La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Cultura

Mente revuelta

Pero la inquietud no desaparecía, impertérrita e insistente, era un plomo en mi plexo solar, una lápida en mi pecho

Me despierto últimamente con una sensación desagradable en la boca del estómago.

Las primeras veces pensé que había cenado algo que me había hecho daño, qué sé yo, el botillo, la morcilla, el bocata de calamares con mayonesa o el bacalao al ajoarriero. Traté de que me bajara la bilis con digestivos y antiácidos. Lo del malestar estomacal no me mejoró mucho con el licor de hierbas que me pimplé, pero la verdad es que me hizo enfrentar la mañana con otros ánimos.

Cuando me di cuenta de que la desazón no tenía nada que ver con lo que cenaba o dejaba de cenar, creí que era por el desasosiego que me provocaba el haber pasado recientemente a incrementar las filas de los desempleados de este país. Ingerí entonces un par de coloridas pildoritas junto con el zambombazo matutino, y miren, la cosa no es que fuera mucho mejor, no he conseguido trabajo aun, pero lo cierto es que, en cuanto los polvitos contenidos en las cápsulas hacían su magia, a mí me daba más o menos igual tener que terminar pidiendo a la puerta de las iglesias restauradas por los meapilas que manejan el cotarro de las plegarias de oropel.

Pero la inquietud no desaparecía, impertérrita e insistente, era un plomo en mi plexo solar, una lápida en mi pecho. Me dediqué a planchar, a ver si los movimientos monótonos y repetitivos lograban atemperar mi estado. Como la cosa no parecía ir a mejor, comencé a limpiar furibundamente. No logré mi cometido, pero he conseguido vaciar el armario de la ropa de plancha, que estaba desbordando desde hacía seis meses y he encontrado cuatro libros y un par de pendientes que creía perdidos.

Inasequible al calor de la plancha y al olor de los químicos, el desasosiego se pegaba a mí como una capa de mugre. Resbalaba sobre mis ojos, me hacía ver todo color viejo, como si a la realidad le hubieran puesto los dioses el filtro kelvin del Instagram.

Entonces me senté en el sofá, limpiecito, miré a mi alrededor para encontrar alguna otra cosa que hacer, y al no hallarla, comencé a recapitular acerca de la actualidad del mundo exterior. Y, ¡eureka!, ahí está la causa de la indisposición, saltando ante mí con claridad meridiana: la maldad, la estupidez, la incoherencia, la falsedad, la cobardía, el juegavivo, las corruptelas, las medias tintas, las malas caras la hipocresía... la humanidad en todo su esplendor.

Pienso en mis hijos, en la porqueriza a la que los lancé, el odio, los bárbaros a las puertas de la civilización, el buenismo, los ofendiditos, la libertad prostituyéndose por una falsa seguridad, las medias verdades, las mentiras, la post verdad. Los que creen hablar con los dioses. Los que creen que los dioses les responden. Los que creen en pajaritos preñados. Los que amenazan con el fuego. Los que ofrecen el paraíso.

La intranquilidad de no saber qué va a ser con la vida que aún me queda, con la suya, con la de todos los que me importan…

Entonces un par de bichejos peludos brincaron sobre mi regazo y empezaron a lamerme la cara, bañándome de realidad y de babitas. Exigiendo mi aquí y ahora, su comida, su paseo. Y mientras recogía, mano enfundada en bolsa plástica, sus mierdecillas, caí en cuenta de que la vida, al fin y al cabo, se reduce a eso: ‘Deja que inquieten al hombre que loco al mundo se lanza; mentiras de la esperanza, recuerdos del bien que huyó; mentiras son sus amores, mentiras son sus victorias, y son mentiras sus glorias, y mentira su ilusión'.

COLUMNISTA