Locura del salario mínimo

  • 02/08/2015 02:00
Un problema central en las democracias modernas es reconciliar la política y la economía. 

Hace un tiempo -en enero de 1997, para ser preciso- escribí una columna sobre el euro, que iba a introducirse en 1999. No encontré muchas cosas positivas. Era una ‘idea demente'. La moneda única funcionaba en Estados Unidos ‘porque los salarios eran flexibles y los trabajadores móviles'. Europa carecía de esas ventajas. Los países renunciarían también a tasas de cambio móviles, que compensan las diferencias nacionales. La tragedia potencial era que ‘se produjera una reacción negativa política por la moneda única'. Creada para promover la unidad europea, haría lo opuesto cuando los países comenzaran a acusarse mutuamente por no alcanzar objetivos poco realistas.

Hoy en día, esa predicción parece bastante cierta. Vuelvo a ella no para alardear (está bien, sólo un poquito) sino para destacar la lección más amplia del euro. La política y la economía normalmente operan con calendarios diferentes. Lo que políticamente es atractivo a corto plazo, puede ser desastroso económicamente a largo plazo.

Sin duda, eso se aplica al euro. Inicialmente, fue inmensamente popular. En 2008, la Comisión Europea emitió un informe alabando el euro como ‘un rotundo éxito'. Había ‘asegurado la estabilidad macroeconómica'. La unidad política crecía. Retrospectivamente, sabemos que ese éxito aparente se construyó sobre tasas de interés bajas y poco realistas, y préstamos dudosos. Las consecuencias económicas en el largo plazo tardaron en emerger.

El mismo ciclo afectó a Estados Unidos. Consideremos los años 60. Los economistas -y la población- se convencieron de que, por medio de presupuestos gubernamentales y tasas de interés podrían minimizar las recesiones y mantener el ‘pleno empleo'. El éxito inicial fue asombroso. Para fines de 1968, el desempleo era de un 3.4%. Pero se trató simplemente de un auge inflacionario, no de un avance sofisticado en administración económica. Pronto surgieron aumentos de precios de dos dígitos. Pasamos 15 años (y cuatro recesiones) combatiendo la inflación.

Todo ello es relevante ahora. El paralelo obvio es la cruzada populista por un jornal mínimo de $15 por hora. Con diferentes fechas de implementación, los líderes municipales de San Francisco, Los Ángeles y Seattle aprobaron un mínimo de $15; la Junta Salarial de Nueva York para Comida al Paso recomienda un mínimo de $15. Se propuso legislación en el Congreso para promulgar mínimos de $12 y $15 .

Seamos claros. Cierto aumento en el mínimo federal está justificado. Ha estado en $7.25 desde 2009. La inflación erosionó su valor en un 10% desde entonces y 24% desde el año pico de 1968, expresa el Economic Policy Institute, de tendencia izquierdista. Pero elevarlo a $15 (el doble), o incluso a $12 (un aumento de dos tercios), sería un acto radical que aplica los beneficios al principio y difiere los costos para el final.

En 2014 se pagó el jornal mínimo a alrededor de 3 millones de trabajadores; eso representa el 2% de 146 millones de trabajadores. Si se hubiera establecido el mínimo en $15 -incluyendo a trabajadores justo por encima del mínimo cuyos jornales serían probablemente elevados por los empleadores -el número afectado sería de 59 millones o el 40%. Los beneficios políticos inmediatos son claros. ¿Pero es el gobierno federal suficientemente listo para establecer los jornales de dos quintos de los trabajadores? ¿Puede reconocer las circunstancias de las industrias y empresas individuales? Lo dudo.

Con el tiempo, la pérdida en puestos de trabajo aumentará. Algunas empresas se volverán no redituables y se reducirán o cerrarán. Otras se automatizarán. Algunas empresas nuevas desaparecerán. Sólo puede adivinarse cuántos puestos de trabajo se perderán. La Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés) calculó que un mínimo de $10.10 (la propuesta del presidente Obama) recortaría los puestos en unos 500,000. El American Action Forum, un centro de investigaciones de derecha, dice que siguió la metodología de la CBO y calculó que un mínimo de $12 costaría 1.3 millones de puestos de trabajo y un mínimo de $15 costaría 3.3 millones de puestos.

Además, los trabajadores menos especializados sufrirían las pérdidas mayores, especialmente si los jornales más altos atrajeran de vuelta a gente de experiencia al mercado laboral. Finalmente los ingresos se elevarían, pero alrededor de cuatro quintos de los avances irían a trabajadores de familias que están por encima de la línea de la pobreza del gobierno -aunque a menudo no por mucho- porque ‘muchos trabajadores de salarios bajos no son miembros de familias de bajos ingresos', expresa la CBO. Los estudiantes universitarios con trabajos de salario mínimo no provienen de familias de bajos ingresos.

Un problema central en las democracias modernas es reconciliar la política y la economía. La política tiene un sesgo por el corto plazo. Los dirigentes políticos inventan el futuro que desean para justificar el presente que necesitan. Los peligros futuros se descuentan porque generalmente son distantes e hipotéticos. Mientras tanto, las recompensas del presente son inmediatas y tangibles. Pero la lógica económica en última instancia impone su propia realidad.

Lo que demuestra la historia es que deshacer los errores pasados es difícil. En Estados Unidos, derribar las expectativas inflacionarias fue angustiante, el desempleo en la recesión de 1981-82 alcanzó un pico del 10.8%. En cuanto al euro, está afianzado en la cultura política y en las instituciones financieras de Europa, aun cuando sea una carga para la economía. Esperemos que los ambiciosos planes de mejorar la justicia económica mediante aumentos agudos del jornal mínimo no nos lleven a un gran error similar y que el sentido común triunfe sobre la conveniencia política.

THE WASHINGTON POST

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La historia demuestra que deshacer los errores pasados es difícil. En EE.UU., derribar las expectativas inflacionarias fue angustiante.

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