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14 de Oct de 2019

Cultura

Arte en la piel

Símbolo de belleza, resguardo contra seres malignos, identificación para malhechores. A lo largo de la historia de Japón, los tatuajes han tenido diversos significados. Hoy día, empiezan a ser aceptados

Arte en la piel

El tener tatuajes ha pasado de ser prohibido a ser algo común. Tanto hombres como mujeres de diversas nacionalidades los ostentan y exhiben en su piel colores y diseños que en la mayoría de los casos se llevarán a la tumba. A pesar de esta apertura, en Japón los tatuajes aún no son muy bien vistos. Estas señas de identidad se esconden bajo una manga de camisa o pantalón, aunque poco a poco la sociedad se encamina a tolerarlos.

Historia del tatuaje japonés

La población indígena de los Ainu utilizaba tatuajes en el rostro para protegerse de seres malignos; las mujeres de Okinawa, en las manos, como símbolo de belleza y madurez; los pescadores de conchas, como protección contra animales marinos, otros eran identificación de la casta o clase social; pero la investigación sobre su historia explica el porqué de la reticencia de los japoneses a los tatuajes.

El primer escollo tiene origen en el confucianismo, pues entre sus máximas está la veneración de nuestros cuerpos y el rechazo a modificar el regalo de nuestros padres. En el período Kofun (250-538) se utilizaban para marcar a criminales y esclavos, y en el Nihon Shoki —“Crónicas del Japón”— (escrito en el 720, aproximadamente), existen por lo menos dos historias del uso de tatuajes como medio punitivo: Una de ellas cuenta que el emperador Yuryaku mandó a tatuar la cara de una persona cuyo perro mató una de las aves reales. En el período Asuka (538-710), ya habían caído en desuso.

Durante el período Edo (1603-1868), en el sogunato de Tokugawa resurgieron para marcar a los 'indeseables' de la sociedad, aquellos acusados de robo, fraude, extorsión o falsificación de productos pasarían el resto de su vida como parias. La marca variaba según la región, con tatuajes como el kanji aku —malvado— en el rostro, o una gran equis entre las cejas o en uno de los bíceps. En Kyushu utilizaban el sistema de tres fallos, en el que al reincidente se le iban tatuando las líneas que al final formarían el kanji inu —perro— en la frente.

La cosa no fue mejor durante los períodos Meiji, Taisho y el Showa de la pre guerra (1868 hasta 1945), cuando hacer tatuajes era ilegal, las penas eran multas o azotes y los que previamente los tenían, debían obtener un permiso otorgado por la policía. Es en esta época que la yakuza —mafia japonesa— les dio cobijo y protección a los artesanos, como consecuencia tanto los clientes como los creadores fueron relacionados con la mafia en la idiosincrasia nacional.

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    Mujer con la totalidad del cuerpo tatuado al estilo japonés
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    Mujer ainu
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Tatuaje en japonés

Los tatuajes japoneses más llamativos son aquellos que cubren gran parte del cuerpo y cuyos temas retratan su grandiosa mitología; no obstante, están localizados para ser cubiertos por la ropa, se muestran solo en ocasiones especiales. Brian Ashcraft en su libro Japanese Tattoo, History, Culture, Design, explica que se debe a que: “cubrirse los tatuajes es una cortesía, para no ser desconsiderado con los demás”. Irezumi es la palabra más conocida para referirse a los tatuajes y dependiendo de los kanji utilizados, puede significar castigo para marcar a los criminales o hecho por voluntad propia.

En la actualidad a nivel mundial existe una fascinación por los tatuajes japoneses previos a la Segunda Guerra Mundial, considerados obras de arte a la altura de los ukiyo-e. Los maestros tatuadores ahora utilizan el título hori, que viene de la palabra horishi —grabar—, y ya no son perseguidos, al contrario, son buscados por artistas occidentales para aprender de ellos, pero la prohibición ha pasado dejándolos en un limbo legal.

Dos ejemplos de la fascinación reciente son el museo del tatuaje de Yokohama, creado por el maestro Horiyoshi III en el año 2000 en el que es posible seguir toda su historia en Japón, y la organización internacional de eventos alusivos, el año 2014, el Museo Nacional Japonés Americano de Los Ángeles (JANM, por sus siglas en inglés) presentó la exposición “Perseverancia: la tradición del tatuaje japonés en el mundo moderno”. La exposición mostraba al público “...Al tatuaje japonés como una forma de arte indígena, de pleno derecho, comparable en tradición y técnica a otras bellas artes. Traza paralelos históricos al arte y la estética japoneses anteriores, incluyendo el grabado de ukiyo-e.”, como lo expresó el presidente del JANM, Greg Kimura.

La actualidad

El tebori era la forma tradicional en que se hacían los tatuajes en Japón, consistía en una barra de madera o metal a la que se le colocaban agujas en un extremo, era una técnica manual y por ende más lenta, que si bien aún es practicada, fue ampliamente reemplazada por la máquina de tatuar convencional. El tatuaje japonés se nutrió del internacional y viceversa, muchos maestros hacen tatuajes pequeños que requieren poco tiempo, y son los que más gustan a extranjeros. Es que los muy extensos pueden demorar meses o años en terminarse.

Con su internacionalización llegaron los caracteres japoneses kanji, hiragana o katakana; sin embargo, se debe tener mucho cuidado con la escritura japonesa para evitar incidentes bochornosos como lo sucedido a Ariana Grande. El irezumi ha comenzado a reinterpretarse, los animales mitológicos, la flora, fauna y paisajes tradicionales del Japón han dado paso a personajes de anime o manga, mezclas de iconografía de occidente y oriente, además de la utilización de tinta con colores más llamativos

Si bien la tolerancia hacia los tatuajes se ha incrementado, todavía es posible encontrar onsen —baños termales— o piscinas públicas donde no se les permite la entrada a las personas tatuadas, en otros, se entrega una calcomanía para cubrirlos o se solicita al cliente que los tape. Es más aceptado que los extranjeros tengan tatuajes, de ahí que sea posible ver en cuñas de televisión a personajes internacionales que los muestran sin problema. Como bien lo expresó Kimura, el irezumi preserva las tradiciones artísticas, las reinterpreta y mantiene relevantes los símbolos y mitologías del arte japonés tradicional llevándolos a este nuevo medio donde las narraciones visuales que podrían perderse en las nuevas generaciones, quedan plasmadas en la piel, es algo de lo que los japoneses y los nikkei —descendientes de japoneses en el exterior— deberían sentirse orgullosos.

Rolando José Rodríguez De León es profesor titular de la Universidad de Panamá y doctor en Comunicación Audiovisual y Publicidad.