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20 de Sep de 2020

Cultura

¡Salsa!

Cómo se cocinó el género musical que más de 50 años después, todavía pone a bailar a toda Latinoamérica. Solo en Nueva York pudieron converger los elementos que le dieron forma a este fenómeno musical

¡Salsa!
¡Salsa!

Escuchando a Charlie Palmieri con su piano y orquesta, acompañando al cantante panameño Meñique Barcasnegra en una sabrosa pieza clásica cubana de nombre “Tiene sabor,” podemos comprender que solo en Nueva York pudieron converger los elementos que le dieron forma a la “salsa”, un género musical que mezcló todos los ingredientes del Caribe y explotó con éxito salpicando al mundo. Tras 50 años de ese boom, el fenómeno ha sufrido altibajos, pero busca mantenerse vivo recordando sus raíces.

Palmieri, quien murió temprano, con cincuenta y tantos años, es el hermano de Eddie. Ellos son reconocidos entre los pioneros que desde las calles de la ciudad estadounidense comenzaron a experimentar con la música cubana y le agregaron su talento y variaciones del jazz negro, con los aportes de cantantes y músicos de Cuba, Puerto Rico y República Dominicana.

En una ocasión Rubén Blades me dijo que ellos y muchos otros fueron consumados imitadores, pero al mismo tiempo crearon un sonido nuevo con innovaciones como combinar trombones con flautas y agregar el tres cubano junto al piano.

“La salsa, al igual que el argumento gastronómico del mismo nombre, necesitaba de muchos elementos y de un debido tiempo de cocción, y estaba allí dormida esperando su momento”.

Repasando la historia vemos que los millones de seguidores que aún tiene, buscan mantener a la salsa en el top de las carteleras.

Es muy raro que en los clubes de baile de una ciudad tan grande, considerada fría e indolente y que guarda relaciones con todas las razas y culturas, naciera una música con tanto sentimiento, nutrida con todo el acervo de la época de oro de los cabaret de La Habana, Cuba.

La salsa tiene una íntima relación con el baile, con el mar Caribe, con palmeras, con lamentos de carreteros entre cañaverales, con el susurro amoroso de parejas y de fiestas en pueblos que celebran a santos. Pero sobre todo, con las expresiones que nacieron en los barracones de esclavos africanos llenos de sufrimiento después de viajar en barcos de madera impulsados con velas desde África occidental.

En la novela El negrero del cubano Lino Novas Calvo, en la que se narra el infame comercio de esclavos en Cuba en el siglo XIX, se mencionan las noches de tambores en las plantaciones que derivaban en un frenesí de bailes y toques de recuerdos que muchas veces impulsaron a la rebelión.

Esos tambores que en principio invitaban a la danza en aquellas plantaciones, con la salsa lo hicieron luego en las pistas de baile.

La esclavitud es tema salsero. Tite Curet Alonso, compositor boricua, la relata en temas como “Babaila”, y “Primoroso cantar”, los cuales relatan que así empezó el guaguancó. Se dice que la presencia de las mujeres al son de tambó provocaron que esta música transmitiera tantos sentimientos con una mezcla de dolor y protesta por la injuria de la esclavitud.

Pero Curet también señala que la palabra del blanco, o sea la riqueza y la cadencia fonética del idioma español le dio forma al mensaje. Entonces, cientos de poetas dotaron de música sus versos y nacieron canciones que además se ocuparon del día a día, y se burlan de hechos y de personajes con jocosidad. La salsa se convirtió en un instrumento de desahogo latino.

Pero volviendo a Brooklyn o al Harlem, aquellos músicos echaron mano del estilo de Beny Moré, Bebo Valdés, Cachao, Chano Pozo y de todos los compositores y cantantes de los años 40 y 50 en el Caribe y regrabaron con su estilo y triunfaron.

Deslumbraron así a un público joven que se maravilló con la aparición del fenómeno musical. Y luego se cansarían de oír a los viejos bailadores diciendo que ellos ya conocían esos números que habían disfrutado décadas atrás.

Para los nuevos, esas grabaciones con intérpretes de distintos países y con diferentes arreglistas que respetaron lo clásico, resultaron inéditas y simplemente fabulosas.

Es que la salsa, al igual que el argumento gastronómico del mismo nombre, necesitaba de muchos elementos y de un debido tiempo de cocción, y estaba allí dormida esperando su momento.

La salsa se consolida con la aparición de Las Estrellas de Fania a finales de los años 60 y a inicios de los 70 con la aparición del sello disquero del mismo nombre que impulsó grabaciones que utilizan todos los adelantos tecnológicos en materia de sonido, lo que produce verdaderas joyas musicales.

Cada una de estas agrupaciones tenía cantantes espectaculares. Se fueron conformando binomios, entre ellos Larry Harlow, primero con Ismael Miranda y luego, con Jr González, Pacheco y Pete el Conde, Colón y Lavoe, Barretto y Adalberto Santiago, sin despreciar la interpretación de tumberos, timbaleros, pianistas y trompetistas. No se puede dejar de mencionar a Tito Puente y sus 100 LP y a Tito Rodríguez que llenó de glamur el ambiente; ambos experimentaron con el formato de big bands.

La aparición de un joven abogado desde Panamá, Rubén Blades, con un cuaderno en el que tenía un montón de canciones, aporta letra y poesía al género y graba junto a Colón el LP más vendido de la historia: Siembra.

Pero hubo antecedentes. En los barrios, Cortijo y su Combo y luego El Gran Combo fueron sensaciones. Esos conjuntos de no más de 12 músicos maravillaron a los seguidores cuando se podían ver en vivo en giras musicales o para fiestas como los carnavales de Caracas, Barranquilla y Panamá.

Cortijo, un negro de Santurce, Puerto Rico, con un tremendo swing en los timbales conquistó todos los escenarios y grabó más de 10 LP con sello Gema que vendieron miles y miles de copias. A su disolución la agrupación se convierte en el legendario Gran Combo, con cantantes tan emblemáticos como Andy Montañez y Pellín Rodríguez, relevados luego por Jerry Rivas y Charlie Aponte. Andy, a sus más de 70 años, todavía canta y cautiva al público. De esa escuela es el Brujo de Borinquen Ismael Rivera, un ídolo en Venezuela, Panamá, Colombia y Estados Unidos.

Al escribir este artículo escucho al Conjunto Libre y a Herman Olivera, un sonero que surge en los años 90, interpretar “Que humanidad”, una composición antigua pero que nunca se interpretó de esta forma. Aunque en la salsa hay arreglos y pentagramas, se da completa libertad en los maravillosos solos que nunca serán iguales en otro momento.

En este caso menciono a un trombonista estelar como Jimmy Bosch. Lo conocí en San Juan, Puerto Rico, previo a una presentación con el maestro Blades. Antes de salir a escena se tomó un buen ron con coca-cola, pero también, decía, hace pechadas para revitalizar sus condiciones físicas y enfrentar al trombón en los conciertos.

Tras cada uno de estos músicos hay historias de vida como la de Eddie Montalvo, un tumbero que ha estado con las mejores orquestas, pero se jubiló en la compañía eléctrica de Nueva York. O la de un talentoso director de orquesta como Bobby Rodríguez y la Compañía, que tras grabar una pieza musical de Blades –dedicada al metro de la Babel de Hierro– saltó a los primeros lugares del hit parade. Se llamaba el Número 6, murió joven al igual que el gran cantante Néstor Sánchez, “el albino divino” que alguna vez vimos en Portobelo pidiendo al Nazareno un milagro para curar su enfermedad. Ahora pienso que ya el milagro de su voz le había sido concedido.

El tiempo pasa y la salsa evoluciona; en los 80 nace la “Salsa sensual”, con orquestas y cantantes puertorriqueños que destacan el amor, con los arreglos musicales por sobre la individualidad de los músicos. Lalo Rodríguez, Frankie Ruiz, Eddy Santiago y David Pabón son ejemplos.

Recuerdo piezas como Devórame otra vez, La rueda, Aquel viejo motel, Amor pirata. Se grabó mucho, llegaron a ser cientos de melodías las que sujetaron los tambores africanos en preciosos arreglos.

Los salseros podrán criticar este artículo por dejar de lado algunos nombres, pero fueron muchos... y buenos. Richie Ray y Bobby Cruz, que aportaron pasajes de música clásica, el maravilloso Willie Rosario, el famoso Mr. Afinque con constancia desarrolló una carrera con cantantes como Luisito Carrión, Gilberto Santa Rosa y otros que brillan ahora como solistas. Y no he mencionado a la gran Celia Cruz y al conjunto de Joe Cuba, ni a Roberto Roena y su sonido del Apolo.

La Sonora Ponceña, del talentoso pianista Papo Luca, La Selecta, de Raphy Levitt y Sammy Marrero también formaron parte de la época.

Pero no se puede dejar de lado el aporte de Colombia: Joe Arroyo, con un crudo aporte negro, Fruko y el Conjunto Niche que aportaron llamaradas de sabor. Colombia entera se apegó a la salsa y todavía baila al son de sus orquestas en festivales y ferias. Barranquilla, Cartagena, Medellín y Bogotá, y la linda Cali que no se queda atrás, son ahora capitales salseras.

Hoy son los colombianos un bastión que mantiene viva la salsa con su Grupo Galé que respeta todo el pasado del género.

Es que en la década de 1970 se dieron interpretaciones que hoy se siguen recordando y demuestran que esos años fueron los dorados de la salsa.

Acá en Panamá mencionamos a Meñique, pero Camilo Azuquita se paseó por todo el mundo cantando salsa; Roberto Blades y sus hits, y uno de mis preferidos: Gabino Pampini, que salió de los combos nacionales y se mudó a Colombia y a Perú para cantar, y cantar con los mejores.

Tras 50 años, quedan pocas estrellas de aquellos años de la Fania. Somos muy afortunados de que Rubén Blades sea uno de los más cotizados. Sigue ganando premios Grammy, sigue grabando y componiendo junto a músicos panameños, es una leyenda viviente. Marc Anthony, un galán de la salsa con despecho, La India y Tito Nieves todavía se oyen.

En Panamá, la salsa se usa para dar mensajes en cualquier lado, en la radio de un taxi, en las calles de barrios populares compitiendo con el regué. Pero la salsa es la salsa. Si eres panameño, bailas salsa.