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15 de Oct de 2019

Cultura

Fechas

Nos sentimos viejos, pero ¿saben qué?, más viejo es el camino y aún echa polvo

Pues ya se nos acabó. Nos hemos fumigado 364 días así, en un pispás. Somos arrieras que tragamos tiempo. Nos quejamos y rezongamos, nos miramos al espejo y protestamos por las arrugas, por las patas de gallo que aparecen, así, de la noche a la mañana, en una piel que creímos eternamente tersa.

Un día nos despertamos y vemos borroso, creemos que es culpa del sueño y despotricamos contra el maldito despertador, contra el trabajo de mierda al que odiamos llegar, contra el tráfico que sabemos nos espera y que no nos permite aprovechar la cama un ratito más. Pero la ducha no disipa la niebla ante nuestros ojos, debemos alejar un poco el recibo de pago de la gasolinera, y alejamos otro poco más el informe que estamos revisando. Un día, así, de sopetón, nuestros ojos deciden que se han cansado de ver cercanías y ya solo nos permiten solazarnos en paisajes y horizontes, en aquello que queda lejos, atrás. Nuestro cuerpo, ese que de jóvenes tratábamos y maltratábamos creyéndolo durable como el mármol, empieza ya a sentir el paso de los años, crujen las coyunturas con ríspidos sonidos que arañan nuestros huesos. Y te quedas ahí, en el borde del colchón, pensando en cómo saltabas antes a comerte la vida a bocados, y qué pronto te has percatado de que la vida te ha comido a ti y que solo ha escupido una carcasa vacía, un cascarón de lata que suena a chuncho.

¿Dónde han quedado aquellos días en los que beber y comer era tan simple como respirar? ¿Dónde han quedado los tiempos en los que la goma era para pegar papel y la indigestión algo que sólo tenían nuestros padres?

Ahora nos molesta incluso el pensamiento de la tiradera de cohetes que sabemos que ocurrirá mañana, porque nos va a despertar al niño, porque a la viejita nos la desvela, porque nos va a asustar al perro, porque qué necesidad hay de gastar plata en humo.

Nos sentimos viejos, pero ¿saben qué?, más viejo es el camino y aún echa polvo. Quizás hoy ya este año es, tal y como nos sentimos algunos, viejo, pero más sabe el Diablo por viejo que por diablo y me río de los jóvenes que llegan, como el Año Nuevo, empujando, galleando, dándose golpes de pecho y desafiando a los cabezas plateadas, queriendo comerse el mundo; los veo, al nuevo año y a las nuevas generaciones y me acuerdo de aquella canción que decía: ‘No es más fuerte aquel que grita mucho / ni es bueno correr sin más ni más / en la fruta verde está el futuro / siempre que tenga tiempo para madurar'.

Así que hoy, a punto de arrancar la última hoja del anuario de este año, solo puedo desear que todos encontremos las gafas adecuadas para ver bien aquello que muchas veces está delante de nuestras narices y que los horizontes, como los sueños, debemos encontrarlos cada vez más cerca.

También hay que recordar a los que se quedaron por el camino, los que ahora ya son lares que nos protegen, a pesar de que nos abandonaron en este valle de lágrimas; o lémures y larvas en los márgenes de nuestras pesadillas. Y a esos que ni en la muerte se merecen recuerdo, les deseo el olvido eterno y la eterna ignominia, porque no todos los muertos son dignos.

Y los jóvenes arrogantes deben continuar el año que viene escuchando la vieja canción: ‘Hay que llegar teniendo vino, no es el camino, sino el caminar'. Que no apuren el paso, que todo les llegará. Hasta el cansancio.

COLUMNISTA