El primer recorrido de prueba del monorriel, desde Patio y Talleres hasta Ciudad del Futuro, se registró la tarde del lunes 13 de abril, con esta prueba...
- 01/12/2010 01:00
Centroamérica era un volcán en erupción y la guerra fría dibujaba una geografía sangrienta. La revolución nicaragüense acababa de tomar el poder y Estados Unidos observaba con preocupación las turbulencias sociales en su patio trasero, financiando dictaduras y paramilitares para detener la marea roja. Pero había un hombre, con la mano de piedra, que podía lograr que su gente olvidara lo que pasaba en esos días y en esas tierras porque sería él quién se subiría al ring y pelearía por ellos.
Durán marchó a entrenar a Coiba. No había allí más que un cuartel militar y una prisión. Sólo se podía entrenar.Leonard, mientras tanto, interrumpía su preparación para cumplir compromisos publicitarios. El periodista Ralph Gordon, de la revista Ring, fue a visitarlo a una filmación de Seven Up. Narra la experiencia en su artículo ‘No más, mi versión’.
Dice que se sorprendió cuando Leonard lo llevó a su camarín y comenzó a bombardearlo con preguntas. —¿Crees que puedo ganarle a Durán?, ¿Soy más rápido que él?, ¿En serio pega tan duro como dicen?Gordon lo notó preocupado. Para los apostadores, en cambio, no había dudas: Leonard era favorito 5 a 1. Incluso en Panamá muchos pensaban que la de Durán era una misión imposible. Salvo él. ‘Gano yo papa, no hay forma de que pierda. Leonard es un payaso, ya lo verán’, decía con una confianza brutal. Nunca había perdido una pelea con el título mundial en juego.La confrontación tenía muchos ángulos de atracción. Se enfrentaban Leonard, el campeón, contra Durán, el retador número uno.
Los promotores, el estadounidense en manos de Bob Arum y el panameño, en las de Don King. Los estilos de pelea, representados en las esquinas: el boxeo moderno de Angelo Dundee, entrenador de Leonard y también de Muhamad Alí versus la vieja guardia del combate abierto, Arcel y Brown.Durán llegó a Montreal antes que Leonard y se ganó la simpatía de todos: ‘I’m here to fight, no to huevation’, declaró. El día de la pelea el estadio estaba repleto. Había 46 mil espectadores y la contienda iba en vivo para el mundo entero. Las indicaciones de Ray Arcel a Durán fueron básicas. ‘Persíguelo y persíguelo. No te podrá aguantar’.
Todos pensaban que Leonard saldría a jugar con Durán, a poner en práctica la vieja táctica de Alí, esa de volar como una mariposa y picar como una avispa. Pero no.
El campeón decidió intercambiar golpes, medirse en rudeza. No fue una buena idea. En el segundo round Durán conectó un derechazo al rostro del campeón que trastabilló tres pasos y se refugió en las cuerdas. ‘De ese golpe recién me recuperé en el séptimo round’, llegó a reconocer con el tiempo Leonard, confirmando el apodo: ‘Es verdad, Durán tiene la mano de piedra. Cada uno de sus golpes es un ladrillazo’. La pelea fue inolvidable. Una guerra sin cuartel durante 15 rounds en los que Durán buscó el triunfo con temeridad revolucionaria. Los jueces le dieron la pelea por unanimidad.
El pananeño estaba en su mejor forma física, en la cúspide de su potencial y, sin embargo, tuvo que emplearse a fondo para lograr una pequeña luz de ventaja: había brillado contra el que para muchos había sido el rival más complicado de toda su carrera.Cuando le dieron el triunfo, Durán levantó los brazos y le hizo señas a Leonard, como diciéndole, ‘Te lo dije, soy mejor que tú’. Había conquistado el mundo. ‘Ningún boxeador latinoamericano ha llegado a estar tan alto como Durán esa noche’ comenta Alberto Guerra, ex director de la Comisión Panameña de Boxeo y miembro del Consejo Mundial.El general Torrijos envió su avión a Canadá para traer a casa al campeón. Hasta Don King viajó al Caribe.
Cuando se abrieron las puertas de la aeronave, Durán bajó con una boina blanca y el cinturón de campeón colgando. ‘Esto que tengo guindado aquí abajo es para ustedes’, dijo. El recibimiento en el aeropuerto fue masivo —antes del entierro de Torrijos, antes del regreso del exilio de Arnulfo Arias Madrid—, una de las mayores concentraciones populares en la historia del istmo. Una caravana espontánea, larguísima, acompañó al campeón hasta su barrio, El Chorrillo y de allí, hacia la Casa de Gobierno, donde lo recibió Omar Torrijos. En el Palacio de las Garzas y a orillas del Pacífico, Torrijos y Durán saludaron al pueblo bajo el vuelo rasante de los pelícanos. Uno había firmado los tratados. El otro había conseguido el título. Panamá parecía finalmente deshacerse de la sombra del gigante. En medio de los festejos, Durán fue invitado a viajar a Cuba. Fidel Castro lo quería conocer. Por una vez, al subir al avión, Durán tuvo miedo. Narra la anécdota en ‘Los puños de una Nación’, el documental de Pituka ‘No me gustaba volar con Torrijos… ¿y si los gringos le tiraban un bombazo?’, se pregunta. La historia terminó dándole la razón: Torrijos moriría en un accidente aéreo meses después. Lo cierto es que luego de subir al avión, para tranquilizarse, el campeón comenzó a tomar whisky.
Cuando llegó a La Habana estaba bastante alegre. Se sentó lo más lejos que pudo de los líderes, en la otra punta de la mesa, siempre preso del mismo temor. Hasta que Fidel lo mandó a llamar. Se abrazaron. Mano de Piedra también era un héroe latinoamericano.Un mes después de la pelea, Durán seguía festejando el triunfo. Dos meses después, también. El flamante campeón estaba desatado. No faltó a ninguna de las decenas de fiestas que se organizaron en su honor. Engordaba con alegría. Se había pasado la vida como ascendiendo una cuesta, golpe a golpe, buscando siempre más, la gloria absoluta. Y lo consiguió.
Ahora que había conquistado la cima, todos los deseos debían cristalizarse. Hay veces que los sueños, cuando suceden, también lastiman. La sensación incierta de no tener más donde subir.
Para esos días, Leonard ya estaba superando la depresión de la derrota para volver a los entrenamientos. ‘Lo que pasó después de Montreal demuestra una verdad inapelable: de qué manera, en la vida, se aprende mucho más de una derrota que de un triunfo’, analiza el periodista Richard Koster. En todos los rincones del planeta, los especialistas pedían a gritos una revancha.