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21 de Sep de 2020

América

Ecuador escogió el socialismo

El Washington Post, en su edición del 28 de septiembre, publicó un artículo acerca del ejercicio democrático ecuatoriano, escrito por Jo...

El Washington Post, en su edición del 28 de septiembre, publicó un artículo acerca del ejercicio democrático ecuatoriano, escrito por Joshua Partlow y Stephan Küffner. En su primera oración, el artículo decía que “el domingo, los ecuatorianos aprobaron por un amplio margen una nueva Constitución que aumentará el poder del presidente Rafael Correa y abrirá las puertas a la posibilidad de que su mandato se extienda por una década”.

El artículo ignoró el hecho de que el presidente Correa ya ha decidido finalizar su presidencia luego de seis años en el poder. Tampoco parece reparar en el hecho de que la Constitución no fue escrita por Correa, sino por una Asamblea Constituyente escogida por el país entero. El tono del artículo del Post deja bastante claro que a este periódico no le gusta el socialismo en ninguna de sus maneras, ni siquiera la suave versión legalizada por la nueva Constitución ecuatoriana. El Post, definitivamente, no gusta de Correa y lo que él llama “el socialismo del siglo XXI”.

A lo largo del artículo, Partlow y Küffner se refieren al socialismo del siglo XXI como si de un invento de Rafael Correa se tratase, un invento que le dará demasiado poder. De hecho, la idea de este socialismo lleva circulando desde hace 12 años, y se refiere a un sistema económico que, entre otras cosas, da prioridad a las personas sobre las ganancias de las corporaciones.

El socialismo del siglo XXI propone una democracia participativa, la elección de presidentes y legisladores y el uso de plebiscitos para las decisiones importantes. Si el Washington Post realmente no conoce esta corriente política, más le valdría cerrar la redacción y dedicarse a algo más acorde a su inteligencia colectiva. Hacer tarjetas de presentación o cajas de cerillas sería, quizás, más apropiado.

En todo caso, el artículo divaga enormemente antes de mencionar el contenido específico de la nueva Constitución. Finalmente, luego de aclarar que el presidente Correa puede pasar una década en el poder, el artículo revela al aterrado lector que la Constitución prohíbe la discriminación, garantiza la atención médica a los pobres, aumenta los derechos de los pueblos indígenas, protege los ecosistemas en peligro y permite el matrimonio de parejas gay o lesbianas. El Post revela también al final del artículo que la nueva Constitución “respeta la propiedad privada”.

¿Respeta la propiedad privada? ¿Entonces cuál es el problema? Les diré el problema. El Post no gusta de Correa porque “se ha opuesto a las políticas partidarias de las privatizaciones y el libre mercado, mejor conocidas como el “consenso de Washington”...”.

Por motivos desconocidos, el Post tampoco menciona ninguna otra característica sobresaliente de la Constitución, así que aquí van algunas de las mías: el documento introduce la seguridad social para las amas de casa, aumenta las pensiones para los ancianos, prohíbe las bases militares, aumenta los beneficios educativos y de vivienda para los pobres y distribuye la tierra desaprovechada entre los campesinos más empobrecidos. El Estado pagará por todo esto, en su mayor parte, con las ganancias de las ventas de recursos naturales, incluyendo el petróleo.

En un país de 14 millones de personas, la mitad de los ecuatorianos vive en la pobreza. El Washington Post no le ofrece a esos 7 millones de pobres absolutamente nada. La nueva Constitución, en cambio, les ofrece una oportunidad de escapar de la pobreza y disfrutar de los beneficios de la libertad. De estar en la misma situación, ¿cómo votaría usted?

Patrick Irelan es el autor del libro Central Standard: A Time, a Place, a Family.