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27 de Ene de 2022

Nacional

Rutas del placer: una pasión pasajera

CHIRIQUI.La furia del sol hacía arder los parabrisas de los autos davideños, reflejando a la vez su ataque de rayos furiosos contra el t...

CHIRIQUI.La furia del sol hacía arder los parabrisas de los autos davideños, reflejando a la vez su ataque de rayos furiosos contra el taxi y los ojos de Juan, cuando este se detuvo en una de las esquinas del Parque Cervantes. “¡Eso sí!, que sean hombres maduros, porque los jóvenes no tienen ni para pagar la chicha”, le insistieron unos labios rojos en el retrovisor. Juan asintió diligente, asegurando el papelito con el teléfono de aquella mujer.

Después de 15 años de estar manejando taxi, sabe que 15 ó 20 dólares de comisión por conseguir algún cliente libidinoso, no le van mal a un hombre que sale a trabajar casi siempre a las 7 de la mañana, y que, dependiendo del movimiento, vuelve a casa a las 9 ó 10 de la noche.

Era una dama (como dicen los taxistas en su jerga) de curvas peligrosas, pero con kilometraje recorrido. No tan joven y con vestigios de ama de casa chiricana. Así la describió Juan, un hombre de 47 años madurado por el tiempo, quien prefirió omitir su apellido.

Experto del camino y el volante, reconoce que él y otros amigos taxistas son la bujía que mueve contactos en el negocio de las pasiones clandestinas. Incluso, algunos de sus colegas ostentan listas telefónicas con detalles tácticos de peso, edad, color de cabello, piel, nacionalidad y además “importante” la parte anatómica prosódicamente más acentuada. “Hay para todos los gustos”, se mofa. No obstante, el menú de precios lo establece la servidora amiga, según los favores.

Como mínimo, los acuerdos clandestinos alcanzan los 50 dólares. El monto máximo va según el potencial físico de la dama de compañía y la fortaleza del bolsillo del cliente, incluso clienta, pues hay quienes pagan hasta 500 dólares por una noche.

¿Y quiénes tienen las billeteras más apetecibles? Turistas, jubilados u hombres que puedan resolver, así sea que se parezcan a Bejamin Franklin.

Pero a Juan no se le acabó la gasolina allí, quizás él mismo no se ha dado cuenta que, además de taxista, hubiera podido ser buen comentarista.

Explica que la actividad no tiene lugar, ni hora fija. Los que ya se dedican al oficio, mujeres y también hombres jóvenes, suelen ubicarse en casinos, restaurantes, algunos bares y cantinas, y hasta en los parques, donde hacen contactos. Juan dice que luego se trasladan a residenciales y hoteles para consumar el... trato.

En los burdeles, a pesar de la oscuridad característica, apenas vulnerada por las luces de neón y el brillo de las copas, el negocio es un poco más claro.

Por cada turno de 20 minutos, la registradora suma 14 dólares: $10 para la mujer y 4 para el local, sin obviar las tarifas por el consumo de bebidas alcohólicas. Si el hombre sale con la dama, entonces paga $150: 100 para el burdel y 50 para la chica...

El celular interrumpió a Juan, arrancó el taxi y dijo: “me voy, tengo otro cliente”.