Rushan Abbas: la voz uigur que desafía a China mientras busca a su hermana desaparecida

  • 09/03/2026 00:00
Activista uigur-estadounidense relata persecución, campos de detención en Xinjiang y la desaparición de su hermana, tragedia personal que transformó su vida en una lucha global

Cuando Rushan Abbas cruzó la puerta de la sala de entrevistas en Panamá, lo primero que llamó la atención no fue su discurso —que luego sería contundente— sino su ropa. Vestía un pantalón rojo, una blusa azul y un blazer blanco, acompañado de accesorios en tonos azules. Los colores no parecían casuales. Juntos formaban la bandera de Estados Unidos.

En una conversación marcada por recuerdos dolorosos y denuncias contundentes contra el gobierno chino, ese detalle adquirió un significado mayor. Abbas, una activista uigur-estadounidense nacida en la Región Autónoma Uigur de Xinjiang, habló abiertamente de su profundo sentimiento patriótico hacia Estados Unidos, el país al que llegó hace casi cuatro décadas buscando libertad.

Hoy es fundadora y directora ejecutiva de Campaign for Uyghurs, una organización que denuncia los abusos contra el pueblo uigur, y desde octubre de 2024 preside el Comité Ejecutivo del Congreso Mundial Uigur. Pero su activismo no nació de la política ni de una carrera profesional planificada. Nació del dolor.

Y, sobre todo, de una ausencia.

Abbas llegó a Panamá para presentar su documental En busca de mi hermana, una película que ha recorrido cerca de 30 países y que relata su búsqueda desesperada por conocer el destino de Gulshan Abbas, su hermana, una médica jubilada que desapareció en Xinjiang en 2018 tras ser detenida por las autoridades chinas.

Desde entonces, no ha vuelto a saber de ella.

La raíz de la resistencia

La historia de Rushan Abbas no comenzó en Washington ni en foros internacionales. Comenzó en las universidades de Xinjiang en la década de 1980.

Mientras estudiaba entre 1984 y 1988, Abbas participó en movimientos estudiantiles que denunciaban discriminación contra los uigures, una minoría musulmana turcófona que habita esa región del oeste de China.

“Durante siglos hemos vivido en nuestra tierra”, recordó. Pero, según explica, desde la creación de la República Popular China en 1949, la región ha vivido bajo lo que describe como una ocupación política acompañada de políticas de asimilación cultural.

En los años ochenta, tras el establecimiento de relaciones diplomáticas entre China y Estados Unidos, se abrió un breve período de relativa libertad. Los estudiantes uigures aprovecharon ese momento para organizar protestas y exigir respeto a sus derechos.

Abbas fue una de las organizadoras de una de las mayores manifestaciones estudiantiles de la época en 1985.

“Intentábamos hacer que nuestra voz fuera escuchada”, recordó. Pero ese espacio político se cerró rápidamente.

En 1989 emigró a Estados Unidos. Tenía apenas 21 años y dejaba atrás a sus padres, sus hermanos, sus amigos y todo lo que conocía.

Encontrar la libertad

Cuando Abbas habla de Estados Unidos, su voz cambia de tono. Dice que fue allí donde experimentó por primera vez algo que nunca había sentido en China: libertad.

“Nunca me sentí parte del Estado chino”, explicó. “¿Cómo puedes llamar ciudadanos a las personas y tratarlas como si fueran inferiores?”

En Estados Unidos encontró algo que describe como una pieza faltante de su vida: un sistema donde la Constitución y los derechos individuales tienen significado real.

Con el tiempo obtuvo la ciudadanía estadounidense. Y ese sentimiento de pertenencia —dice— se refleja incluso en su forma de vestir.

Por eso no sorprende que, en una entrevista marcada por denuncias contra Pekín, apareciera vestida con los colores de la bandera estadounidense.

Pero su historia con el activismo aún no estaba escrita.

El momento que cambió todo

Durante años Abbas mantuvo una carrera profesional lejos del activismo a tiempo completo. Su defensa de los derechos uigures era paralela a su trabajo.

Todo cambió en 2018.

Ese año participó en un panel en el Instituto de Harvard para hablar públicamente sobre la situación en Xinjiang y la existencia de campos de detención masivos donde, según denuncias de organizaciones internacionales, más de un millón de uigures han sido encarcelados.

Cinco días después de su intervención, su hermana Gulshan fue arrestada. Abbas cree que fue una represalia directa. “Mi hermana fue tomada como rehén”, dijo.

Desde entonces, Gulshan permanece detenida. Han pasado más de siete años sin contacto. “Era mi única hermana que vivía aún en Xinjiang”, explicó.

La noticia transformó su vida. Abbas renunció a su trabajo y se convirtió en activista a tiempo completo.

“Cuando el gobierno chino tomó a mi hermana para intimidarme y silenciarme, decidí hacer lo contrario”, dijo. “Si querían que me callara, hablaría más fuerte”.

Los campos de detención

Abbas describe lo que ocurre en Xinjiang como genocidio. Según su relato, entre uno y tres millones de personas han sido detenidas en lo que el gobierno chino llama “centros de reeducación”.

Organismos internacionales, investigadores independientes y reportes de inteligencia occidental han documentado la existencia de esos centros, donde se denuncian torturas, vigilancia masiva y campañas para eliminar la identidad cultural y religiosa uigur.

Durante años, recuerda Abbas, muchos gobiernos y expertos dudaban de esas denuncias.

“Nos decían que era imposible que en el mundo moderno un país pudiera detener a un millón de personas inocentes”, explicó.

Pero investigaciones posteriores, imágenes satelitales y un informe del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en 2022 confirmaron la magnitud del sistema de detención.

Para Abbas, ese reconocimiento internacional fue una victoria amarga. “El mundo finalmente entendió lo que está pasando”, dijo.

El exilio permanente

El exilio, explica, crea una identidad dividida. Ni completamente parte del país que se dejó atrás ni completamente integrada al nuevo hogar.

Pero Abbas no ve esa dualidad como una debilidad. Estados Unidos es ahora su hogar, dice. Ha vivido allí durante casi 37 años. Sin embargo, su identidad uigur sigue siendo central.

“Es nuestra responsabilidad educar a las personas sobre nuestra cultura, nuestra historia y lo que está pasando”, señaló. Al mismo tiempo, denuncia que el gobierno chino ha extendido su influencia más allá de sus fronteras.

Según Abbas, Pekín ejerce presión sobre activistas en el extranjero mediante campañas de desinformación, vigilancia y amenazas contra familiares que permanecen en China. “Es una forma de opresión transnacional”, afirmó.

La esperanza como resistencia

A pesar de la pérdida personal, Abbas sigue hablando. Dice que la esperanza se alimenta de pequeños avances.

En Estados Unidos, por ejemplo, se aprobó una legislación para bloquear la importación de productos fabricados con trabajo forzado en Xinjiang. También se han impuesto sanciones contra empresas y funcionarios vinculados al sistema de detención.

Pero más allá de las leyes, Abbas ve otro progreso: la solidaridad entre comunidades perseguidas.

Uigures, tibetanos, practicantes de Falun Gong, activistas de Hong Kong y mongoles del sur —explica— enfrentan formas distintas de represión bajo el mismo sistema. “Nos dimos cuenta de que nuestra lucha es la misma”, dijo.

Su advertencia es clara. Para Abbas, la represión china no se limita a sus fronteras. “Si el mundo no actúa ahora, el precio será mayor para todos”, afirmó.

Mientras tanto, su búsqueda continúa. La de una hermana desaparecida. La de un pueblo silenciado. Y la de una justicia que todavía parece lejana pero que está dispuesta a conseguir cueste lo que cueste.

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