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21 de Jan de 2020

América

Del uribismo al neomamertismo

El término ‘mamerto’ –no todos conocen su origen– ha sido, desde los años 60, una forma entre burlona y despectiva de referirse en Colom...

El término ‘mamerto’ –no todos conocen su origen– ha sido, desde los años 60, una forma entre burlona y despectiva de referirse en Colombia a los militantes del Partido Comunista y, más recientemente, a los partidarios de la izquierda. Lo acuñó el finado periodista Jorge Child, cuando el PC estaba dirigido por Gilberto Vieira, Filiberto Barrera y otro ‘erto’ cuyo nombre no recuerdo, lo que dio pie para el cáustico bautizo como el partido “de los mamertos”. Propagado con entusiasmo por los demás sectores de izquierda que no se tragaban la ortodoxia pro soviética del PC.

Traigo esto a colación a propósito de reciente columna de Danielito Samper Ospina, ‘O uribista o mamerto’, en la que el humorista dice que en este “platanal sombrío” (Colombia bajo el uribismo) “tener algo de mamerto es la única forma ser medio decente”. Me hizo pensar paradójicamente en lo que yo le insistía al mamertismo radical en los tiempos del despeje del Caguán, cuando la candidatura de Uribe anunciaba su inatajable ascenso. En ese entonces, al margen de los diálogos oficiales de las FARC y el gobierno de Andrés Pastrana, viajé dos veces a Los Pozos para reunirme con ‘Alfonso Cano’ y ‘Joaquín Gómez’, miembros del Secretariado, quienes querían intercambiar opiniones sobre ese proceso. Con ambos conversé por separado y por largas horas, y a ambos les reiteré que tras el desaire de “la silla vacía” en la instalación de las conversaciones, con la inflexibilidad que mostraban en los diálogos y con su insistencia en el secuestro, habían derechizado al país y asegurado la presidencia de Uribe. Sus respuestas, salpicadas de displicente triunfalismo, eran sobre todo rígidas y carentes de toda autocrítica. Traslucían una especie de “mamertismo armado” (no en vano las FARC vienen del PC), que impedía un diálogo hacia adelante. Luego vinieron, con votaciones abrumadoras, la elección y la reelección de Uribe, que despejaron cualquier duda sobre lo que pensaban los colombianos de las FARC. Y sobre su respaldo a un líder que embarcó al país en una etapa de progresiva conservatización, que ha contado con el beneplácito colectivo. Hasta ahora. Porque puede estar llegando a sus límites.

Más allá de los fatigantes y obsesivos núcleos antiuribistas de siempre, hoy hasta en insospechados círculos se respira un clima antirreeleccionista. No tiene que ver con la capacidad de trabajo y liderazgo de Uribe, que solo una minoría cuestiona, sino con la conveniencia de su perpetuación. El presidente también ha liderado en estos años un renacimiento de la doctrina conservadora. Omnipresente: la invocación permanente de la religión; los límites a los derechos individuales; el aplazamiento del “gustico”; la oposición al aborto; la animadversión a los derechos gays; la penalización de la dosis personal; la llegada del Opus Dei al Ejecutivo, de reconocidos conservadores a la Corte Constitucional, a la Procuraduría, etc., etc. Ya se percibe cansancio con la actitud entre intolerante y regañona, fundamentalista y puritana, que se irradia desde la cúpula del Estado y que está alimentando a su vez un renacer del sentimiento de izquierda, como rechazo al paternalismo autoritario. Un neomamertismo, si se quiere. La gente le agradece a Uribe haber replegado a las FARC, pero también se está preguntando hasta dónde la consigna de su total derrota militar se ha vuelto obsesivo pretexto de perpetuación. Y hasta dónde hay que distorsionar las instituciones para preservar al caudillo que ha de lograr la victoria final.

Después de casi dos cuatrienios de uribismo, y ante la perspectiva de otro más, las percepciones han cambiado. Y si la reelección pierde oxígeno interno, en el exterior la falta de aire es aún más notoria. Lo palpé la semana pasada en Lima, durante un conversatorio entre intelectuales, en el que escritores tan defensores de Uribe como Mario Vargas Llosa planteaban que su insistencia en reelegirse sería grave error histórico. En el Perú, todos recuerdan que la debacle de Fujimori fue durante su tercer periodo. Claro que, en materia electoral, el Presidente cuenta con paradójicos aliados externos e internos. Cada salida de Chávez, Ortega o Correa contra Colombia, cada ataque de las FARC lo apuntalan en las encuestas. Pero lo más paradójico sería que, con su estilo y su ímpetu continuista, Uribe contribuyera a una neomamertización nacional. ‘Tirofijo’ se revolcaría de la risa. Si los viejos mamertos tuvieran humor..