Temas Especiales

25 de Jun de 2022

Mundo

Del presidente Nixon y Mao a Obama y Xi

PANAMÁ. El vicepresidente chino Xi Jinping concluyó esta semana una visita oficial a Estados Unidos. Coincidentemente, durante estos día...

PANAMÁ. El vicepresidente chino Xi Jinping concluyó esta semana una visita oficial a Estados Unidos. Coincidentemente, durante estos días se cumplen 40 años de la visita del entonces presidente estadounidense Richard Nixon a China, quizá uno de los actos diplomáticos más sobresalientes del siglo pasado. La mezcla de pasado y presente ha hecho que China, y más en específico su relación con EEUU, vuelva al centro del debate mundial.

UNA SEMANA PARA CAMBIAR EL MUNDO

La visita de Xi no puede ser comparada de ninguna manera con aquella histórica visita de Nixon. Hace 40 años, China y EEUU se ignoraban mutuamente.

La revolución de Mao y la subsiguiente crisis con respecto a Taiwán, la intervención china en la guerra de Corea y la Guerra Fría en general habían empeorado las relaciones al punto de que, en 1971, cuando un equipo de ping-pong estadounidense visitó Beijing, el suceso fue portada de todos los diarios del mundo. Pocos meses después, Henry Kissinger, entonces Consejero de Seguridad Nacional, voló a China para preparar el viaje.

El resto es historia. La visita de Nixon allanó el camino para el restablecimiento formal de relaciones en 1979 (con Jimmy Carter en la Casa Blanca), le dio a EEUU más peso con respecto a la URSS y le ayudó de alguna manera en la catástrofe de Vietnam (China era aliado del Viet Cong). Además, se inició un efecto dominó que prosiguió con el tratado de paz entre Egipto e Israel de 1979 y culminó con la retirada soviética de Afganistán (1989), hechos que sin duda contribuyeron al colapso de la URSS poco después.

En aquel momento, se dijo que la visita de Nixon a China fue ‘una semana para cambiar el mundo’. Sin entrar en polémicas, basta con sólo ver el mundo de hoy, y el rol que en él juegan China y EEUU, para entender que quien acuñó la frase no andaba lejos de la realidad.

LA VISITA DEL PRÍNCIPE

Lo que nos devuelve a Xi, cuya visita se realizó en un ambiente de normalidad en las relaciones sino-americanas. Ambos países mantienen cumbres y reuniones de alto nivel con moderada frecuencia, y no hay ningún tema especialmente espinoso (léase crisis) que provoque una visita urgente.

Además, Xi es —aún— el vicepresidente de China, y su visita no tuvo la misma importancia que tendría la de su jefe, Hu Jintao. Aún. Esa es la palabra clave, pues es vox populi que Xi es el heredero a la presidencia china, hecho que deberá ser confirmado allá por septiembre cuando en el 18vo Congreso del Partido Comunista Chino se produzca el cambio de liderazgo. Por ende, su visita a EEUU debe ser entendida más que nada como una presentación en sociedad. Xi cruzó medio mundo para decirle en la Casa Blanca ‘mírenme bien, pues dentro de poco tendrán que lidiar conmigo’ y para asegurarse que ninguna eventualidad pueda romper sus planes de sucesión.

LA RELACIÓN MÁS IMPORTANTE DEL MUNDO

De manera más general, la visita de Xi ha servido para que el mundo reflexione sobre la relación bilateral más importante del planeta. La irrupción de China en la cúpula mundial ha revolucionado el sistema internacional. Estados Unidos, que gozó de un casi obsceno monopolio de la arena global, se encuentra aún buscando la manera de lidiar con la primera superpotencia no occidental —y la segunda no europea, después de sí mismos— de los últimos cinco siglos.

No es casualidad, entonces, que Washington, después de 10 años cazando mariposas y arruinando su economía en Oriente Medio, esté ahora proclamando a los cuatro vientos que el terrorismo ha sido ‘vencido’ y que se llevan su maquinaria militar —con recortes económicos— para Asia.

El asunto militar, manifestado en desavenencias sino-americanas en temas como Taiwán y las disputas de aguas territoriales que China mantiene con países como Vietnam o Filipinas, es sólo uno de los aspectos espinosos de la relación entre las potencias más grandes del planeta.

A día de hoy, no se puede hablar de EEUU y China sin entrar a debatir sus conflictos en cuanto a sistema de gobierno —la falta de democracia en China—, economía —China mantiene su moneda artificialmente baja para favorecer su modelo basado en exportaciones—, derechos humanos y laborales— las extremas condiciones en las que vive el obrero chino común—, de competencia por recursos— la fascinante diplomacia china en Oriente Medio y su ‘neo-colonización’ del continente africano —y de influencia diplomática— los asuntos de Irán, Corea del Norte o, más recientemente, la crisis en Siria.

La única conclusión posible de una relación tan compleja y poliédrica es que EEUU y China son potencias que perciben y por ende interpretan el mundo desde dos puntos de vista radicalmente distintos. A día de hoy, los gigantes del planeta no están en busca de amistad —y por suerte, tampoco de guerra— sino de una relación de trabajo exitosa: que se reconozca el surgimiento de China —y el nuevo orden internacional que trae como consecuencia— y a la vez avanzar sus respectivas agendas (para bien y para mal) en el mundo.

Lastimosamente, esa relación parece aún lejos. Poco antes de la visita de Xi, un alto oficial chino describió a la perfección la relación sino-americana: hoy por hoy, hay un ‘déficit de confianza’. Veremos si la China de Xi y su nueva generación de líderes comunistas logra reducirlo.