06 de Oct de 2022

Cultura

¿Qué significa ser panameño?

En varias ocasiones, tal duda me ha dejado sin dormir; por tan sencilla que parezca la pregunta, su respuesta no llega a la mente tan obvia y evidente como si se enfocase a un francés, a un japonés o a un egipcio, cuyas culturas milenarias han cementado su parecer e identidades con el pasar de los siglos, y cuya imagen y cosmovisión nos vienen naturalmente al pensar en ellos.

En varias ocasiones tal duda me ha dejado sin dormir, porque tan sencilla que parezca la pregunta, su respuesta no llega a la mente tan obvia y evidente como si se enfocase a un francés, a un japonés o a un egipcio, cuyas culturas milenarias han cementado su parecer e identidades con el pasar de los siglos, y cuya imagen y cosmovisión nos vienen naturalmente al pensar en ellos. Así como aquellas civilizaciones fueron bendecidas por el tiempo, de nuestro lado del charco, el mito es breve, porque el encuentro de ambos mundos fue tan dramático, que nos dejó con una versión histórica cercenada de nuestra Abya Yala, de nuestra América, de nuestro Istmo.

La visión histórico-identitaria resultante, a raíz de aquel impacto, fue determinada por la hegemonía narrativa dispuesta por el componente hispánico de nuestra cultura, y que hasta hace poco, mantuvo en las sombras a los demás actores que constituyen parte de nuestra composición etnográfica, como lo son los pueblos afros y originarios.

En lustros recientes sin embargo, el desfase de la narrativa hispana ha dado paso a un relato narrativo -identitario distinto, uno que responde a la realidad de nuestros tiempos, uno que reconoce nuestra diversidad como pueblo, y que concluye que Panamá es, en efecto, “un crisol de razas”, porque así lo dispuso nuestra geografía particular que atrae, cuál cuerpo solar, a los pueblos esparcidos que gravitan La Creación.

He aquí la particularidad que hace difícil describir la identidad panameña. Cómo ofrecer una respuesta sólida y única que transmita una identidad, cuando se tienen muchas miradas y verdades sobre la misma? Considerando que, en presencia de los vitrales que conforman el ventanal que es Panamá, resulta complejo describir, una realidad desplegada, ante una luz difuminada por colores ancestrales, que atraviesan los cristales encarados ante el sol.

Una confusión de realidades que pasa casi desapercibida en nuestro diario vivir, que ha convertido la diversidad en algo cotidiano, pero que cobra vida cuando cualquier panameño viaja al exterior y se encuentra con las frases de “no pareces panameño” o “no suenas como panameño”, expresiones que reflejan una desconexión por parte del interlocutor sobre nuestro pasar por el mundo, y que para nosotros carecen de sentido, porque no se ajustan a la visión que tenemos de nuestra sociedad. Una sociedad que hoy se halla tan entrelazada con procedencias de latitudes lejanas, que ha determinado una cosmovisión que admite, con toda tranquilidad, que “cualquiera puede ser panameño”. Un ideal explorado tiempo atrás, pero que tomó un par de siglos para que lo asimiláramos. Esto trayendo a colación la clarividencia premonitoria de Don Justo Arosemena, padre de la nacionalidad panameña, quien sin tapujos definió una de las bases que sirviera de faro para la idiosincrasia actual de nuestra nación, una transcontinental y transhemisférica, al escribir:

“Creo que la patria del hombre es el mundo, y si en mí consistiera, borraría de todos los diccionarios la palabra “extranjero”, porque la inteligencia y la virtud deben ser los únicos títulos que confieran distinciones de parte de las leyes y de parte de los individuos.”

He aquí la esencia de la identidad panameña. Una multicromática, como si fuese un lienzo integrado por colores provenientes de cada esquina del globo. De base hispana y originaria, superpuesta con tintes de la afro y la hebrea, revestida por destellos de la china, la árabe, la india, la francesa, y la estadounidense, y salpicada por gotas de la venezolana, la colombiana y la de aquellos vecinos que han elegido esta tierra como su hogar. Una identidad que, en ocasiones, desemboca en tonalidades ininteligibles e incomprensibles para el ojo foráneo, que está acostumbrado a percibir contornos producidos por unidades culturales y étnicas homogéneas, mientras que para nosotros tal contraste es parte del diario vivir.

En fin, el panameño es una obra abstracta, antigua por sus componentes, pero futura por su propia dinámica cambiante, y contiene elementos inherentes que lo identifican como uno, y muchos, a la par, ya sea por su forma peculiar de hablar, su gastronomía, su provincia o comarca, o su condición social. Todos interactuando simultáneamente y traslapados dentro de los condensados y caóticos setenta y cinco mil quinientos diecisiete kilómetros cuadrados, a los cuales estamos arraigados cuál árbol centenario.

Es por tal identidad manifiesta, la cuál continúa adaptándose día a día, por lo que hoy, 9 de agosto, conmemoramos el natalicio de aquel personaje que puso en palabras, el imaginario colectivo que la gente de su tiempo aún no podían claramente concebir, ese antes descrito, que debemos atesorar por su escasez y valía, y que por casualidad o accidente, quedó consagrado en el emblema nacional. Así eternamente convocando la venida de las gentes de la tierra con la oración “Pro Mundi Beneficio”.

Salud, Don Justo.

Abogado, traductor y locutor comercial