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13 de Aug de 2020

Planeta

Batalla campal en Copenhague

COPENHAGUE. “¿Estás listo, Rick?”, me preguntó Sky, un veterano periodista inglés de Indymedia. Para los activistas, el gran día había l...

COPENHAGUE. “¿Estás listo, Rick?”, me preguntó Sky, un veterano periodista inglés de Indymedia. Para los activistas, el gran día había llegado. Durante la gélida mañana, miles de personas intentarían entrar a los terrenos del Bella Center y celebrar allí una asamblea popular. Los rumores decían que varios delegados intentarían salir de la conferencia y participar de la asamblea. También se comentaba que el mismísimo Ban Ki Moon saldría a dialogar con los manifestantes. “Espero que hoy, por fin, Dinamarca pierda su fama de país pacífico”, me dijo Adam, activista danés. Para él y sus compañeros, que habían invertido incontables horas planeando la acción “Reclama el poder”, era hoy o nunca.

Las cosas no empezaron bien. La noche anterior, la policía había confiscado cientos de bicicletas guardadas en un centro cultural de Copenhague, que se suponía iban a formar una primera línea en la manifestación. Una fuerte nevada caía a las 9 de la mañana y los mil arrestos del fin de semana –el gobierno danés pasó una ley temporal que permite a la policía arrestar de manera “preventiva”– podía hacer desistir a muchos.

A eso de las 10 de la mañana, la manifestación –rodeada de policías por los cuatro costados– ya tomaba la última curva hacia el Bella Center. Empezaba a nevar de nuevo y se oían rumores de que varios bloques de manifestantes que debían haberse unido habían sido arrestados. En medio de cánticos anticapitalistas, los organizadores –montados en un camión en medio de la multitud– anunciaban al millar de personas que en una hora esperaban estar a las puertas del gigante Centro de Convenciones. Sin bicicletas, y mermados por los arrestos, el ambiente no era esperanzador. “No hay manera de que entren. Lo que va a haber es violencia y gas pimienta, pero nada más”, me dijo un corresponsal alemán mientras seguíamos –entre decenas de periodistas— la primera línea de la protesta. Los manifestantes no pensaban lo mismo. Encabezando la marcha iban tres latinoamericanos: un mexicano, una boliviana y una colombiana. “Esperamos entrar al Bella Center. La delegación boliviana nos prometió que va a salir”, me dijo sonriente la mujer boliviana.

Cerca de las 11, la tensión empezaba a crecer. El helicóptero que sobrevolaba la manifestación sonaba más fuerte que nunca. De uno de los camiones policiales se oyó: “Ésta es la policía. No pueden seguir avanzando”. En efecto, nos acercábamos al final del área permitida para la marcha.

De repente, unos veinte activistas empezaron a correr, intentando tomar por sorpresa a la policía, que reaccionó con violencia. Para ese momento, ya estábamos debajo de la estación de metro del Bella Center. Como los castillos medievales, el Centro se encuentra rodeado de profundas fosas de agua y los manifestantes solo tenían dos lugares por los cuales acceder: las dos entradas principales, que estaban completamente bloqueadas por cientos de uniformados y coches policiales. Quizás aquí fue donde los activistas perdieron la batalla: en la falta de organización. Kjartan, el encargado de la comunicación dentro de la protesta, admitía los fallos. “Cuando llegamos aquí no estaba claro por cual entrada íbamos a marchar. Intenté corregirlo, pero la policía entró en la confusión y nos bloqueó. Se cortó la comunicación y se desorganizó todo”. Sea cual fuere el fallo, lo que siguió fue un despliegue impresionante de brutalidad policial.

Todo comenzó cuando un activista subió al techo de un carro de la policía, y un uniformado lo bajó a golpes. Entonces, la multitud rugió, y el caos comenzó. La policía golpeó y golpeó, mientras empujaba la primera línea de manifestantes. Se oían gritos y gente llamando a los médicos que había entre los activistas. Los fotógrafos corrían frenéticamente de aquí para allá buscando las imágenes más impactantes. La adrenalina podía saborearse en el aire.

Alberto Gómez, de México, estaba en primera línea cuando la policía arremetió. “Me sorprende la actitud de la policía. ¿Por qué la violencia? Llegamos y empezaron a empujarnos, y después a echarnos gas pimienta”, dijo con aire triste.

La manifestación se encontraba encerrada por las dos líneas policiales que protegían los accesos al Bella Center. Un grupo de activistas apareció con cinco balsas inflables unidas, cruzó la calle e intentó pasar la fosa, donde los esperaba la policía con perros guardianes. En cuestión de segundos, unos cinco activistas ya estaban encima de las balsas, pero debido a la falta de algo que hiciera las veces de remo no lograban tocar la orilla. Finalmente lograron darle dirección a la balsa, y luego de recibir varias rociadas de gas pimienta, cuatro de ellos lograron cruzar, mientras la multitud celebraba y cantaba. Sobra decir lo que pasó: inmediatamente fueron neutralizados, golpeados y arrestados. Al parecer, esto hizo a los que venían detrás reconsiderar sus intenciones, y recogieron la balsa.

Mientras, la multitud decidió llevar a cabo la asamblea popular en medio de la calle. Circulaban ya rumores de que los delegados que intentaron salir para unirse a la asamblea fueron interceptados por la policía y se les prohibió dejar el Bella Center y muchos decían que la renuncia de la presidenta del COP15, la ministra danesa del Medio Ambiente Connie Hedegaard, se debía a la presión de los activistas y al aparente fracaso de la cumbre. (La versión oficial es que debido al número “sin precedentes” de jefes de Estado en Copenhague, la presidencia iba a ser tomada por el primer ministro, Lars Løkke Rasmussen).

La asamblea popular no tuvo mucho de especial y menos de popular. No se sabe a cuántos realmente les importaba, pero pocos la escucharon. Se limitó a un grupo personas de varios países repitiendo las mismas demandas y consignas escuchadas hasta la saciedad, y otros que los vitoreaban.

Y es precisamente esa falta de visión, esa ceguera mental que lleva a los dos lados a vivir en su propio universo lo que llama más la atención: dentro del Bella Center, en un COP15 lleno de glamour, egos y personas con aire de importancia, casi nadie sabía que había una multitud enfrentándose a la policía afuera. En la protesta, en medio del frío tenaz y con su rabioso anticapitalismo, nadie quiere aceptar que miles de personas trabajan sin descanso para llegar a un acuerdo. A nadie parece habérsele pasado por la cabeza que el planeta es de todos, y que encender una vela es mejor que maldecir en la oscuridad. O en la nieve, para ser más precisos. Finalizada la asamblea, los activistas se retiraron a la ciudad, para “seguir planeando maneras de sabotear la cumbre”, me dijo Simón, uno de los organizadores.

La policía, que también considera que esta haciendo su trabajo, tiene su propia versión. Un portavoz le dijo a La Estrella que había 256 personas arrestadas, la mayoría de manera preventiva. Los cuatro activistas que cruzaron el canal podrían enfrentar cargos por irrupción en propiedad privada, pero es improbable. “No queremos escalar la tensión, queremos que esto se desarrolle en paz”, aclaró el portavoz.

Los oficiales son quizás los únicos que quieren que esto se acabe cuanto antes. Para los activistas, siempre es mejor vivir en su burbuja de fantasías antisistema que enfrentar la realidad. Para los políticos –y esto lo sabemos de sobra en Panamá– siempre es mejor sentarse en los foros internacionales y escuchar a otros que, como ellos, quisieran no tener que regresar nunca a sus países a trabajar de verdad.