente.

Las siete y cuarenta y cinco. Esteban entró por la puerta y llamó a su mujer. No estaba. Probablemente había ido a la tienda. Encendió el televisor monocromático de veinte pulgadas y mientras hacía el café en la hornilla de dos fogones, esperó que terminaran los anuncios publicitarios con la esperanza de ver lo que quedaba del noticiero.

Recordó que al pasar había un tranque en el puente pero iba en contra vía y no pudo enterarse de lo ocurrido. No se veía rastros de accidente. Esteban se había acostumbrado a la tragedia, era una constante en todas sus formas a lo largo de su jornada de trabajo. A veces tenía miedo de quedar insensible. Se dejaba abrumar por sus insatisfacciones, pero era consciente de que no le ponía mucha atención a los temores de Icaria. Un día de estos le advertiría al imbécil ese que no la amenazara más. Esteban le quitó la tapa a la escudilla y dispuso las tortillas en cuatro platos junto a las rebanadas de queso blanco.

Camila, la mayor, a sus siete años sabía la diferencia entre días de semana y sábado. Los sábados su madre no trabajaba en el almacén, y Esteban llegaba a tiempo para comer las tortillas con ellas. Fue la primera en levantarse, porque el olor del desayuno invadió la casa de una sola habitación y porque el loro había empezado a repetir su nombre hasta el cansancio. Apenas nació, el ave memorizó su nombre de por vida. Buscó a su madre con los ojos entrecerrados todavía pero se quedó parada junto a la jaula con los pies descalzos.

—¡Última hora! ¡Una potencial suicida amenaza con saltar del Puente de las Américas! —la voz de la reportera sonaba monótona aunque gritara, pero lo que describía le paralizó la mano a Esteban, que en ese momento se disponía a llevarse un pedazo de queso a la boca.

La televisión mostraba a una mujer encaramada en la malla que rodea al puente.

—Se ha producido un descomunal tráfico en ambas vías del puente y los conductores aprovechan para tomar fotos y selfies de la suicida en la valla —continuó relatando la reportera, mientras la cámara enfocaba a una mujer de unos treinta años que calzaba sandalias turquesas.

—¡Son las sandalias de mamá!— notó Camila con voz entrecortada.

Esteban dejó el desayuno y con dos pasos quedó en la esquina donde estaba el televisor. Colocado en un tanque de pintura a manera de mesita, se iba la señal cuando alguien se acercaba demasiado y tocaba la antena improvisada con percha de ropa. Camila ya estaba enfrente y tenía puesto el dedo sobre la pantalla. El televisor se balanceaba como una barcaza en alta mar.

—¡Mamá!

‘Icaria, ¿qué haces allá?'. Esteban no entendía nada y las palabras se le atascaron en la boca con el pedazo de tortilla y sólo conseguía pensar en voz alta porque no podía hablar. El queso se le cayó de la mano y el perro se apresuró a recogerlo. Estaba tan perplejo que quiso decirle a Camila que se fuera al patio a jugar, pero no pudo. Mudo por la impresión la tomó en brazos y la sacó al patio. No vio a las otras dos niñas salir del canapé, ni tampoco se percató cuando se colocaron detrás, atraídas por los gritos de la hermana.

—¿Mamá?... ¡Mamá!

Esteban no sólo era incapaz de hablar, ahora tampoco podía moverse. Demasiadas imágenes pasaron por su mente mientras escuchaba el eco de las palabras de su mujer, pidiéndole protección. Él se ausentaba en las noches, en realidad no siempre por trabajo... Quería a Icaria pero no evitaba las andanzas. Además, era demasiado joven como para comprometerse del todo. La ayudaba, pero no había más. Y allí está ella, en el puente, decidida y solitaria como una isla olvidada por el mundo.

—¡Esto es increíble, por Dios! La mujer no hace caso de los ruegos de los pocos conductores que han bajado de sus autos... Mire, señor, señora televidente, ¡algunos hasta sacan sus celulares para tomarle fotos!

Las cámaras enfocaron sus piernas escalando la malla que se doblaba con su peso. Icaria saltó, y su cuerpo fue engullido por un estallido de olas y reverberaciones salinas. Quienes miraron desde el puente su caída, tuvieron la impresión de que el cuerpo de Icaria quedaba transformado en una pequeña isla. Una isla que encontraba su lugar en las aguas de un mar turquesa, profundo y lejano como el color de sus sandalias.

FILÓSOFA, ARTISTA Y ESCRITORA