La Estrella de Panamá
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16 de Oct de 2019

Cultura

Anhelos

Sí, ya sé que cuando leen esta palabra a la mayoría de ustedes les resuena la voz del gran Osvaldo en la cabeza

Hoy me he puesto delante de la pantalla en blanco y me he dado cuenta de que no tengo ganas de hablar, una vez más, de las corruptelas, de la política, de la estulticia que nos devora, de la ignorante agresividad paleta. No tengo ganas de entonar una endecha en las alturas desoladas. No quiero recorrer la sangre que riega, absurdo desperdicio, los truculentos intereses de unos y otros bandos.

Hoy estoy triste.

Anhelo cosas que no existen. O quizás sí existen, en otros mundos, o existieron en este y ya no son. O que han de ser y aún no son. Añoro aquello que me deshaga con palabras, que no me deje pensar, que cante una nana ya olvidada en un idioma que nadie recuerda, en una ciudad vieja, tan vieja como los dioses que devoran corazones calientes; quiero aplastar mi corazón palpitante contra los cantos rodados de su empedrado.

Hoy crepita en mis venas un pálpito extraño que exige licores que no reconozco, mezcales olorosos, vinos crujientes que explotan en los ojos, dejando ver otras vidas, otras posibilidades.

Hay días así, tontos, en los que te levantas y, sin recordar muy bien los detalles, sabes que soñaste con una mano sujetándote la nuca, mostrándote otra forma de entender el tiempo y el espacio. Días en los que la cotidianeidad se te hace cuesta arriba y todo se te antoja extraño. Días en los que no reconoces los rostros ni las voces, y aquello que anhelas está tan lejos como las tardes felices de la infancia.

Solemos estar tan empecinados en el hoy, en el ahora, en las prioridades, en el deber, en el haber, en el tener, que no nos permitimos sentir, soñar, desear hasta que duela la médula de los huesos. Anhelar.

Estamos tan embarrados de prosas y de rutinas, de citas y deudas, que olvidamos que nuestros ojos están hechos para mirar otros ojos, nuestra piel está hecha para saborear otra piel. Nos olvidamos de reír y cuando tratamos de hacerlo los labios se nos rajan y sangran y duelen, y preferimos seguir así, sin risa ni alegría, con el rictus duro del que se sabe cadáver ambulante, premio de gusanos, presa de buitres y escarabajos.

Y pasan los días y como el caballito trapichero damos vueltas y vueltas en el mismo surco sin fijarnos en las Oriónidas que nos llueven.

Somos la aguja que recorre una y otra vez el mismo disco rayado, haciendo sonar una y otra vez la misma canción disfónica.

Las quejas habituales, las protestas consuetudinarias, el tráfico, las noticias, el fin de semana. El domingo por la tarde y llega el lunes otra vez.

Anhelo de trascendencia, de inmanencia, de ser y estar. De pertenecer.

Un escozor antiguo, una desazón de algo que no encuentras, un estallido de burbujas diapreadas que te muestran otros miles de universos posibles donde existen noches y habitaciones de hotel y canciones decadentes. Donde amanece cuando los ojos se abren y no cuando te lo impone el látigo de lo necesario. Debe haber un mundo donde existe el ritmo de la respiración. Y esperanza.

¿Cuántas veces deseamos todo aquello que nunca encontramos y cubrimos la herida abierta con distracciones fáciles? Sexo fácil. Alcohol barato. Fútbol. Comida rápida. Música monocorde. Más fútbol. Más sexo. Un paraíso prometido.

Hoy anhelo pausa y paz. Y un brillo diabólico en los ojos.

COLUMNISTA