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30 de Oct de 2020

Economía

Presenciamos ‘la crisis del antiguo orden’ en el 2011

WASHINGTON. Estamos ahora presenciando ‘la crisis del antiguo orden’. La frase, acuñada por el difunto historiador Arthur Schlesinger Jr...

WASHINGTON. Estamos ahora presenciando ‘la crisis del antiguo orden’. La frase, acuñada por el difunto historiador Arthur Schlesinger Jr. para describir el fracaso del capitalismo descontrolado a fines de los años 20, también se puede aplicar al presente, a pesar de la diferencia de las circunstancias.

En todas partes, las naciones avanzadas enfrentan problemas similares: estados benefactores con excesivas obligaciones, poblaciones que envejecen, una expansión económica debilitada.

Estas condiciones definen la crisis mundial y explica por qué ha afectado a Estados Unidos y a Japón al mismo tiempo.

Debemos ir más allá de los titulares diarios para comprender este problema más vasto.

El antiguo orden, construido por la mayoría de las democracias después de la Segunda Guerra Mundial, se apoyaba en tres pilares. Uno era el estado benefactor. El gobierno protegería a los desempleados, a los ancianos, a los inválidos y a los pobres. El capitalismo sería domesticado.

Un segundo pilar era la fe en el crecimiento económico: éste elevaría el estándar de vida de todos y permitiría la redistribución de los ingresos.

El crecimiento estaba predestinado, porque los economistas habían aprendido lo suficiente de los años 30 para curar las recesiones periódicas.

Finalmente, el comercio y las finanzas mundiales beneficiarían los intereses mutuos de los diversos países.

Los tres pilares se tambalean ahora. Sin duda, la crisis financiera empeoró los problemas y la situación individual de cada país es diferente.

El estado benefactor de Estados Unidos es menos generoso que el de Alemania. La crisis de Grecia se inició por haber reportado una cifra menor que la real para su déficit presupuestario; la de Irlanda se generó por la explosión de una burbuja de la vivienda que condujo a un costoso rescate bancario. Pero estas diferencias ocultan las enormes similitudes.

Comencemos con el estado benefactor. Para muchos una bendición, pero también una carga común.

Su expansión fue enorme. En 1950, los gastos del gobierno como proporción de la economía de la nación (producto bruto interno) representaban el 28% en Francia, el 30% en Alemania y el 21% en Estados Unidos.

Para 1999, esas cifras eran del 52% del PBI en Francia, el 48% en Alemania y el 30% en Estados Unidos, según el difunto historiador de la Economía, Angus Maddison. Las sociedades que envejecen aumentarán los costos del seguro social y de la asistencia médica.

De 2008 a 2050, se proyecta que la población de 65 y más años se elevará un 40% en Alemania, un 77% en Francia y un 121% en Estados Unidos.

Con este panorama, hasta los países sin crisis inmediatas están adoptando medidas de austeridad. Todos ellos enfrentan una decisión ruinosa:

Los impuestos o los déficits más elevados, necesarios para financiar mayores gastos en beneficios sociales, podrían perjudicar más la economía, pero el recorte de los beneficios provoca una reacción negativa de la población. Aún así, los beneficios son ahora vulnerables. Irlanda redujo los beneficios para los desempleados en un 10 por ciento, redujo los beneficios por hijos en un 16 por ciento y, comenzando en 2014, elevará gradualmente la edad jubilatoria de 65 a 68 años.

En el papel, un crecimiento económico más rápido podría rescatar al gobierno de esta trampa. Lamentablemente, eso parece un espejismo. En verdad, el segundo sostén del antiguo orden —la fe en una expansión económica rutinaria— es sospechoso. Los economistas exageraron su comprensión y su control. Parecen haber agotado sus remedios convencionales. Los bancos centrales, como la Reserva Federal, han mantenido las tasas de interés bajas. Los déficits presupuestarios son altos.