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29 de Oct de 2020

Economía

La paralización económica

WASHINGTON. El Bank for International Settlements de Suiza acaba de publicar su informe anual, y es un documento desalentador.

WASHINGTON. El Bank for International Settlements de Suiza acaba de publicar su informe anual, y es un documento desalentador.

El BIS (como se lo conoce) fue creado en 1930 para manejar los pagos de reparación de Alemania a Gran Bretaña y Francia después de la Primera Guerra Mundial.

La Gran Depresión terminó con las reparaciones y ahora el BIS proporciona —entre otras cosas— un comentario realista sobre la economía global.

Su último informe rezuma aprensión.

CONSIDERACIONES

En cuanto a la deuda gubernamental: ‘La turbulencia del mercado que rodea a la crisis fiscal de Grecia, Irlanda y Portugal parecería nimia ante la devastación subsiguiente a la pérdida de confianza de los inversores en la deuda soberana de una economía importante’.

Sobre la necesidad de tasas de interés más altas: ‘Nuestros intentos de amortiguar el golpe de la última crisis deben ahora sembrar las semillas de la próxima’.

Sobre la inflación: ‘Los riesgos de la inflación han sido elevados por ... una actividad económica menguante y alzas en los precios de los alimentos, la energía y otros productos’.

Por el informe del BIS, apenas si nos enteraríamos de que hay casi 45 millones de desempleados en los países avanzados, un 50% más desde 2007.

Pero, ¿pueden los gobiernos hacer algo al respecto? El BIS no tiene respuesta. La política económica parece estar paralizada.

Hay casi una sensación palpable de impotencia, ya sea al leer el informe del BIS o al escuchar al presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, en su reciente conferencia de prensa.

La economía parece haber agotado sus herramientas.

La paciencia y las plegarias son lo único que queda: La divulgación de la semana pasada de los precios del petróleo, por ejemplo, fue una plegaria desesperada por precios de gasolina más bajos.

TIMIDEZ O IMPOTENCIA

Para ser justos, algunos economistas keynesianos (por el economista inglés John Maynard Keynes) sostienen que el problema radica en la timidez, no en la impotencia.

Los gobiernos podrían hacer más; pero no lo están haciendo.

Podrían gastar más o recortar los impuestos más; los déficits presupuestarios —al menos en Estados Unidos— no importan demasiado por el momento, la Reserva podría implementar un QE3, la compra de más bonos para tratar de reducir las tasas de interés a largo plazo.

Quizás los keynesianos tengan razón.

Pero no han prevalecido porque hay razones plausibles —aunque no concluyentes— para que estén equivocados.

Un estudio concluyó que el efecto es mucho mayor durante las recesiones que durante las recuperaciones.

Esa idea parece tener sentido y sugiere que el estímulo de 2009 del presidente Obama ayudó, pero que un nuevo estímulo tendría menor efecto.

Si elevaran sus tasas de ahorro en un punto porcentual, eso contrarrestaría $120,000 millones de gastos extra del gobierno.

O los inversores podrían reaccionar a la obtención de préstamos mayores por el gobierno elevando las tasas de interés, aunque eso aún no ha sucedido. (Las tasas de bonos del Tesoro de 10 años están al 3%).

La incertidumbre es enorme. La misma advertencia puede aplicarse a la Reserva; las pruebas de que QE2 —la adquisición de $600,000 millones en valores del Tesoro— ayudó a la economía son escasas, aunque Bernanke afirma que disipó temores de deflación, es decir de la caída de los precios.

Otra escuela económica, tipificada por el BIS, afirma que el foco obsesivo en resultados económicos a corto plazo nos metió en problemas y que no deberíamos repetir el error.

Acumular demasiada deuda ahora podría empeorar las crisis futuras.

Ignorar los indicios incipientes de inflación engendrará una mayor inflación.

Las buenas políticas serán recompensadas al final con un crecimiento sano.

Parece una idea sensata pero genera inquietudes prácticas.