La Estrella de Panamá
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15 de Oct de 2019

Cultura

Coplas a la lúgubre noche

Nunca fue la luna libre. Nunca corrió por praderas

Coplas a la lúgubre noche

Nunca fue la luna libre

Nunca corrió por praderas

Ni sus dedos alcanzaron

La verde frente serena

El sol su sonrisa vendió

En mercado de zapatos

El sol dejó su corona

En corrales de caballos

El voraz incendio llegó

Adiós mariposa y niña

Destrucción clara y terrible

Adiós a la bella vida

Mudo canto de la muerte

Opaco vergel de ortigas

Brusco recuerdo de clavos

Muda canción asesina

Clavaron penas de noche

Chispas de terror y plomo

Atormentaron diciembre

Ni enero fue tan penoso

Tácito enigma del llanto

Niña inmolada en adviento

Esas carnes convertidas

En pestilencia y restos

La sorpresa alerta vino

Y no cobijó los sueños

La Niña de Chocolate

No chupará más su dedo

No amagar fue la sorpresa

De lleno el golpe de brazas

Sin contemplaciones ni ascos

La niña llevada en andas

Voz estrangulada y cierta

Oráculo de batalla:

La Niña debe perecer

En medio de llamaradas

Una luz pintando cielos

Humos ácidos y crueles

Aplausos en la cincuenta

Y en el límite desdenes

Un trueno borró los rangos

Aquella ecuación medrosa

General más coroneles

Una iniquidad idiota

Las llamas a media noche

Adelantaron el alba

Acullá fue mayor la luz

La humillación y fantasmas

Con sed de sangre de niña

El alba llegó temprano

Adiós a los chocolates

Adiós muchacho honrado

Enloquecidos relojes

Murió de noche Demetrio

Liado en vendas de fuego

¡Maldigo aquel desatino!

La historia pintarrajeada

Recitó el maldito verso

La llama mordió el barrio

Cuando el sol era cielo

Lamento de Sol herido

Aquel colmillo de perro

Laceró con las injurias

El espacio azul eterno

Un aullido opaco y letal

Pornográfico y lascivo

Nos ahogó con las intrigas

Nos despojó de los himnos

Fuego y garfios dolorosos

Los clavados en la carne

Víctima propicia fue ella

La Niña de Chocolate

Día de dominó y cerveza

Noche de clavo encendido

Manos en cruz de la infanta

La luz murió sin destino

Aletazo del abismo

Quemó inocentes mejillas

Ese olor a carne asada

Esa visión retorcida

De un pobre viejo aburrido

Ahorcaron la doble sena

Ya no hay son en la cantina

El vacío pobló la acera

Los demonios vomitando

Ríe la muerte satisfecha

Pozo séptico de fuego

Adiós barrio de madera

Los cangrejos avanzaron

En pesadilla sin final

Y aquellas ruedas hambrientas

Arruinaron la dignidad

El Manuel de las especias

Triturado por las muelas

Crustáceo y plomo molido

Un retén lleno de penas

Sí sólo por un instante

El humo ahogase las bombas

Al cielo gris galopando

Mil potros en fumarola

Pero el rey Atila cabalgó

Desde la plaza a la calle

Las pesuñas asesinas

Adiós al juego del parque

Humo con sabor a sangre

Que sembró de pesadillas

Las noches de los ancianos

La inocencia de la niña

Ya no hay de donde aferrarse

Atila secó los pastos

Un desierto crece y crece

El fuego quemó los lazos

¿Quién pudiera indiferente

Escaparse del incendio?

Fingir que fue pesadilla

Travesura de un mal genio

¿Quién puede matar recuerdos?

Saltar a esa nube blanca

Sin voltear a ver el barrio

Sin sentir la lengua atada

Olor a sangre quemada

Las botas marchan de cerca

Canción de cuna terrible

La carnicería perfecta

Aunque peor es el olvido

Del horror y la máscara

Prohibido desviar la vista

La memoria desraizada

DAVID ROBINSON

Escritor

Heurístico. Escritor de ideas. Hacedor de palabras. Filósofo descalzo. Inoportunador con especialidad en amigos y alumnos. Y sobre todo: un hombre caradura y feliz. Premiado y mencionado en algunos concursos. Publicado en ciertos libros, antologías, revistas, diarios y desplegados. Biólogo sin cargo de conciencia (gusta de comer huevos de tortuga). Ocasionalmente, y cuando las circunstancia lo obligan, dicta talleres de creación literaria.