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12 de Dec de 2019

Cultura

Lobo, ¿estás?

Hace tanto tiempo que estamos avisándolo que parecía que éramos Pedro. A ver, no Pedro el de Heidi y las cabritas, no, Pedro el del cuento de que viene el lobo.

Ah, ¿que no se lo saben? Es ese cuento de un niño que, como se aburría de estar todo el día con las ovejas arriba y abajo, sin hacer nada más que mirarlas pacer y ver triscar a los corderillos, que bonito es un rato, pero que al cabo de un par de semanas debes estar de balidos y de triscadas hasta el orto, decidió gritar: “¡Que viene el lobo!” haciendo que todos los vecinos salieran corriendo de sus casas. Para defender a garrotazos su patrimonio ovejil, tampoco nos creamos que era para proteger al pastor, que para eso él tenía su cayada.

En fin, cuenta el cuento que eso se repitió varias veces, los gritos de uno, el sobresalto de los otros y las carcajadas del rabadán. Hasta que los aldeanos decidieron que era inútil reaccionar y que mejor dejaban de hacerle caso al bromista. ¿Y saben lo que ocurrió? Pues que un día, el lobo llegó al hato, y se dio el banquete.

Y nadie reaccionó a los gritos del zagal que se desgañitaba pidiendo ayuda.

Pues eso mismo nos va a suceder en este país. Ombligo del mundo mundial y corazón del universo universal, que varios llevamos mucho tiempo voceando que esto se va a la mierda. Y nadie nos hace ni caso.

Hace un par de días circuló un video de unos ciudadanos tomándose la justicia por su mano, con un supuesto ladrón al que llevaban atado por las manos al parachoques trasero de un carro y lo estaban haciendo correr. Castigo básico del Viejo Oeste 1.0. Cuando yo vi esta imagen automáticamente me transporté a los sábados por la tarde de mi infancia, en un sofá de escay marrón, acurrucada cerca de mi padre, viendo westerns clásicos. Una horda de aldeanos imprecando al pobre cuatrero que trata de mantenerle el paso al caballo desde el que lo llevan remolcado, hasta que no puede correr más y termina siendo un guiñapo sanguinolento dejando pedazos de piel y sesos por los peñascos del desierto de Arizona (en realidad era Almería, pero aquellos peñascales a mí me parecían super lejanos y exóticos).

Ya ha empezado. Ya la gente está tomándose la justicia por su mano.

Hace una semana en el atraco a una taquería los parroquianos se revolvieron a sillazos contra los asaltantes, que, por cierto, eran menores y llevaban pistolas. Ya la gente está cansada de la impunidad, de la inseguridad y del miedo. Ya el pueblo está cansado de que la policía solo haga retenes absurdos en sitios absurdos por motivos banales mientras delante de sus narices están atracando, asaltando, violando y matando.

Cuando el populacho se cansa, es peligroso. Va a pasar una desgracia cualquier día de estos. Va a haber un muerto. Y entonces encarcelarán al ciudadano que se defendió por haber utilizado la fuerza en lugar de llamar a unos cuerpos de seguridad que son inoperantes y lentos. Y ahí se va a formar el merecumbé. Que aquí va a amotinarse la gente, señores, y van a pedir la cabeza de alguien.

Pero ya saben, el lobo, en estos momentos es solo una figura imaginaria de cuentos para niños, y los policías creen que, poniendo cara de malotes en los retenes hacen lo suficiente como para que los malandros se acojonen y se acongojen.

Ustedes llámenme Casandra, pero ya les voy diciendo que a los honrados se nos están hinchando las pelotas.

Columnista