Estados Unidos debe reparar la clase media en 2015

  • 04/01/2015 01:00
Lo que enfrenta la clase media, hoy por hoy, es una crisis de fe. Ser miembro de la clase media es más que llegar a un nivel de ingresos

Lo más curioso de la actual preocupación con la clase media, que es comprensible, es la suposición -tanto explícita como implícita- de que el sistema está ‘amañado’ (para utilizar el término favorito de la senadora Elizabeth Warren) contra este vasto electorado de norteamericanos.

En realidad, la verdad es lo opuesto. El sistema está amañado a favor de la clase media. Ése es el resultado natural de una democracia en que los políticos compiten más por votos que por dólares. Si examinamos la manera en que el gobierno federal gasta y recauda su dinero, el sesgo a favor de la clase media y de los desfavorecidos se vuelve obvio.

En el año fiscal 2014, alrededor de dos tercios del presupuesto federal de $3.5 billones se utilizó en ‘pagos a individuos’. Eso cubre a 59 millones de beneficiarios del Seguro Social, más de 54 millones de beneficiarios de Medicare (superpuestos con el Seguro Social), 68 millones de beneficiarios de Medicaid, 46 millones de beneficiarios de las estampillas para alimentos y muchos más.

Mientras tanto, el gobierno recauda la mayor parte de los impuestos de la clase media alta y de los ricos. En 2011, el 1% más rico de los norteamericanos pagó el 24% de los impuestos federales (a la renta, a la nómina y al consumo) y el 20% más rico, incluyendo al 1% máximo, pagó el 69% de los impuestos, según la Oficina de Presupuesto del Congreso.

Es posible sostener que, como reflejo de la creciente desigualdad de los ingresos en el mercado, los impuestos a los ricos y prósperos deben ser más altos, o que los subsidios para la clase media deben ser más generosos. También es posible quejarse de que algunos programas dirigidos a ayudar a los pobres y a la clase media se han desquiciado: los préstamos para estudiantes universitarios, que ahora suman $1.1 billones y enfrentan un 11% de incumplimiento de pagos son un ejemplo actual conocido. Son opiniones legítimas, como también lo son (por supuesto) las posturas opuestas. Todo ello es tema para un debate responsable.

Pero si uno acepta esas cifras -que he citado muchas veces- no es posible fingir que toda la superestructura del gobierno está sesgada, de alguna manera, contra la clase media. Esa afirmación no es sólo una distorsión de la realidad; es lo opuesto a la realidad.

De la misma forma, se acusa generalmente de la crisis financiera y la Gran Recesión a los cálculos errados y la codicia de las instituciones financieras y de sus caciques. Hay muchas pruebas de ello, pero se ignora la causa más profunda: un clima intelectual, político y social que legitimó normas crediticias demasiado flexibles en nombre de promover el bienestar de la clase media.

Eso fue reforzado por la idea paralela (que ahora parece tonta) de que nuestra mejor comprensión de la economía nos permitía gozar de expansiones prolongadas y breves recesiones.

Lo que enfrenta la clase media, hoy por hoy, es una crisis de fe. Ser miembro de la clase media es más que llegar a un nivel de ingresos. Implica también adoptar una serie de creencias que, lamentablemente, se han tambaleado severamente.

Los norteamericanos de clase media creen en las oportunidades, la estabilidad, la recompensa por el esfuerzo, un futuro más brillante y la capacidad de controlar la vida, como indicó el sociólogo Herbert Gans en su libro de 1988, ‘Middle American Individualism’. Se desconfía de un gobierno con amplios poderes y de las grandes empresas, porque podrían imponer sus propios imperativos sobre las preferencias personales de los individuos. Pero también se espera que el gobierno provea de seguridad económica ‘una contradicción generalmente aceptada’.

El individualismo que describió Gans perdura. Una encuesta de 2013, realizada por el Washington Post y el Miller Center de la Universidad de Virginia, preguntó a los encuestados qué valores definen al ‘Sueño Norteamericano’. La respuesta más escogida (75%) fue ‘tener libertad de elección sobre la forma en que uno quiere vivir su vida’, seguida de cerca (68%) por ‘ser recompensado por trabajar arduamente’. El problema es que esas esperanzas parecen cada vez concordar menos con la experiencia.

El gran temor de la clase media hoy en día es que la conexión entre las aspiraciones personales y las oportunidades de la sociedad se está rompiendo. Gallup sondea periódicamente las opiniones sobre las oportunidades en Estados Unidos. En 1998, el 81% de los encuestados halló ‘abundancia de oportunidades’ y sólo el 17% por ciento juzgó ‘no demasiadas’. Para fines de 2013, esas cifras pasaron a ser un 52% y un 43%. En una encuesta de NBC/Wall Street Journal de 2014, sólo el 21% de los encuestados consideró que sus hijos vivirían mejor que ellos, mientras que en 1990, el 50% lo hizo. (Todas estas cifras provienen de ‘Is the American Dream Alive?’, un útil informe publicado recientemente por el American Enterprise Institute).

Sobrestimamos nuestra capacidad de controlar el medio ambiente económico. Lo que aprendimos es que los acontecimientos externos -en este caso, la crisis financiera y la Gran Recesión- pueden abrumar las protecciones colectivas y desacreditar las opiniones convencionales. La economía es más azarosa, inestable e insegura de lo que imaginamos. Es menos susceptible al control mediante políticas determinadas. El hecho de que las clases altas puedan protegerse mejor contra sus reveses produce naturalmente resentimiento.

La clase media se está achicando. Pertenecer a ella es una cuestión de auto identificación y hay menos norteamericanos que creen en los presupuestos que la definen. Una cuestión fundamental para 2015 será observar si una recuperación más enérgica revierte esas actitudes, y restaura los supuestos y la confianza tradicionales. Pero reparar la clase media no será fácil, porque el aspecto psicológico es tan importante como el económico.

THE WASHINGTON POST

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