La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Cultura

Charlie

Y sus manos cambiaron de oficio de lugar, de apretones de manos

Sus manos cambiaron de oficio. Acostumbrados a hurgar en la tierra, a acariciar las semilla antes de sembrarlas, a espiar todos los días el brote de las verdes hojas, a mirar con esperanza el tallo creciente, espigado, hasta verlo coronarse luego, orgulloso con aquellas resplandecientes mazorcas doradas. Ahora sentía que permanecían demasiado tiempo inmóviles, sin cosechar, porque ya se había hecho repetidamente cotidiana la cansada costumbre de espantar las aves, que sin respetar a los espantapájaros saciaban su hambre con la semilla regada, porque la había decidido, sin consultar a nadie, desoyendo a los campesinos, olvidándose de San Isidro El Labrador, pon la lluvia y quita el sol, ser la gran ausente en ese desértico campo santeño.

‘‘...Oye, aquí la pobreza se siente menos y ella que tenía en su mente la obtención de algunas cositas materiales, hacia un mohín, pero asentía, porque el amor y la pasión eran más intensos y vividos, allí junto a ese paisaje azulado recreándose en ese horizonte que tenía el toque mágico de la esperanza'.

Y sus manos cambiaron de oficio de lugar, de apretones de manos.

Sin darse cuenta un día ya estaba instalado en ese pueblo junto al mar que se llama Veracruz. Compró una casita con un reducido espacio en donde solo tenía un pequeño huerto. Con sus ahorros adquirió un bote y todos los días se iba a pescar temprano, porque eso si frente a él tenía la inmensidad del mar y en las largas noches su rumor lo arrullaba, llenaba sus pulmones de esa brisa salada y le decía en broma a su mujer Aminta.

-Oye, aquí la pobreza se siente menos y ella que tenía en su mente la obtención de algunas cositas materiales, hacia un mohín, pero asentía, porque el amor y la pasión eran más intensos y vividos, allí junto a ese paisaje azulado recreándose en ese horizonte que tenía el toque mágico de la esperanza. Andrés la compensaba de la ausencia, de los suyos, porque las noches eran largas, ardientes, irrepetibles, marinas.

GRISELDA LÓPEZ

Docente, escritora y periodista

Fue directora, jefa de redacción, columnista, corresponsal y editorialista en diversas revistas y periódicos nacionales y extranjeros y directora de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Panamá.

Ha recibido premios y reconocimientos, nacionales y extranjeros, por su trabajo periodístico y literario.

Entre los libros que ha publicado, se encuentra Piel Adentro (cuentos, 1986), Sueño Recurrente (cuentos, 1989) y Género, Comunicación y Sociedad (ensayo, 2000/2017). El cuento Charlie está incluido en varias antologías, incluida Las capas del tiempo (cuentos, editorial Universitaria, 2017).

Recuerda que a las 11:30 de la noche del 19 de diciembre, sintió un ruidoso y estremecedor impacto. Salió al balcón de su edificio, ubicado en Vía Porras, frente a Villa Lilla, y vio la inmensa hoguera que se levantaba desde El Chorrillo que había sido bombardeado. No pasó mucho tiempo cuando presenció cómo iban cayendo, desde los aviones, los paracaidistas norteamericanos que se tomaron el antiguo aeropuerto de Paitilla. Casi simultáneamente, un convoy lleno de soldados, atravesaba la vía Porras rumbo al cuartel de Panamá Viejo. ‘Mi edificio, uno de los más altos del área, en ese entonces, fue ocupado. Por varios días no pudimos salir del mismo. Las instalaciones del antiguo IRHE que quedaban contiguas, fueron tomadas y sus trabajadores esposados', afirma la autora.

Andrés había logrado mantener una clientela fija. Allí en la base de Howard, el cocinero del club le compraba todo el pescado. Se había hecho muy amigo del soldado negro, Charlie, que en mal español lo atendía por la puerta trasera del local. Le vendía a precios bajos productos del comisariato, galletas, mayonesa, salsa de tomate, papel higiénico suave y algunas otras delicadezas que de otra manera él no podía adquirir.

El oficio de pescador era duro, más duro que sembrar el campo y el sol lo curtía inclementemente, pero sobrevivía mejor. Al mar no se le ocurría secarse, y aquí, mejor que no llueva, la lluvia es un problema, pero que lástima, aquí sobra mientras que en el campo falta. El mar siempre era pródigo y sus redes nunca salieron vacías.

Aminta le ayudaba con su venta de pescado frito, de ceviche, acompañados de esa cervecita de contrabando que le vendía su amigo Charlie. Ellos habían dispuesto trabajar más duro, de día en la pesca y la venta, de noche en el amor, porque ese hijo tenía que llegar, que no tardara tanto.

La invitación sonora y los gritos alegres de sus amigos, lo despertó para ir a pesca. El mar tranquilo se dejaba cortar por lo botes, prolongando las estelas, formando caprichosos arabescos. Las redes caían una y otra vez y salían cargadas de peces. Nunca la pesca había estado tan abundante y así lo testimoniaba el salomar alegre de sus compañeros.

De pronto, sintió que su bote empezaba a moverse desacompasadamente. El oleaje inmenso amenazaba con tragárselo. Con desesperación se aferró al timón que no pudo controlar. El sol seguía quemando, no había una nube en el cielo. Pero no supo cómo ni de dónde, surgieron aquellas enormes barcazas, verdes, oscuras que se acercaban peligrosamente, una a cada lado y se sintió elevar y caer sobre las olas.

Y entre cada salto veía soldados agresivos, cascos, cañones, metrallas. Pensó y pensó, en aquel árbol de tamarindo, allá en su pueblo, imaginó las copas grandes que la brisa mecía suavemente, ese refugio que en los largos días de siembra el tenia para protegerse del sol. Otra marejada interrumpió su pensamiento y lo arrojó con fuerza hacia la orilla en donde trató de asirse a una roca. Logró ver que una figura inmensa estaba de pie, sobre ella, un gigantesco soldado negro, con uniforme militar. Era él. Charlie, su amigo. Suspiró con alivio, tendió esperanzadoramente la mano, mientras que Charlie, con una extraña sonrisa, de un solo empujón lo lanzó al mar. Cuando, caía escuchó aquella palabra que mascullaba después de venderle cervezas y que nunca entendió: buchi, buchi y que ahora sentía que cubría todo el mar, más fuerte que el viento, más dura que las olas.

¡¡¡Bull shit!!!!! Terminó Charlie con su oscura sonrisa.

DOCENTE, ESCRITORA Y PERIODISTA