La avenida Balboa, junto a la Cinta Costera: dos caras frente al mar

La avenida Balboa es una de las postales más reconocibles de Panamá, pero desde tierra firme revela una oportunidad urbana desperdiciada: precariedad peatonal, desorden arquitectónico y ausencia de planificación en un frente costero clave para la ciudad

Una de las imágenes más reconocibles —y más reproducidas— de la ciudad de Panamá ha sido, desde recientes décadas ha sido la avenida Balboa con su perfil urbano. Este malecón, construido y reconstruido sobre sucesivos rellenos costeros, se ha consolidado como una postal urbana emblemática. En el artículo La Avenida Balboa, publicado el 12 de marzo de 2022 en esta sección Ciudad de La Estrella de Panamá, se relata el proceso que dio forma a la avenida tal como la conocemos hoy.

La avenida Balboa conforma un frente marítimo continuo que atraviesa los corregimientos de Bella Vista y Calidonia y marca el límite con San Francisco. Es, sin duda, una de las direcciones simbólicas y ha de ser también de las más elegantes. Con la incorporación del nuevo frente costero —la autopista de seis carriles, las áreas de estacionamiento y las zonas verdes que integran la Cinta Costera— el conjunto urbano transmite la sensación de un proyecto inconcluso, ejecutado a medias. Es cierto que la cercanía al mar y las vistas del paisaje natural, especialmente desde la bahía hacia el perfil de edificios, refuerzan el atractivo de la ciudad como lugar de contemplación del mar y el skyline urbano. Sin embargo, desde la ciudad construida ocurre lo contrario: el primer bloque edificatorio, aquel que goza de la posición más privilegiada, carece de una regulación clara en materia de diseño urbano y calidad de espacio público. También la ausencia de lineamientos arquitectónicos para la primera línea de edificios ha dado lugar a una colección de experimentos aislados. La avenida Balboa, pese a ser la calle más representativa de la ciudad, exhibe una precariedad peatonal sorprendente.

Uno de los casos más críticos es la relación de la avenida Balboa con la desembocadura del río Matasnillo, un ecosistema que aún alberga especies animales y vegetales. Resulta alarmante la manera en que algunos edificios han violado toda noción de servidumbre urbana, ocupando y explotando cada metro cuadrado disponible. Al iniciar el recorrido desde el centro comercial Multicentro —que en su momento prometía una revalorización del área—, el impacto de la infraestructura vial es evidente. La losa construida sobre el entronque de Paitilla con la salida del Corredor Sur descalificó el valor urbano y comercial de los edificios situados por debajo de la autopista. Los edificios han ocupado la servidumbre del río Matasnillo, construyendo accesos privados y rampas de estacionamiento. A lo largo de este tramo es común observar cómo los espacios destinados a los peatones se transforman en marquesinas para vehículos o accesos a estacionamientos. A esta condición se suma la maraña de cables eléctricos y de servicios públicos visibles, y la proliferación de garitas que bloquean aceras y frentes urbanos. Persiste una configuración suburbana: estacionamientos al frente de los comercios, aceras mínimas y una experiencia peatonal fragmentada. La sobreabundancia de vallas, banners y publicidad refuerza la sensación de desorden visual. Algunos edificios intentan compensar esta carencia mediante jardines y áreas verdes internas, pero estos esfuerzos son aislados.

Imagen urbana y calidad arquitectónica

Si bien existe una mezcla de usos —residenciales, comerciales, hoteleros y gastronómicos— que podría enriquecer la zona, la falta de una red peatonal continua y segura limita seriamente su potencial urbano. Desde el punto de vista arquitectónico, el skyline de la avenida Balboa conserva rezagos de la arquitectura corporativa de los años noventa: edificios comerciales de vidrio reflectivo. A esto se suman torres residenciales que replican un modelo estandarizado de concreto armado y vidrio. Entre los edificios notables destacan algunos edificios de los años sesenta, setenta y ochenta como el edificio Atalaya, la antigua torre del banco Exterior o el edificio Los Delfines, un poco más reciente del arquitecto Edwin Brown, cuya solución esquinera con volúmenes circulares y retranqueados mantiene vigencia y carácter.

Las plazas comerciales repiten modelos conocidos: grandes superficies de estacionamiento frontal, aceras reducidas y calles de alto. Los cruces peatonales carecen de semaforización adecuada y los recorridos continuos son prácticamente inexistentes, salvo por algunos puentes elevados que privilegian el flujo vehicular y dan acceso a la Cinta Costera. La escala de los edificios, que se concentra en maximizar metros cuadrados y vistas para la rentabilidad inmobiliaria, ignora cualquier relación humana con el espacio. Las entradas monumentales para automóviles refuerzan la percepción de que la avenida Balboa es una vía rápida más que un paseo urbano. Dentro de este contexto, el edificio YOO, con aportes del diseñador Philippe Starck, introduce en su planta baja un ambiente arbolado y relativamente amable con la ciudad, aunque se trata de una excepción aislada y no de una constante a lo largo de la avenida.

Uno de los puntos centrales de la avenida Balboa, aunque opacado por la presencia del edificio Miramar, es el parque Urracá, como parte de la urbanización Bella Vista. Cruces clave, como los de las calles Aquilino de la Guardia y Federico Boyd, se convierten en un suplicio para los peatones. Hacia Calidonia, la situación empeora: lotes baldíos y un paisaje urbano degradado. El antiguo Hospital Santo Tomás ha visto desmejorados sus jardines, sin ningún tipo de mantenimiento, mientras que el nuevo edificio del Hospital del Niño aporta poco o nada a la calidad del espacio urbano. Finalmente, hacia el sector del Casco Antiguo, la proliferación de edificios multifamiliares de alta densidad, a mucha altura y de dudosa calidad arquitectónica se desarrolla sin una normativa clara. Estas nuevas construcciones obstruyen progresivamente vistas históricas como la del cerro Ancón, borrando uno de los referentes naturales más importantes de la ciudad.

La avenida Balboa y la Cinta Costera representan, así, dos caras de una misma moneda: una imagen espectacular vista desde el mar y una oportunidad urbana desperdiciada desde tierra firme. El reto pendiente no es menor: transformar este frente costero en un paseo peatonal o un boulevard verdaderamente público, coherente, humano y digno. Sobre la avenida Balboa se anuncian y se discuten múltiples proyectos futuros: desde la posibilidad de construir una playa artificial, hasta la tan necesaria limpieza integral de la bahía de Panamá, cuando resulta evidente que los ríos continúan llegando al mar cargados de desechos y contaminación. Al mismo tiempo, el país se posiciona cada vez más como un destino que atrae visitantes y dinamiza la economía a través del turismo. Sin embargo, ese relato de éxito debe comenzar por lo más básico: aceras dignas, espacios públicos seguros y accesibles, y una ciudad pensada tanto para quienes la habitan como para quienes la visitan. En este sentido, la extensión del sistema de transporte masivo —como una eventual prolongación de la Línea 2 del Metro hasta Paitilla— podría mejorar de forma significativa la accesibilidad y la movilidad a lo largo de la avenida Balboa, complementando la Línea 1 ya existente; así como extender la conectividad peatonal con la vía Israel. Las nuevas instalaciones turísticas que se implantan en este frente costero dan cuenta de un potencial real y de ciertos indicios de éxito; no obstante, ese crecimiento solo será sostenible si se planifica con visión urbana, sin improvisaciones y un compromiso con la planificación urbana.

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