La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Cultura

Un daño colateral

Ella no volvió a abandonar su tierra, pero los tres hijos, que eran American citizens, regresaron al Norte

Nora Woodrow tenía veinte años cuando se casó con un soldado que la llevó a los Estéis para luego abandonarla con tres litibuáis nacidos allá.

Después tuvo que regresar a su Colón natal y crió a los hijos con mil sacrificios. Ella no volvió a abandonar su tierra, pero los tres hijos, que eran American citizens, regresaron al Norte y uno de ellos llevaba ya cinco años enrolado en el ‘Army'.

Uno de los muchos edificios viejos condenados en Colón fue el que albergó durante treinta de sus sesenta y seis años de existencia a Nora Woodrow, por lo que tuvo que mudarse a un cuarto de la planta baja de otra casa de madera.

Nora había heredado de sus abuelos barbadenses y jamaicanos la lengua de los gringos y estaba tan acostumbrada a ver en el canal 10 la alerta Delta, que le daba la misma importancia que a la alerta ‘Cutarra' que en plan chistoso había decretado el incrédulo Noriega. Cada vez que le decían que los gringos querían invadir Panamá para llevarse al dictador, ella contestaba que los gringos sabían muy bien dónde estaba y para agarrarlo no necesitaban invadir el país.

‘La noche del 20 de diciembre de 1989 Nora despertó asustada. El silencio nocturno era perforado por unos como truenos, pero muy seguidos, acompañados de ráfagas de golpes secos'.

La noche del 20 de diciembre de 1989 Nora despertó asustada. El silencio nocturno era perforado por unos como truenos, pero muy seguidos, acompañados de ráfagas de golpes secos. Eran los mismos ruidos que se oían en las películas de guerra que ponían en la televisión. Encendió la radio y ninguna de las emisoras locales tenía sintonía. Solamente pudo oír una emisora colombiana que interrumpió un programa musical diciendo:

— ¡Atención, atención! El ejército de los Estados Unidos está en estos momentos invadiendo la República de Panamá.

Ahora sí tuvo miedo. Pasó la noche en vela, escuchando la radio en la soledad de su cuarto. Durante los días siguientes las turbas saquearon los almacenes de Colón y los muelles de Cristóbal y se temía que llegaran a entrar en las viviendas. Nora podía dormir algo por la tarde, pero al caer la noche el miedo le impedía cerrar los ojos y rezaba para que los gringos vinieran pronto a poner orden.

FRANCISCO MORENO

Escritor

Nació en España el 3 de julio de 1939. Reside en Panamá desde 1968.

Ha publicado dos novelas: La piedra de Rosita y Fuego y ceniza , un libro de cuentos titulado Un puñado de ocurrencias , y la obra t La herramienta más usada .

Ha escrito artículos en periódicos y revistas. Pertenece al círculo de lectura ‘Extramuros', de la Universidad de Panamá.

‘Cuando se produjo la Invasión yo estaba en Colón y mi esposa y mis hijos, en Panamá, con la consiguiente preocupación de no poder reunirme con ellos. Lo de los disparos que se oían, los saqueos, los soldados patrullando de noche y los tiros sin objetivo fijo producidos por el miedo de los soldados gringos fue real. Lo del soldado que mató a su madre lo inventé yo', afirma el autor.

Cuando metieron al soldado David Buchanan pertrechado para combate en un avión de carga, ni él ni ninguno de sus compañeros sabían a dónde los llevaban. Aterrizaron de noche, pero en el camino desde Howard a Clayton se dio cuenta de que estaba en tierra conocida. Entonces fue cuando les dijeron que venían a liberar a Panamá de la tiranía del narcodictador Noriega. Cuando empezó la invasión él permaneció acuartelado hasta que una noche los organizaron en comandos, les mostraron unos planos, les dieron unas órdenes y los mandaron a tomar la ciudad de Colón. Sabían que todavía quedaban focos de resistencia, por lo que caminaban en filas silenciosas amparados por las sombras que proyectaban las paredes de las casas, con las armas dispuestas a repeler cualquier agresión.

Buchanan era el segundo de la fila. Detrás de él iba un muchacho de Montana amigo suyo. Avanzaron por la avenida Meléndez hasta la esquina del parque Sucre y allí torcieron a la izquierda para unirse con otras dos patrullas que debían esperarlos a la hora prevista en la avenida Central. Cuando iban por calle 7 se oyó un disparo. Buchanan miró hacia atrás y vio al muchacho de Montana caído en el suelo. Impulsado por el miedo de no saber la posición del francotirador, apretó instintivamente el gatillo de su M-16 y lanzó hacia la otra acera un abanico de balas. El muchacho de Montana se levantó de un salto diciendo que no fue nada, que tropezó y al caer se le disparó el arma. El soldado encargado de la radio comunicó la falsa alarma y la patrulla siguió su camino en el silencio de la noche sin ningún otro incidente.

La invasión fue un éxito. El dictador fue apresado, el ejército y los paramilitares panameños, desarticulados y sus oficiales presos. El país fue liberado y entregado a las autoridades civiles electas y no reconocidas por la dictadura. Los batallones de infantería que habían intervenido fueron regresando a los Estados Unidos.

Al día siguiente de llegar a su base el soldado David Buchanan fue notificado de que se comunicara urgentemente con Richard, el mayor de sus dos hermanos. Richard le dijo que su madre había muerto, pero no pudo localizarlo antes porque le dijeron que estaba en una misión secreta en el extranjero.

David era el menor de los tres hermanos y adoraba a su madre. Con lágrimas en los ojos le dijo a Richard que pensaba haberla visitado la Navidad pasada para tratar de convencerla de que viniera a vivir con él, pero no pudo porque lo habían enviado precisamente a Panamá. Le preguntó a Richard si su mamá había muerto de su dolencia cardíaca o de alguna otra enfermedad. Éste le explicó que se había mudado a calle 7 una semana antes de la invasión, que estaba dentro de su casa la noche que los soldados entraron en Colón y a algún hijo de puta ‘GI' se le ocurrió disparar sin venir a qué. Una bala atravesó las maderas viejas de la casa y le perforó la cabeza.

La telefonista de la base llamó asustada a los de seguridad diciendo que un soldado había enloquecido; que salió de un locutorio llorando a gritos mientras se arrancaba a pedazos el uniforme militar.

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