La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Cultura

Ofertorio

Todas las noches se quedaba escribiendo hasta tarde. Inmerso en el mundo que creaba, no sentía pasar el tiempo

Todas las noches se quedaba escribiendo hasta tarde. Inmerso en el mundo que creaba, no sentía pasar el tiempo. Cuando al fin levantaba la cabeza, el silencio era el más dulce compañero. Se sabía solo entonces, pero armoniosamente acompañado. Y dormía satisfecho.

Despertaba lleno de energía, destilando entusiasmo. En su mesa de trabajo iba revisando, una a una, las cuartillas, desglosando los complejos significados, corrigiendo ideas. Luego daba un largo paseo por el campo llenándose la vista y los pulmones de una lucidez que sería aprovechada más tarde, cuando ya no hubiese claridad en los portales.

Y llegaba otra vez la noche y con ella la explosión intensa de imágenes que se convertían de inmediato en complejas redes de caminos trazados con palabras. Era imposible saber adónde conducían esos caminos pero eso no importaba. Era capaz de intuir que la inspiración se iba a agotar bruscamente en el preciso instante en que supiera el origen de su afán o el destino de sus creaciones. Y escribía durante horas, sin detenerse, como impulsado por una fuerza misteriosa.

Tuvo una vez la insólita impresión de que pasaban los años y comenzó a sentir entonces el cansancio. Las cuartillas formaban ya una gran pila sobre la mesa. Hasta ese momento sólo había leído todas las mañanas lo escrito la noche anterior. Pero esa noche no pudo dormir con la placidez acostumbrada. Recordó que los niños solían contar ovejas para llegar más aprisa al sueño, y de pronto se supo contando las cuartillas que habían permanecido apiladas en algún estrato de su mente. Logró su empeño a medias. Las pesadillas lo zarandeaban en el lecho y eran como ideas inconclusas poseídas del furor del mar. Se sentía hueco y dúctil, falto de voluntad, como una balsa a la deriva, él que había sido siempre tan sobrio en su mundo hecho de energía. Era como si aquello que aún le faltaba por crear lo estuviese debilitando des de el futuro para nacer sin su ayuda. Llegó un momento en que se sintió tan liviano que temió elevarse y, asustado, se apresuró a despertar.

A la mañana siguiente se puso a leer desde el principio. Cuanto más se familiarizaba con su material, más excesiva y compleja le parecía su elaboración, considerando la sencillez a la que podía reducirse el tema. Y a medida que hallaba ramificaciones rebuscadas, tanto en los conceptos como en el lenguaje mismo, rompía, tachaba, comprimía al máximo.

Así se le fueron las horas y olvidó emprender el habitual paseo por el campo. La noche lo sorprendió escudriñando escenas laberínticas. Sospechó que en realidad todo lo que quería añadir a la novela estaba dicho ya en lo que llevaba escrito, e intensificó entonces el carácter crítico de la lectura. Cuando con los ojos pegados casi al papel, se le hizo difícil esclarecer ciertos pasajes, atribuyó primero su impotencia a la complejidad gratuita que habían adquirido, y luego al cansancio progresivo de su vista, sin darse cuenta de que era la simple oscuridad lo que iba ocupando el cuarto.

Poco después se quedó rendido sobre la máquina de escribir. Despertó temprano y sin probar bocado trabajó hasta altas horas de la noche. Previendo que pronto terminaría de pulir su ardua labor de años, se acordó esta vez de encender la lámpara. Y cuando exhausto consideró finalizado su trabajo, no fue capaz de separar la nueva luz que comenzaba a filtrarse por la ventana, de aquella otra, más opaca, que aún provenía de su lámpara.

Con la vista fija en la última frase, la volvió a leer, en voz alta, procurando saber si tenía realmente el desenlace apropiado:

Inclinaron todos la cabeza y en seguida prosiguieron la ceremonia midiendo, a su primitiva manera, el tiempo que aún faltaba para que la gran nube, acechante como un dragón, hablase con sus roncos estertores y vomitase fuego y desolación como tantas veces antes, como en el principio.

Tuvo entonces serias dudas. Y para esclarecerlas de una vez por todas, quiso meterse nuevamente, a pesar del cansancio, en ese mundo por él inventado, tan escueto ahora, tan poco denso. Pero la claridad se hacía molesta ya en su rostro sudoroso. Estaba demásiado consciente de la luz, del engaño momentáneo que ésta significaba, demásiado ajeno al motivo real de la ceremonia.

Sin levantar la vista al cielo respiró fuerte. Quería absorber toda la energía acumulada en esa nueva mañana; quién sabe cuántas quedarían. Pensó en el mar, ese inmutable testigo de la historia, inmenso y poderoso, que rodeaba la isla. Y una vez más se sintió cercado, por dentro y para siempre, de un contagioso silencio.

La experiencia, ese algo cuyo significado no lograba comprender pero que pesaba en sus huesos y se nutría de vacíos en la memoria, le sugería que aquella paz ambigua llevaba preso en sus entrañas un hueco negro y sórdido como el presentimiento de las nubes aún lejanas. Ahora todo era eterno presente, un dibujar figuras que cobraban oscuro sentido en la arena y en las paredes que aún estaban en pie.

Y una curiosa figura se repetía, un símbolo que podía hallarse en los refugios de cada tribu, que hermanaba a sus miembros a través del recuerdo común y obsesivo: un hongo enorme, desbordado, lejanamente humillante, que las olas descomunales se encargaban de borrar cada vez que reaparecía sobre la arena.

Lo peor era presentir que había existido un pasado colectivo que nadie recordaba, saberse aislados de todo futuro por la amenaza insalvable de nubes que periódicamente llovían muerte y destrucción sobre las ruinas. Si bien existía entre ellos una relación que les permitía anunciarse los peligros, ésta se limitaba al común anhelo de la pesca, al deseo sexual rutinario y a las ceremonias que intentaban ablandar la ira de Dios.

Volvió a respirar fuerte, escarbando en su mente por recuerdos. Pensó que al ser el más viejo quizá era también el más lúcido, el que tenía la mejor conciencia de la desolación heredada. Y por eso lo consideraban un guía. Pero no era grato saberse el depositario de una responsabilidad sin soluciones.

Se visualizó de niño, reproduciendo él también hongos en la arena. Recordaba vagamente el infierno de chispas y humo denso que lo englobaba todo una mañana a medida que ascendían enmarcados súbitamente por las pantallas de televisión del mundo entero, poco antes de que éstas se fundieran. Lo evocaba como hecho acontecido, pero le era imposible precisar si en realidad había sido él aquel niño testigo. ¿Y cómo medir el tiempo? Ahora, sin más, estaba en una isla en escombros,viviendo una vida que parecía haber compartido siempre con los otros. Miró al cielo. Gruesas capas de nubes se movían lentamente y seacercaban. Otra vez ese indomable peligro. Buscó entre sus cosas el enorme caracol que guardaba desde no sabía cuándo. Se lo llevó a los labios y empezó a llamar. El viento alejó el sonido y lo fue convirtiendo en un eco lánguido detrás de las ruinas

Las nubes se han espesado sobre la planicie cuando los demás comienzan a congregarse en la playa. Los viejos se arrodillan formando un gran círculo. Las mujeres y los niños permanecen detrás de los viejos. Los adolescentes inician entonces una danza en el centro, acompañando sus pequeños saltos con entonaciones guturales. De pronto cesa todo movimiento. Todos giran para ver acercarse, el paso lento y la cabeza baja, al sabio.

Le han abierto paso, respetuosos, y él se coloca en medio del círculo. Mira a los adolescentes frente a él. Señala con el índice a una joven y ésta escoge a su pareja. A medida que ambos se despojan de sus escasas vestimentas, todos espían con ojos de terror el cielo teñido ahora de negro. Poco después, sobre la arena, la pareja da inicio, lentamente, poniendo en ello toda su fe, a los primeros movimientos del rito. Y entonces, llevados del mismo fervor, nadie se atreve a levantar la vista al cielo.

Viéndolos acoplarse, el sabio no puede comprender por qué se siente llamado desde algún punto lejano. Tiene por un instante una visión familiar. Como antes, en sueños, se ve con otras ropas, sentado frente a un curioso aparato que produce ruidos secos al contacto de sus dedos. Puede ver a través de otros ojos cansados las diminutas señales que el aparato va grabando sobre una superficie blanca que se desliza lateralmente. Incapaz de ubicar la visión, cierra los ojos confundido.

La pareja dejaba escapar ya los últimos espasmos a sus pies cuando volvió a abrirlos. Entonces alzó la vista, la alzaron todos. El cielo era ahora una sola nube negra, compacta. Escogió en seguida a la siguiente pareja y, como había hecho antes, la dispuso para la consumación del ofertorio.

Inclinaron todos la cabeza y en seguida prosiguieron la ceremonia midiendo, a su primitiva manera, el tiempo que aún faltaba para que la gran nube, acechante como un dragón, hablase con sus roncos estertores y vomitase fuego y desolación como tantas veces antes, como en el principio.

ESCRITOR Y GESTOR CULTURAL

‘Y una curiosa figura se repetía, un símbolo que podía hallarse en los refugios de cada tribu, que hermanaba a sus miembros a través del recuerdo común y obsesivo: un hongo enorme, desbordado, lejanamente humillante...'

ENRIQUE JARAMILLO LEVI

Escritor y gestor cultural

Colón, Panamá, 1944. Cuentista, poeta, ensayista, profesor universitario, promotor cultural, editor.

Fundador y director de la revista cultural ‘Maga' y del Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá.

En 2005 gana el Premio Nacional Ricardo Miró por los cuentos de ‘En un instante y otras eternidades' (2006); y en 2009 los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, Guatemala, por los cuentos de Escrito está (2010).

Libros más recientes: ‘Sinestesia. 100 Minicuentos' (Uruk Editores, San José, Costa Rica, 2016); ‘Palabra de escritor' (ensayos, Panamá, 2016).