20 de Feb de 2020

América

De Avatar a Chile: ficción y realidad

Hugo Chávez no solo dijo que Estados Unidos aprovechó el terremoto de Haití para invadir militarmente a ese país, sino que los medios of...

Hugo Chávez no solo dijo que Estados Unidos aprovechó el terremoto de Haití para invadir militarmente a ese país, sino que los medios oficialistas de Venezuela difundieron la versión de que el cataclismo había sido provocado por una prueba de la Marina estadounidense.

La delirante especie promovida por el chavismo podría inscribirse en el terreno de la nueva ciencia ficción que ha puesto en boga la película Avatar, la más controvertida y espectacular producción cinematográfica de los últimos tiempos. Aquí también, malvados intereses imperialistas conspiran contra el bien de la Humanidad.

La cinta fue exaltada por Evo Morales como una vibrante denuncia del capitalismo salvaje. Y aunque este fiel aliado de Chávez no es autoridad en la materia – ha ido tres veces al cine –, la verdad es que la obra del director James Cameron (Titanic, Aliens, Terminator) tiene un mensaje político-ecológico de sabor antiimperialista y antimilitarista, aplicable a situaciones que van desde la colonización de América hasta la política de EEUU en Irak o la lucha de las corporaciones por apoderarse de las riquezas del planeta. En este caso de Pandora, habitada por la tribu de los Na”vi, ligada íntimamente a la Naturaleza.

Más allá de su éxito taquillero o de su astronómico costo; de su revolucionaria tecnología, su impacto tridimensional o su asombrosa imaginación, son los mensajes ocultos y no tan ocultos de Avatar lo que más comentarios ha generado.

Para los conservadores gringos es una metáfora que sataniza el capitalismo y denigra a EEUU. Para el Vaticano, una parábola facilista carente de emoción humana verdadera. Los ambientalistas la elogian y en China salió de cartelera (los desplazados por el auge constructor en ese país se podrían identificar con los Na”vi, según el New York Times).

Dígase lo que se diga, películas como esta no se hacen todos los días. Pese a mis prevenciones frente a las modernas superproducciones hollywoodescas y sus abusos digitales, como cineasta irredimible fui a verla apenas pude. Es una experiencia que bien vale la pena.

Pasando de la ciencia ficción a la política real, algo de verdad impresionante es la madurez cívica y democrática que demostró Chile en sus últimas elecciones presidenciales.

No hay hoy en América – y quizá en el mundo – un país donde en unos comicios cargados de simbolismo ideológico, el candidato de la coalición gobernante reconozca su derrota a dos horas de cerradas las urnas, con poco más de la mitad de los votos escrutados.

Y donde la Presidenta socialista en ejercicio, Michelle Bachelet, felicite casi al mismo tiempo a su contendor de derecha y le desee éxitos. Y este le pida consejos. Y acuerden reunirse al otro día en casa del triunfador. Sin resentimientos ni rencores; sin quejas ni reclamos. Asombroso, de verdad. Sobre todo si se tiene en cuenta el pasado de polarización y odios políticos de Chile: el sangriento derrocamiento de Allende en 1973; la larga dictadura militar de Augusto Pinochet, la difícil transición a la democracia en 1990.

La derecha regresa al poder después de 52 años con la figura del empresario Sebastián Piñera, amigo personal del presidente colombiano Álvaro Uribe, y Chile inicia un cambio político de fondo, en medio de una ejemplar alternación democrática en el poder. Si esto se suma al triunfo del candidato anti-Obama en las senatoriales de Massachusetts, podría pensarse que la derecha avanza en el norte y el sur del Continente.

Pero más que viejas etiquetas ideológicas, la gente que vota busca hoy honestidad y eficiencia en los candidatos; que estén conectados con sus angustias cotidianas de empleo, vivienda o salud, más que si son de “izquierda” o “derecha”. En Chile, a la mayoría no le importó que Piñera fuera multimillonario, ni resultó decisiva la alta popularidad de Bachelet, ni a esta se le ocurrió torcer las reglas del juego para reelegirse o favorecer al candidato del gobierno. Como dijera en estos días un colega mexicano: “¡Qué envidia, carajo!”.