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14 de Oct de 2019

América

Piedras contra balas, la "intifada" nicaragüense

Los ciudadanos ya no pueden más, ya no se creen la falsa modestia del que un día consideraron su líder.

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El clima y los rasgos de los lugareños son las pocas diferencias que se perciben entre Nicaragua y la franja de Gaza o Cisjordania durante las intifadas, donde el pequeño David, con los bolsillos llenos de piedras, lucha contra el gigante Goliat, armado de balas hasta los dientes.

Los nicaragüenses que pelean por un país justo se arman cada día con sus voces y "tiradoras" (hondas) para enfrentarse a las balas del sandinismo del siglo XXI en la figura del presidente Daniel Ortega y su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, quienes no perdonan que la ciudadanía haya abierto los ojos ante las reiteradas injusticias y atropellos disfrazados de amor y paz.

Los ciudadanos ya no pueden más, ya no se creen la falsa modestia del que un día consideraron su líder. Se acabó y es hora de reivindicar, aunque el único arma que tienen a su alcance sea su voz para parar las balas sandinistas que matan sin piedad, francotiradores que no piensan que las voces que claman justicia no son solo las de la oposición.

Las voces no salen solo de las gargantas del bando no oficialista, sino también de muchos que un día también depositaron su voto en las urnas por la continuidad del sandinismo, una filosofía que se fue modificando a lo largo de los años al antojo de Ortega y esposa, transformándose en la más cruel de las tiranías.

Y así, las piedras palestinas se convirtieron en palabras, barricadas, cantos rodados y voces desesperadas que dieron vida a la primera intifada centroamericana de la mano de los nicaragüenses cansados de rendir tributo a un supuesto líder que no ve más allá de su bastón de mando, al que no está dispuesto a renunciar a cualquier precio.

Pero el precio que está pagando el país, su país, el que él gestiona y que permaneció sometido durante años, es demasiado alto. Cerca de 200 personas fallecidas en las protestas contra la administración del Gobierno que se autodefine democrático, de un presidente que no admite ser cuestionado bajo ningún concepto.

Y así, día tras día, los nicaragüenses siguen reivindicando una nación libre, un país en paz, la Nicaragua que un día fue y que ya no es, una Nicaragua que muchos, aseguran, "ya no volverá".

Los comercios no abren sus puertas, las escuelas dieron por concluido el curso escolar cinco meses antes de la fecha establecida, los lugares de ocio nocturno están cerrados a cal y canto, las calles se vacían antes de la caída de la noche..., y es así como Nicaragua, en su particular intifada, se transformó en un país desconocido.

Los alegría de los nicaragüenses se tornó en la tristeza que provoca la violencia y, sobre todo, la incertidumbre de qué pasará mañana, cuándo dará sus frutos un diálogo que arrancó y se interrumpió abruptamente por deseo de Ortega, y que, posteriormente se retomó, sin que hasta el momento se haya informado de un posible acuerdo.

Y no parece que vaya a ser una tarea fácil, debido a la gran distancia ideológica y social entre las partes, a lo que se suman los deseos dispares de una ciudadanía perdida en la incertidumbre y la duda.

El país centroamericano cumple este miércoles 64 días desde que se inició la crisis sociopolítica más sangrienta desde los años de 1980, con Daniel Ortega también como presidente, y que ha acabado con la vida de 200 personas.

Las protestas contra Ortega y su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, comenzaron el 18 de abril por unas fallidas reformas a la seguridad social y se convirtieron en un reclamo que pide la renuncia del mandatario, después de once años en el poder, con acusaciones de abuso y corrupción en su contra.