365 días de Trump: el año en que la Casa Blanca redefinió la política global entre aranceles, amenazas y desorden diplomático

  • 20/01/2026 00:00
Estados Unidos afronta tensiones comerciales, fricciones diplomáticas, conflictos activos y una política exterior confrontacional que contradice la promesa presidencial de estabilidad y contención internacional

Donald Trump cumple hoy su primer año como presidente en su segundo mandato, un período definido por una política exterior agresiva, altamente personalista y marcada por decisiones unilaterales. Lejos de consolidar la promesa de “frenar los conflictos del mundo”, su regreso a la Casa Blanca ha coincidido con una intensificación de tensiones globales, el debilitamiento de alianzas tradicionales y una creciente incertidumbre sobre el rol de Estados Unidos como actor estabilizador del orden internacional.

Desde enero de 2025, Trump ha privilegiado una lógica de presión —económica, diplomática y militar— como principal herramienta de política exterior. Su estilo, caracterizado por declaraciones contundentes, amenazas abiertas y giros abruptos, ha reposicionado a Washington en el centro del tablero global, pero también ha erosionado la previsibilidad que históricamente sustentó su liderazgo.

Aranceles, coerción económica y fricciones con aliados

Uno de los ejes más visibles del primer año del segundo mandato ha sido la expansión de la política arancelaria. Trump reactivó tarifas y amplió su alcance bajo el argumento de proteger la economía estadounidense y reforzar la seguridad nacional. Canadá, México, la Unión Europea y países asiáticos se vieron afectados por medidas que alteraron cadenas de suministro y generaron respuestas de represalia.

La estrategia se extendió a América Latina, particularmente en el caso de Venezuela, donde Washington impuso aranceles punitivos a países que mantuvieran vínculos comerciales con el petróleo venezolano. Aunque la Casa Blanca presentó la medida como un instrumento de presión política, expertos advierten que su impacto ha sido regional y desestabilizador, sin resultados claros en términos de transición democrática.

En Europa, Trump volvió a tensar la relación transatlántica al retomar su discurso sobre Groenlandia, insinuando que Estados Unidos debía asumir control estratégico del territorio. Las declaraciones, acompañadas de amenazas comerciales, provocaron una reacción inmediata de la Unión Europea, que advirtió sobre represalias y cerró filas en defensa de la soberanía danesa.

Este patrón de coerción económica ha debilitado espacios de coordinación como la OTAN y ha reforzado la percepción de que Washington actúa cada vez más al margen de consensos multilaterales.

Conflictos abiertos: Ucrania, Rusia, Venezuela y Medio Oriente

En el frente de seguridad internacional, el balance del primer año contradice de forma directa la narrativa de desescalamiento. En la guerra entre Rusia y Ucrania, Trump ha adoptado una postura ambigua que ha generado inquietud tanto en Kiev como entre aliados europeos. Aunque ha reiterado que busca “poner fin al conflicto”, sus declaraciones han incluido críticas abiertas al apoyo militar estadounidense a Ucrania y mensajes conciliadores hacia Moscú, alimentando dudas sobre el compromiso de Washington con la defensa del orden internacional basado en reglas.

Trump ha sugerido públicamente que Ucrania debería aceptar concesiones territoriales como vía para terminar la guerra, una postura que ha sido rechazada por el gobierno ucraniano y cuestionada por líderes europeos, quienes advierten que ese enfoque podría legitimar la agresión rusa y sentar un precedente peligroso.

En Medio Oriente, la administración impulsó iniciativas diplomáticas para Gaza que fueron presentadas como planes de paz, pero que no lograron frenar la violencia ni generar consensos duraderos. La percepción de parcialidad y la falta de respaldo regional limitaron su efectividad, mientras el conflicto continuó agravándose.

En América Latina, la implicación directa de Estados Unidos en Venezuela —incluida la captura de Nicolás Maduro y el respaldo explícito a sectores opositores— marcó uno de los episodios más controversiales del año, reavivando debates sobre soberanía e intervención.

En este contexto se produjo el episodio del Premio Nobel de la Paz, convertido en un elemento central de la narrativa presidencial. Trump no solo reiteró públicamente que considera merecer el galardón, sino que el tema fue formalizado en el escenario político internacional. La líder opositora venezolana María Corina Machado le entregó una medalla simbólica del Premio Nobel de la Paz, gesto que Trump utilizó como validación de su rol en la “liberación” de Venezuela y su supuesta contribución a la estabilidad regional.

Posteriormente, el propio Trump envió una carta al primer ministro de Noruega, país donde se aloja el Comité Nobel, destacando lo que describió como sus esfuerzos para detener conflictos internacionales y promover la paz. La acción fue interpretada por analistas y diplomáticos como un intento inédito de influir políticamente en un proceso que tradicionalmente se presenta como independiente.

La insistencia en el Nobel ha sido recibida con escepticismo por la comunidad internacional. Mientras el presidente reivindica méritos pacificadores, su primer año de gestión ha estado marcado por guerras activas, amenazas comerciales, tensiones diplomáticas y una política exterior basada más en la presión que en la mediación.

El Canal de Panamá

A este escenario se sumaron las declaraciones de Trump sobre Panamá y el Canal, que generaron preocupación en la región. El presidente afirmó en varias ocasiones que Estados Unidos debía “revisar” su relación con la vía interoceánica, cuestionó los acuerdos vigentes y sugirió que el Canal debía responder prioritariamente a intereses estadounidenses. Las palabras fueron interpretadas en Panamá como un desconocimiento del Tratado Torrijos-Carter y una señal de presión geopolítica sobre una infraestructura clave para el comercio global.

En el plano interno, el uso intensivo de órdenes ejecutivas, el cuestionamiento de instituciones independientes y una retórica que desafía normas democráticas han profundizado la polarización social y política dentro de Estados Unidos.

Un balance incómodo

A un año de haber retomado el poder, Trump ha reposicionado a Estados Unidos como un actor dominante, pero también como uno impredecible. Su promesa de frenar conflictos contrasta con un escenario internacional más fragmentado, con guerras abiertas, alianzas tensionadas y una diplomacia basada en la presión más que en la construcción de consensos.

El primer año del segundo mandato deja claro que la estrategia no ha sido desescalar, sino imponer. Las consecuencias de ese enfoque —económicas, políticas y geopolíticas— seguirán marcando la agenda internacional y regional, incluida América Latina, en los años venideros.

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