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- 10/02/2026 00:00
El teatro no solo habita el escenario: también atraviesa el cuerpo, la memoria y las heridas. Para Claribel González, artista multidisciplinaria panameña, crear es una forma de resistencia, pero también de sanación. En esta edición de Mía Voces Activas, reflexiona sobre el teatro como espacio de reparación emocional, el rol de las mujeres creadoras y los desafíos de hacer cultura en Panamá.
El teatro llegó a mi vida en el contexto educativo. Estudié en el bachillerato de artes diversificadas del INAC (Instituto Nacional de Cultura). Desde pequeña siempre mostré interés en la creación, para mí cada color, cada forma corporal se convirtió en vía de escape. Podía poner un color o una forma a un sentimiento. Me gusta decir que mi primer amor fue las artes plásticas y luego mi amante el teatro. Actualmente soy artista multidisciplinaria. Mi vida es el vivo ejemplo de que el arte es un instrumento de sanación. Incluso cuando mi hermano muere en el 2018 me demostró que a través de los personajes histéricos, tristes que yo creaba podía encontrar múltiples maneras de drenar ese dolor. Artísticamente te conocen como Clarita Bel.
Me conocen como ‘Claritabel’, y lo que muy pocas personas saben es que este nombre surgió en el bachillerato. Mi profesor de pintura, Lorenzo, me llamaba Claritabel. Me gustó, así que empecé a firmar mis cuadros con ese nombre y luego lo adopté como seudónimo artístico. En esencia, Claribel viene de claridad y de la belleza, y es una cualidad que valoro dentro y fuera del escenario. Sin buscarla, encuentro belleza en lo ordinario. Lo que vive Claribel permea la escena y viceversa. Por ejemplo, en 2018 los personajes a los que di vida eran muy tristes; hablaban mucho de lo trágico y del dolor de una madre. Tenían mucho de mi historia personal: había violencia y desconfianza por el otro. Eran personajes que no confiaban en las personas, llenos de rabia y rencor (por la situación de mi hermano). Claribel y Claritabel, sin duda, se alimentan entre sí. Porque hay una relación entre lo que vivo, lo que creo y como concibo al mundo. Mi mundo utópico dentro del real. De la Claritabel en el escenario admiro profundamente su valentía y el valor que encuentra para pararse frente al público a cuestionar sus creencias, a mostrar sin tabú las bajas pasiones como la soberbia, lujuria, pereza, gula la manera en que desnuda su alma, metafóricamente hablando. De cierta manera admiro el coraje de la Claribel del escenario confrontativa, tan humana. Claribel es más libre. Usa menos la razón, siente menos. No estoy segura si podría separar a la artista de la persona supongo que en el fondo también lo tengo en la cotidianidad. Por obvias razones hay experiencias que solamente se quedan en lo íntimo. Hay tensiones entre donde termina la artista y continua la Claribel la que vive tan llena de contradicciones como todo ser humano.
La pregunta seria que me impulsó a crear estos espacios en colaboración. La necesidad de explorar sobre otras técnicas teatrales, de hacer algo novedoso para Panamá y así fue, ser pionera en Panamá es algo sucede pocas veces en la vida. Aquí nadie se había especializado en improvisación teatral. Había muy pocos registros sobre la impro en Panamá. Así que cuando Ale me presentó al Elefante de venus le dije que haríamos algo honesto y de calidad para Panamá. Y así fue como creamos el primer grupo de improvisación teatral en español en Panamá. Fémina de hecho surgió a raíz de una obra de teatro en marco al 25N. Y en el transcurso de ese montaje surgió la demanda de hacer un festival con otras disciplinas artísticas. Me impulsó estar rodeada de mujeres comprometidas con su arte y con la sociedad.
El teatro es un arte superhumano que, a través de su propio lenguaje, logra encontrar la narrativa personal que trabaja simultáneamente la voz, el cuerpo y las emociones. Entonces, la reparación emocional se da en un espacio seguro en el que se encuentra una vía para hacer catarsis, enunciar o poner nombre a los sentimientos. Poder externalizar abre una puerta que permite reparar. El psicodrama dice que “actuar una emoción permite comprenderla, transformarla y resignificar la”. Entonces, cuando tú tienes un espacio lúdico, te separas significativamente de “la que le pasó algo” para ser una mujer creadora que puede asimilar versiones más compasivas de sí misma. Ha trabajado en talleres teatrales en instituciones culturales y también en espacios como centros de rehabilitación femenina y de detención para adolescentes.
He aprendido que no todas las historias están escritas, que la vida y el teatro son un acto de valentía. No todas las historias se resuelven ni mucho menos tienen finales justos. He asimilado que, al igual que la improvisación teatral exige estar presente para elegir y tomar decisiones respecto a algo, la vida también se da en torno a decisiones que se toman en un momento muy determinado y que claramente derivan en consecuencias. Y, a menudo, esas decisiones responden a creencias, heridas y ego. El feminismo y la política están muy presentes en tu trabajo artístico.
En primer lugar, aprovecho que tengo la oportunidad de llegar a un público que, además, es diverso en edad, nacionalidad y posturas sociales, políticas y religiosas. He descubierto que, a través de mi trabajo artístico, puedo intervenir en la realidad, específicamente en los problemas sociales que me agobian. En las historias, los personajes cuestionan y visibilizan temas amplios desde géneros como el drama, la comedia, la ficción y el surrealismo. El arte, en sus distintos formatos, pone rostros y voces, y esto genera empatía. Crear es un acto político en sí mismo. No todas las personas protestan marchando; las artistas usamos nuestro lenguaje, la metáfora y el juego como formas de resistencia. Sucede que el público, esté o no de acuerdo con lo que se plantea, va construyendo un pensamiento respecto a lo que ve. Es un proceso de toma de conciencia: te vas posicionando de un lado u otro. Y son estas reflexiones internas las que generan la transformación. El público se moviliza.
El mayor desafío es el presupuesto que se asigna a los proyectos culturales. El arte es un trabajo que, sin el tiempo de las personas, no sería posible. Los clientes deben entender esto: que para hacer una obra de teatro, una pieza de danza o montar una instalación se requieren recursos y se asumen costos reales. Por otro lado, otro desafío para mí ha sido llegar a las poblaciones de las periferias. Y no es que no quieran tener acceso a espacios culturales formales, por decirlo de alguna manera, sino que el mismo sistema no está pensado para incluirlas. La educación artística ha sido limitada; por ello se escuchan frases como “el museo no es para mí” o “ir al teatro no es lo mío”.
No del todo. En Panamá, el arte y la cultura dentro de los procesos de transformación social no han recibido el valor que merecen. Ya hablar de cultura y arte en sí es profundo; ahora bien, hablar de procesos de transformación social a través del arte y la cultura implica conversaciones aún más complejas. El impacto del arte se puede medir a mediano y largo plazo, un periodo de tiempo considerablemente mayor en comparación con los ciclos de los gobiernos de turno, que suelen exigir cambios inmediatos. El arte no siempre genera transformaciones rápidas, pero sí profundamente significativas. Para que esto sea posible, hace falta una visión estratégica integral: social, cultural y comunitaria.
Para cerrar, ¿qué mensaje le darías a las mujeres que sienten el deseo de expresarse, sanar o transformar su realidad a través del arte, pero aún no se atreven a dar el primer paso?
Que no huyan del teatro, que lo miren como una forma natural de expresión. Que las artes están a nuestro servicio, te animaría a que encontraras esa práctica artística que te devuelve un poco de paz. Que nunca es tarde para aprender a cantar, actuar, bailar ya que lo mejor de la práctica está en el proceso. En esa búsqueda constante de habitar las emociones.