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27 de May de 2020

Internacional

Hiroshima y Nagasaki, una mirada en retrospectiva a 68 años de la tragedia

Este 6 de agosto de 2013 se cumplen 68 años de las dos únicas pruebas del poder de una bomba atómica en laboratorios en vivo como lo fu...

Este 6 de agosto de 2013 se cumplen 68 años de las dos únicas pruebas del poder de una bomba atómica en laboratorios en vivo como lo fueron las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

Este recordatorio de este acto bélico que en segundos segó tantas vidas humanas no es llevado a cabo anualmente para sentarse a lamentar y recriminar sobre las decisiones políticas tomadas por los aliados ante el calor de la Guerra del Pacífico, en las que sin importar que ya para esos días de agosto de 1945, Japón era un débil contrincante frente a la fuerza de los Aliados se puso a prueba sobre seres humanos, el poder de la energía atómica.

En este sentido, por las secuelas de esta acción, los Aliados se convierten en liberadores o verdugos, según como se observen y analicen los hechos con la información desclasificada a la que poco a poco se va teniendo acceso con el correr del tiempo.

Lo cierto es que fue un ataque “aliado” del cuál formaron parte la Unión Soviética, Francia, Estados Unidos e Inglaterra. China, aunque no era miembro del grupo de los “Aliados”, ya venía librando su propia guerra contra el Japón desde 1937.

En tanto la Unión Soviética, país “aliado”, tenía su propia historia de conflicto producto de la Guerra Ruso-Japonesa, que perdió ante Japón y que prácticamente puso fin a la Rusia expansionista que afianzaba su control en el Mar Amarillo, Corea y Manchuria.

Todas estas y muchas otras entretejidas tramas de alianzas y traiciones entre las potencias antes y ahora no son las historia de lo que vivieron los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki. Se toman decisiones, se hacen agresiones, se invade, se acepta o se rechaza cada situación de acuerdo a los intereses nacionales de cada país.

Allí no está la verdadera historia de la explosión atómica en Hiroshima y Nagasaki, sino en las historias personales de los HIBAKUSHA, algunos de los cuales cruzaron por nuestras vidas. Hibakusha literalmente significa “personas afectadas por la explosión”, pero es el términos cómo comúnmente se conoce a los sobrevivientes de la bomba atómica y a sus descendientes.

Todo un grupo estigmatizado en los primeros años posteriores a la deflagración pues ser hibakusha en esa época inicial fue visto como portador de una enfermedad contagiosa. Veamos en retrospectiva la experiencia de nuestra amiga Chiaki (Luna).

Le gustaba que le llamaran Luna, y cuantas veces podía repetía que su nombre Chiaki significaba Luna en español. Nunca contó completamente toda su vida de sufrimiento, pero si dio muchas muestras de su calidad humana, especialmente en sus hospitalizaciones cuando dejábamos de verla y reaparecía, con reluciente sonrisa como si de felices vacaciones hubiera regresado.

Era una mujer diminuta con un gran corazón y una sonrisa permanentemente dibujada en su rostro, que el 6 de agosto de 1945 estaba trabajando con otros niños compañeritos de la escuela en una de las estructuras en la ciudad de Hiroshima.

Todos trabajaban con una capucha acolchada pensada para proteger en bombardeo convencional pero inoperante ante este nuevo instrumento de muerte: la bomba atómica. La onda expansiva llegó y todos los vidrios a su alrededor salieron por los aires sin que ella lo notara, pues no tuvo tiempo ni de cubrirse, todo fue al instante.

No sintió dolor, sólo podía ver su pequeño cuerpo sangrar a causa de las decenas de trozos de vidrio incrustados en su cuerpo. Era una boliviana japonesa repatriada con sus padres luego de producirse el ataque japonés a Pearl Harbor.

Sus padres y abuelos emigraron entre 1899 y 1905 a Bolivia, donde según ella decía estaba contenta, era el lugar en el que nació y en dónde aprendió a hablar español. Para ella fue difícil llegar a Japón pues el único país que había conocido era Bolivia; se sentía boliviana.

Me avisaron hace tiempo, que Chiaki entró a tratamiento al hospital y que no salió esta vez. Falleció. Ella disfrutaba conversar con los latinoamericanos en Hiroshima y darles ayuda en su proceso de adaptación a Japón.

Siempre que gozaba de buena salud o no tenía que ir a tratamiento, compartía en las reuniones con el Club Latinoamericano, practicando su querido español. Chiaki es sólo una de esas almas que se deslumbro con el “pika don” o la claridad reluciente que trajo la muerte instantánea.

En un radio de 1,500 metros a la redonda del epicentro no se encontraban cuerpos sino esqueletos. Muchos otros simplemente se evaporaron, desaparecieron sin dejar rastro. En forma instantánea más de 250,000 personas murieron en Hiroshima y Nagasaki al momento de la explosión sin poder contar sus historias.

La enfermedad de la radiación cobró la vida de cerca de 90,000 a los días de la explosión atómica. No importa cuántos años pasen, siempre recordaré a los pequeños que acudían con sus padres a la misa en la pequeña pero bella Iglesia en la comunidad de Takaya-cho, Hiroshima. No podían estar tranquilos en la silla.

Se rascaban con desesperación los bracitos que estaban brotados con ronchas rojas. Dejaban de ir por períodos y volvían y aparecían. Así también, Makoto jugaba tenis y soñaba con ser un jugador profesional. Su padre vino a trabajar a Panamá. Su madre observaba que con mayor frecuencia le dolía y le flaqueaba la rodilla.

Un examen y varias pruebas resultan en un diagnóstico de cáncer de médula para ese pequeño de 8 años. Dejó a su papá en Panamá y se fue a Hiroshima con su madre y su hermana.

En Hiroshima, Makoto se sometió a una y otra operación y con cada operación se iba desvaneciendo el sueño del famoso jugador de tenis. Al tiempo, los padres del primero nos dijeron que eran hijos de hibakusha y sus problemas genéticos eran el resultado de la exposición de sus abuelos y su madre a la radiación.

Todos en algún momento de su vida, se atendían en el el Hospital de los Hibakucha´s Esta es la humanidad de Hiroshima y Nagasaki: su gente que continúa viviendo con el recuerdo y la secuela del “pika-don” que sigue afectando sus vidas en forma visible e invisible.

Autora: Catedrática universitaria y miembro de Association for Asian Studies.