La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Cultura

Criaturita

Ella vive una ilusión

ENRIQUE JARAMILLO LEVI

Escritor

Colón, Panamá, 1944. Cuentista, poeta, ensayista, profesor universitario, promotor cultural, editor.

Fundador en 1996 del Premio Nacional de Cuento ‘José María Sánchez' y del Premio Centroamericano de Literatura ‘Rogelio Sinán', es director y editor de la revista cultural ‘Maga' y del Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá.

En 2005 gana el Premio Nacional ‘Ricardo Miró' por los cuentos de En un instante y otras eternidades (2006); y en 2009 los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, Guatemala, por los cuentos de Escrito está (2010). Socio-fundador de Foro/taller Sagitario Ediciones en 2013.

Autor de más de 60 libros, los más recientes: ‘Esa fascinante magia de escribir' (ensayos, Panamá, 2014); ‘Premonición de la lluvia' (poesía; Panamá, 2015); ‘Sinestesia. 100 Minicuentos' (Costa Rica, 2016); ‘Palabra de escritor' (ensayos; Panamá, 2016). El cuento ‘Criaturita' es una pieza inédita.

El día ha sido caluroso, lo sigue siendo. El verano ha entrado de lleno y pega duro. La niña para refrescarse se quita la ropita y de golpe se sumerge en la bañera, llena hasta el tope. Como es pequeña, su ágil cuerpecito núbil puede moverse como pez en el agua. Literalmente. Desde arriba la veo zarandearse allá abajo, parece una ranita. Por no decir sirenita, pero carece de cola. Se mueve para allá y de vuelta para acá, arriba y abajo, pirueteando siempre, inesperada maestra de lúbricas cabriolas. Una linda ranita que desplazándose entre curiosa y conocedora, fascinada cree reconocer al fin su viejo hábitat. El sitio de sus más remotos orígenes. Sólo que con agua limpia, traslúcida, desprovista de musgo y adherencias malolientes en el baño acogedor de su propia casa.

Pero, seamos francos, sólo es una bañera cinco veces su tamaño. Ni siquiera una pecera. Ella vive una ilusión. No sabemos si lo sabe y simula ignorancia por perpetuar su fantasía, o si confundida cree realmente estar en el intuido mundo de sus ancestros, feliz, sintiéndose libre al fin. Podría ser que la línea entre una cosa y otra sea muy tenue. No importa. Acaso donde no hay algas o anémonas, las invente; y donde no existe más vida desplazándose que la suya jure ver por todas partes múltiples otras criaturas de colores moviéndose sinuosas como ella a contraluz.

Así pasan las horas, y aunque la energía de la niña es asombrosa, uno acá afuera se cansa. Porque mirar y no hacer nada desgasta, si lo sabré yo. Sólo es natural. Entonces, volviendo a la realidad, harto de inútiles figuraciones -propias o ajenas-, meto al agua mi larga mano peluda, agarro por la cintura a esa diminuta criaturita que me ignora, y convirtiéndola en un bocado apetitoso la introduzco en mi gran boca para, temblando de anticipado gozo, tragármela al fin de un tirón.

ESCRITOR