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04 de Apr de 2020

Economía

Equivocación con respecto a Rubio

El nuevo año es un buen momento para mirar hacia delante y también hacia atrás. Eso se puede aplicar no sólo a nuestra profesión y vida ...

El nuevo año es un buen momento para mirar hacia delante y también hacia atrás. Eso se puede aplicar no sólo a nuestra profesión y vida personal, sino también a la política.

El presidente Obama señaló esa idea en una reciente conferencia de prensa, cuando Jonathan Karl, de ABC News, le preguntó cuál consideraba él que había sido su mayor error de 2013.

Obama evitó entrar en detalles, pero reconoció que el comienzo de un nuevo año es ‘siempre un buen momento para reflexionar y ver qué se puede hacer mejor el año siguiente.’

Esa conversación me hizo pensar en qué me equivoqué en los últimos 12 meses. Fue un ejercicio interesante. Los columnistas, como los políticos, odiamos admitir errores. Cuando la embarramos, es más probable que manipulemos nuestra salida con alguna explicación.

¿Qué sentido tiene? Se puede contar con nuestros lectores para que nos indiquen nuestros fallos y equivocaciones, tanto si los reconocemos, como si no. Aún así, si queremos preservar nuestra credibilidad, es mejor asumir la responsabilidad de nuestros errores.

Examinando el año pasado, me di cuenta de que me equivoqué en cuanto a algo —o más bien, en cuanto a alguien—, Marco Rubio.

Pensé que el senador de Florida desempeñaría un papel prominente en la reforma migratoria y que dirigiría el debate sobre cómo arreglar nuestro fallido sistema migratorio.

En la primavera, parecía que Rubio era el defensa trasero designado por la Pandilla de los Ocho del Senado. Me refiero a los cuatro demócratas y los cuatro republicanos que crearon un acuerdo para una reforma migratoria, que los conservadores consideraron demasiado transigente y los liberales, demasiado severo.

El fin de semana antes de que se revelara el trato en abril, Rubio apareció en siete programas de charlas de televisión, hablando —en inglés y en español— sobre los detalles de la propuesta de ley.

Pareció estar en todas partes, incluyendo casi todas las listas de delanteros para la nominación presidencial republicana de 2016. El consenso en muchos de los medios era que este joven elocuente y telegénico tenía un gran futuro, y que distender el explosivo asunto de la inmigración podría ser su pasaje a ese destino.

Me agradó. Pensé que a pesar del obcecado apoyo de Rubio a la ley de inmigración de Arizona, que promueve sin disculpas los perfiles étnicos de los latinos, el senador por lo menos estaba en el bando correcto en la discusión de la reforma migratoria integral.

También pensé que si tenía éxito en forjar una solución legislativa, ayudaría a llevar más latinos al Partido Republicano. Ese hecho beneficiaría tanto a los latinos como a los republicanos, brindando más opciones a los primeros y nueva vida al segundo.

Finalmente, pensé, este hombre era un personaje valiente, haciendo frente a la derecha de su propio partido. Un cubano-americano dispuesto a enfrentar los estúpidos mensajes que le decían ‘ ¡Vuélvete a México!’.

Pero no resultó así. Rubio se ha convertido en una decepción colosal en este asunto. No ha liderado, ha seguido. Sus críticos, y sus propias ambiciones presidenciales, lo han dominado.

Ha dejado de prestar apoyo a un enfoque integral —que refuerce la frontera, brinde trabajadores invitados a los empleadores, y proporcione categoría legal a los indocumentados— y ha socavado su propia propuesta.

Por medio de un vocero, volvió en octubre a abogar por algo que había apoyado hace un año, antes de que se iniciara todo esto: un enfoque de a pedazos, que intenta resolver al menos parte del problema mediante, por ejemplo, asegurar que la industria agrícola cuente con campesinos u ofrecer categoría legal a jóvenes traídos por sus padres cuando eran niños.

Comprendo el atractivo de ir por partes. Ahora que el Congreso ha evitado la reforma integral por un año, la idea de atacar ese problema parcialmente parece cada vez mejor.

P ero cuando uno es miembro del Congreso, y se supone que tiene que guiar el camino en la reforma migratoria, se debe escoger un carril y quedarse en él. De lo contrario, se va en círculos.

Dada su retirada, Rubio quizás haya menoscabado el nombre del Partido Republicano entre los latinos. Envió el mensaje de que hablan de boca para afuera en lo concerniente a la reforma migratoria, y que no pondrán coto a los nativistas de derecha. Rubio está perdido, así como lo está su partido.

En un momento ocupó la primera plana de las noticias, pero ahora es parte de las noticias del pasado. A nadie le importa lo que él piense sobre el tema de la inmigración, porque saben que —tarde o temprano— eso cambiará.

LA COLUMNA DE NAVARRETTE JR.