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07 de Dec de 2019

Salud

El trauma del aborto

Ninguno de los dos extremos está dispuesto a prestar atención a los argumentos del otro.

La palabra ‘aborto' suscita profundas emociones en casi todo el mundo y existe una feroz confrontación retórica entre dos posturas extremas, que incluso en muchos casos llega hasta el homicidio y la violencia física contra el personal de salud que atiende en las clínicas donde se practica el aborto legal. En un extremo están quienes le dan prioridad absoluta al embrión o feto sobre las decisiones y los derechos de la mujer, representados por los grupos ‘pro vida'; en el otro extremo, están quienes no le dan valor al embrión o feto, representados por los grupos ‘pro elección', que le dan prioridad al derecho a la vida de la mujer, considerando que ésta ya es persona y el feto no. Ninguno de los dos extremos está dispuesto a prestar atención a los argumentos del otro.

La buena noticia es que los grupos extremos son minoría y que la gran mayoría de la gente cree que un mundo sin aborto sería un mejor lugar para todos y ni son indiferentes ante sufrimiento de los millones de mujeres que cada año enfrentan esta decisión, ni son indiferentes ante la suerte del feto. Ven cualquier aborto como una pérdida, pero aceptan que puede haber una justificación para la interrupción de un embarazo en ciertas situaciones.

La mala noticia es que, como esta mayoría no aborda el tema con la misma pasión de los extremistas, tienen menor repercusión en la opinión pública. Como decía Gandhi, ‘Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena.' Mientras más radical es un grupo, más bulla hace.

Sólo las mujeres saben exactamente por qué toman la difícil decisión de abortar, decisión que debe ser tomada únicamente por quien vive la situación y quien sobrelleva las consecuencias de lo que decida, en vez de por la autoridad política. La obligación de la autoridad política es simplemente proveer un marco legal, información y servicios que permitan planificar la familia de manera responsable, sin obligar a nadie a tener menos hijos de los que quiere, ni más de los que pueda mantener. A pesar de que esto es lo que dicta el sentido común y pareciera tan simple, muchos grupos de las llamadas ‘democracias' insisten en su conspiración retrógrada y contraria a los Derechos Humanos. Si realmente queremos encontrar una solución, es necesario difundir información objetiva sobre el tema, para comprender mejor este problema personal y social, que afecta a muchas mujeres de manera directa o indirecta en algún momento de su vida.

La Iglesia Católica puede pedirles a sus fieles que se abstengan de usar métodos anticonceptivos que no sean los naturales, que repudien el aborto y que hagan campañas públicas para que sus dogmas se conviertan en leyes, pero no tiene derecho a impedir que los ciudadanos hagan lo que la ley los autoriza a hacer, ni a que estos hagan campañas a favor de legislación que ya tiene validez universal. Es un debate entre la razón y el dogma, pero lo cierto es que ni la mayoría de los fieles ni los mismos sacerdotes hacen lo que dicen ni dicen lo que hacen.

La Iglesia Católica no acepta interrumpir un embarazo para salvar la vida de la mujer, aunque eso signifique privar de la madre a sus otros hijos. Lo más difícil de entender es que tampoco permita los anticonceptivos ni la educación sexual (aunque digan lo contrario) como forma de prevenir el embarazo. La maternidad forzada es un atropello tan intolerable como el aborto forzado. Contra toda lógica, tampoco acepta la reproducción asistida para las mujeres con problemas de fertilidad, lo que coloca a la mujer entre la espada y la pared en todos los casos.

En Panamá el aborto está despenalizado dentro de los dos primeros meses de embarazo, sólo cuando el embarazo es consecuencia de una violación carnal o cuando peligra la vida de la madre o del producto y así lo determine una Comisión multidisciplinaria, que a veces toma tanto tiempo, que cuando lo hace, ya el bebé ha nacido). No lo autoriza por razones económicas, aunque (según ‘El País'), en España una de cada tres mujeres lo solicita por falta de recursos para criar otro niño.

Por cierto, la prohibición del aborto sólo afecta a las mujeres pobres, ya que las otras lo tienen a su alcance cuando quieran, pagando médicos privados o viajando al extranjero. Aun así, para ninguna mujer se trata de una decisión ligera, sino difícil y traumática.

ABOGADA