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03 de Dec de 2020

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PAÍS DE GALES. Se fue el faraón. Treinta años de dictadura y de ley marcial terminaron inesperadamente en los escasos treinta segundos q...

PAÍS DE GALES. Se fue el faraón. Treinta años de dictadura y de ley marcial terminaron inesperadamente en los escasos treinta segundos que demoró el vicepresidente Omar Suleiman en anunciar que Hosni Mubarak, el ex jefe de la fuerza aérea, el sucesor de Sadat y también de Nasser, renunciaba a la presidencia del país. Egipto está, desde hoy, en manos de los militares, que supervisarán la transición hacia –francamente— quién sabe donde.

Antes de zambullirnos en el análisis y la especulación, vamos a dejar bien claro la magnitud de lo que acaba de suceder. La Revolución Egipcia, acabe como acabe, ya ha entrado en la historia como un capítulo fascinante e inspirador. Está ahí arriba, junto a la rusa, la iraní y las revoluciones que tumbaron al comunismo en Europa del Este, como prueba de que cuando un pueblo ansía libertad nada puede pararlo. Las imágenes en la Plaza Tahrir son sobrecogedoras, los micrófonos de Al-Jazeera (que sigue cimentando su leyenda y revolucionando el periodismo) llenos de gente rompiendo en llanto. Gente que no había conocido otra cosa que no fuera Mubarak, su ley marcial, la brutalidad de su aparato de seguridad y la infinita corrupción de su régimen.

MITOS Y CAUSAS

De paso, ésta revolución también sirve para desterrar un número de mitos nocivos. Por décadas se intentó vender desde Occidente que el mundo árabe era retrógrado y antidemocrático, y que dictadores como Mubarak eran lo único que prevenía esos países de convertirse en regímenes radicales y patrocinadores del terrorismo. En 18 días, Egipto ha demostrado la insensatez y ridiculez de todos esos discursos. La sociedad civil se ha manifestado de manera pacífica y civil. Los Hermanos Musulmanes, demonizados como terroristas y perseguidos por Mubarak, han participado como cualquier otro grupo político. Cada uno de los 80 millones de egipcios, y la diáspora alrededor del mundo, merece las más sinceras felicitaciones.

Ahora, volvamos a la realidad. Lo primero es que esta revolución va a tener consecuencias tanto en Egipto como a nivel regional (y quizá más allá). Es así la tiranía de la geopolítica: mientras que en Túnez una revolución es una anécdota, en Egipto es un terremoto. Y las réplicas, más fuertes o más débiles, se van a sentir en Argelia, Jordania, Yemen, Arabia Saudita y los países del Golfo. La verdad es que, como escribió Víctor Hugo, ‘no hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su momento’. En el mundo árabe, el momento parece haber llegado.

Y no sólo porque un tunecino —de nombre Mohamed Bouazizi— decidió inmolarse hace casi dos meses y de paso iniciar un tsunami que ya se ha llevado a Ben Ali y a Mubarak. No, esa no es la única razón. Existe otra condición de la que no se habla tanto y que promete traer más inestabilidad y cambios dramáticos: el precio de los alimentos. En lo que va del año, el precio del trigo ha subido un 80% y el del maíz un 92%. En países que importan la mayoría de sus alimentos, como Egipto, las consecuencias pueden ser dramáticas. En el fondo de todo yace la nueva prosperidad asiática, encabezada por China, que ha alterado la oferta y la demanda. En estos momentos, una sequía en el lugar equivocado significa desastre.

¿Y AHORA QUÉ?

Pero centrémonos en Egipto. La renuncia de Mubarak llegó de manera inesperada, cuando todos preveíamos una confrontación entre manifestantes y ejército. El jueves por la tarde, fuertes rumores presagiaban la renuncia del presidente esa misma noche, renuncia apoyada (o forzada) por el ejército. No ocurrió, y los manifestantes ardieron en ira. Se presagiaban las peores manifestaciones para ayer. El ejército, consciente de que toda la presión estaba sobre ellos, y después de deliberar toda la noche, decidió apoyar al presidente. La confrontación estaba servida, hasta que Suleiman apareció en televisión a anunciar la caída del faraón.

Como ya se mencionó, el e jército está en control del país. Todo parece indicar –y los manifestantes parecen no haberse dado cuenta de esto— que los militares, encabezados por el ministro de defensa Mohamed Tantawi, le han dado un golpe de Estado a Mubarak. No se sabe hasta qué punto el mando civil del país, o sea Suleiman, va a seguir ostentando el poder, pero lo que es seguro es que el régimen establecido por Gamal Abdel Nasser en 1952 está más vivo que nunca.

Cuando la euforia baje, empezará el clam or por elecciones y democracia. Hasta qué punto el ejército se adherirá a una transición transparente es aún una incógnita. Un verdadero proceso democrático deberá incluir a todas las facciones políticas del país. Esto incluye, por supuesto, a los Hermanos Musulmanes, que en cualquier elección limpia deberían obtener una porción significativa del poder.

CONSECUENCIAS PARA TODOS

Este es el tipo de cosas que preocupan a Washington y, sobre todo, a Tel Aviv, que desde que tiene paz con Egipto duerme tranquilo. Los Hermanos Musulmanes quieren, por ejemplo, someter el tratado de paz con Israel, firmado en 1978, a un referéndum. El otro líder opositor, Mohamed El Baradei, criticó en su momento a Mubarak por apoyar el asedio a Gaza cerrando la frontera. Pase lo que pase, Israel se va a enfrentar a un Egipto más independiente.

Para EEUU, la situación es parecida. Ahora Washington intentará resaltar la dimensión feliz de esto, felicitará a los egipcios por liberarse, en un intento de eliminar del debate el hecho de que han sido ellos los que han mantenido a Mubarak en el poder hasta ahora. Obama y su gobierno están reformulando su discurso, tratando de encontrar una línea que les permita equilibrar su retórica de apoyo a la democracia con sus intereses en la región. Se mire como se mire, la pobre realpolitik estadounidense ha vuelto a subestimar a un pueblo y a fallar estrepitosamente. Quizá ahora, de una vez por todas, aprenderán que apoyar dictadores a la larga no paga. En Argel, Amman, Riyadh y Sana’a ya están temblando. El otro gran ganador de todo esto es Irán. Los persas, que ya vivieron todo esto hace 32 años, se relamen ante la posibilidad de un Egipto más independiente de EEUU e Israel.

Todo esto, que quede claro, es asumiendo que los militares egipcios facilitarán una transición democrática pacífica, transparente y ordenada. Pero eso aún está por verse. Si los militares deciden volver a 1952 y gobernar el país ellos solos, la Plaza Tahrir podría volver a llenarse de manifestantes muy pronto, y ésta vez con mucha sangre de por medio.