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05 de Mar de 2021

América

Si yo fuera mujer..

Polémicas tan penosas como la que se ha armado sobre la tal “cátedra del aborto” obligan a pensar en qué país vivimos. En uno, para come...

Polémicas tan penosas como la que se ha armado sobre la tal “cátedra del aborto” obligan a pensar en qué país vivimos. En uno, para comenzar, donde de cada cinco colombianas menores de 19 años una ha estado embarazada y donde el 52% de los nacimientos son resultado de embarazos no planeados ni deseados (y después nos preguntamos por qué hay tanta violencia...).

Un país donde el abuso sexual contra menores, la violencia familiar y el maltrato infantil crecen cada año y los abortos clandestinos (estimados en cerca de 300 mil al año) son la quinta causa de mortalidad materna.

El mismo país donde hay congresistas que quieren imponer los valores cristianos penalizando la publicación de desnudos y los canales nacionales compiten con telenovelas sobre capos de la droga y mujeres de la mafia; donde los grupos armados se nutren de muchachos víctimas del maltrato familiar y las iglesias arremeten contra la Corte Constitucional porque esta dice que los niños deben ser educados sobre temas de sexo y reproducción (incluidas las leyes sobre aborto...).

Un país, además, donde lo que se está entronizando en medio de tantas contradicciones es un regresivo fundamentalismo religioso. Visible en la creciente influencia política del clientelismo cristiano, las emotivas profesiones de fe del jefe del Estado, o la tenaz campaña en curso contra la determinación de la Corte.

Hace más de tres años el máximo tribunal estableció que la interrupción del embarazo en casos excepcionales no era delito. Pero su sentencia ha sido sistemáticamente ignorada por muchos de los encargados de aplicarla (hospitales, EPS, médicos, jueces...).

Y ahora que quiso clarificar la norma, le arman tremendo debate con el argumento de que en los salones de clase se quiere promover el aborto y desconocer el “respeto a la vida”. Como si este consistiera en obligar a la mujer a morir en el parto o a tener hijos producto de una violación o con malformaciones genéticas.

Hay en todo esto demasiada hipocresía religiosa, fanatismo solapado y machismo cultural. Como recordaba en su columna Florence Thomas, citando a la recién desaparecida Silvia Galvis: “Si fueran los hombres quienes se embarazaran, el aborto hace siglos no solo habría sido despenalizado, sino que además sería un sacramento”.

Y si yo fuera mujer me sublevaría con todas mis fuerzas contra esta doble moral. Y marcharía sin cesar en las calles por el derecho a disponer de mi cuerpo y mi reproducción sin interferencias estatales o religiosas.

Como lo hacen hace décadas las mujeres en todos los países donde sufren leyes regresivas. Como lo hicieron en días pasados centenares de bogotanas frente al Palacio de Justicia, para que el Estado no renuncie a su deber de informarle a la mujer sobre sus derechos en materia de aborto. Que es la nuez de este inverosímil debate: el simple cumplimento de la ley.

La polémica indica que aún estamos lejos de dar el brinco hacia una sociedad moderna, pluralista y tolerante. Aunque en el fondo tengo la impresión de que la alharaca es producto de minorías con gran capacidad de presión y pataleo. Y que el conjunto de los colombianos —incluyendo la mayoría de los católicos— ya superó el debate que en términos tan primitivos plantea el bloque antiabortista.

En Colombia se supone que existe libertad de cultos y la separación de Estado e Iglesia.

Y que a diferencia de otros países, como Estados Unidos, el fanatismo religioso no dicta orientaciones políticas ni determina la elección de gobernantes. Pero para allá vamos, si gana terreno la cruzada fundamentalista que no distingue entre preceptos religiosos, políticas públicas y asuntos de la vida íntima. Si aceptamos que los valores de una religión determinada puedan ser impuestos al conjunto de la sociedad. Y si el Estado o el Gobierno flaquean.