26 de Feb de 2020

Nacional

1989 La elección que liberó Panamá

E n mayo de 1969, tres meses después de exiliar a su compañero de armas Boris Martínez, autor del golpe de Octubre del 1968, Omar Torrij...

E n mayo de 1969, tres meses después de exiliar a su compañero de armas Boris Martínez, autor del golpe de Octubre del 1968, Omar Torrijos recibió a Nelson Rockefeller, enviado especial para América Latina del presidente de los EEUU Richard Nixon. Martínez había prometido elecciones. Rockefeller aconsejó a Torrijos no cumplir. Era superfluo, como aconsejar al Conde Drácula no pasar el día en la playa. Torrijos sabía que los panameños no querían militares mandando. En sus doce años como tirano no permitió ninguna elección digna de ese nombre.

Para substituir las elecciones fabricó la ilusión del apoyo popular. Cuando Jimmy Carter visitó Panamá en junio de 1978 para firmar los tratados canaleros, el régimen llenó la Plaza 5 de Mayo. Cada empleado público tenía su lugar asignado. El que no asistió se quedó sin trabajo. Miles fueron traídos del interior. Cada uno recibió un billete de a cinco. En La Chorrera un hombre llamado Román Vega trató de persuadir a algunos de bajarse de los buses. Fue llevado al cuartel y muerto a palos. Torrijos logró impresionar a Carter, pero no se engañó a sí mismo.

Manuel Noriega era menos sabio. Cuando Ronald Reagan insistió en que permitiera elecciones directas, aceptó. Robó la de 1984, y casi falla al hacerlo, pero no aprendió nada. Programó otra elección para mayo de 1989 y la dejó proceder cuando otros le aconsejaron cancelarla. No podía admitirse a sí mismo, la repugnancia que el país sentía por su régimen y por su persona.

EL PAÍS

En 1989, después de 20 años de dictadura, Panamá estaba al borde del colapso. La actividad económica estaba al 50% de lo normal, el desempleo al 25% y subiendo. La agricultura había bajado un 30%, la producción industrial otro 60%, las ventas al por menor un 70%. Casi 7 mil millones de dólares habían salido de los bancos panameños en los dos años transcurridos desde las declaraciones del coronel Roberto Diaz Herrera sobre el fraude de 1984 y otros crímenes oficiales que precipitaron la crisis final.

Los panameños salían también. El sueño de todo panameño yacía en pedazos. Ya fuera un vestido nuevo o un piso de cemento para la casa, no lo iba a tener. La gente dormía en el pavimento afuera del consulado de los EEUU para no perder su lugar en la fila de visas. Los que huían de la ruina económica seguían a los que huían de la represión política.

La represión había sofocado las protestas. Panamá estaba inerte, atontado. Uno podía manejar en la Calle 50 a cien kilómetros por hora a mediodía sin encontrar otros carros, y en las noches, adolescentes de ambos sexos se vendían en las esquinas de El Cangrejo.

¿Quiénes eran felices? La chusma armada que Noriega formó a su imagen y semejanza, bautizó, cínicamente, "batallones de la dignidad", y entregó al mando de su hijo espiritual el doctor Benjamín Colamarco. Eran bárbaros de una nueva edad del oscurantismo, menos militares que una tribu de monos, menos dignos que drogados siniestros. Llevaban ropa holgada y escopetas recortadas. Pasaron sí, quisieron pasar repartiendo en su camino amenaza y asco. Era la consecuencia final e inevitable del golpe de 1968: un Panamá donde solo los salvajes florecieron.

LAS NÓMINAS

Noriega añadió dos errores más al de dejar que se celebrara la elección. Impuso una nómina identificada íntimamente con su persona: Carlos Duque, su socio de negocios; Ramón Sieiro, su cuñado, y Aquilino Boyd su benefactor original. Este, cuando fue ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Nino Chiari, le consiguió la beca que le permitió estudiar en Chorrillos, la academia militar del Perú. Así se aseguró de que la elección fuera un referéndum sobre él mismo.

Para prevenir la postulación de un arnulfista como candidato presidencial había arrebatado el nombre y los símbolos del Partido Panameñista y organizado un panameñismo brujo como parte de la alianza oficialista. Decidió, sin embargo, reconocer al Partido del Pueblo, quizás como favor a Fidel Castro, quizás para enojar a George Bush. Esto le obligó reconocer al Partido Liberal también, con consecuencias que veremos.

A finales de 1988 Joaquín Franco, padre, presidente de los liberales, llamo a Guillermo Endara, arnulfista prominente. Quería hablar de política y tenía miedo de posibles micrófonos. Invitó a Endara dar una vuelta en carro. "Fuimos hasta Chepo", recordó Endara, "Él manejaba. Me ofreció la postulación de su partido, y luego me pidió que aceptara. Al hablar me miró a mí, no a la carretera. Casi nos chocamos varias veces. Pensé que la campaña ni había comenzado, y ya mi vida estaba en juego".

Después de consultar con Mireya Moscoso y otros arnulfistas notables, Endara aceptó. Fue postulado por los liberales como candidato presidencial un domingo de diciembre de 1988.

El mismo día el doctor. Ricardo Arias Calderón se reunió con la Conferencia Episcopal y recibió su promesa de que la Iglesia supervisaría la elección. La muerte de Arnulfo, cuatro meses antes, le había dejado como la figura más ilustre de la oposición. Él iba adelante en las encuestas y el Partido Demócrata Cristiano, del que era presidente, quería postularle.

"No quise correr solo", Arias Calderón recordó. "Me iba a pasar lo que le pasó a Arnulfo en 1984, ganar con un margen suficientemente estrecho para que Noriega robara el conteo. Hablé con Mario Galindo. Propuse una alianza entre nosotros y Molirena, pero él no quiso estar en la nómina. Hablé después con unas figuras de la Cruzada Civilista con una propuesta similar. Me dijeron que la Cruzada entraría en las elecciones solamente si la oposición fuera unida detrás de un candidato. Entonces convencí a mi partido de que postulara a Endara como presidente y a mí como primer vicepresidente".

Al sacrificar sus ambiciones personales para el bien de la nómina, Arias Calderón hizo un gran servicio a Panamá.

Guillermo Ford recuerda estar sorprendido cuando los líderes del Molirena le pidieron aceptar ser postulado como candidato a la segunda vicepresidencia. No dudó.

"Estuve convencido de que podíamos ganar. La cosa era mostrar a la gente no tener miedo. O, teniendo miedo, no hacerlo caso. Al principio de la campaña vendrían quizás doscientas personas a las concentraciones. Al final vendrían doscientos mil".

EL ASESOR

Un día del otoño de 1988 John Rendon se encontraba en las oficinas del senador John Kerry. Así lo recordó un ex oficial norteamericano conocedor de asuntos panameños. Rendon, un consultor político, había trabajado en campañas en América Latina. Kerry era presidente de la subcomisión de droga del Senado y enemigo importante de Noriega. Algunos miembros de la oposición panameña le estaban visitando, y un ayudante pidió a Rendon que conversara con ellos. El resultado del encuentro, y de conversaciones subsecuentes, fue la contratación de Rendon como asesor de la Alianza.

Como forastero, Rendon traía a la campaña un punto de vista libre de perjuicios partidistas. Ayudó a evitar las rencillas que suelen ocurrir cuando los partidos que componen una alianza reparten curules en la Asamblea. Sin embargo, el aporte más significativo de Rendon fue un mecanismo para contrarrestar el fraude electoral.

Estudió la ley electoral y el fraude de 1984 y encontró el problema principal de quien quisiese robar una elección panameña. Las papeletas se contaban públicamente en las mesas de votación antes de ser enviadas con las actas a los centros distritales. Un fraude podría ocurrir a nivel de distrito o nacional, pero los conteos de las mesas serían honestos.

Rendon armó un sistema de conteos simultáneos. En uno, manejado por la Alianza misma, los resultados de cada mesa se comunicaban por teléfono a los centros en la capital. Mientras tanto, la Iglesia Católica haría un conteo estimado, con base en un número pequeño de mesas representativas. El conteo de la Iglesia estaría completo una hora después de cerrar la votación. El de la Alianza tomaría unas horas más.

Es posible que Noriega se diera cuenta. Unos días antes de la elección decretó que sólo el régimen podría anunciar resultados. Rendon estableció centros de prensa en San José y Caracas y se preparó para difundir los resultados por emisoras radiales que la gente en Panamá pudiera sintonizar. La Iglesia y la Alianza reportaron resultados correctos antes de que el régimen pudiera completar el fraude.

La estrategia de Rendon dependía de la presencia en el país de observadores extranjeros prestigiosos. Un mes antes de la elección, el régimen dejó de emitir tarjetas de turismo y exigió que todo visitante tuviera visa. El punto era esconder la elección de ojos extranjeros.

Noriega, sin embargo, se presentaba como nacionalista y patriota. El gobierno norteamericano, él decía, quería abrogar los tratados Torrijos-Carter y seguir controlando el Canal. Al pintarse como defensor de los tratados, no pudo prohibir la entrada de una delegación encabezada por Jimmy Carter, quien los firmó por los Estados Unidos, y que incluía personajes notables del hemisferio y numerosos periodistas. Así fue que, sin pretenderlo, Noriega aseguró que el mundo viera su mano peluda. Fue esto lo que le hizo imposible ganar la elección por fraude.

EL 7 DE MAYO

Con los demás actores en el escenario solo faltaba el principal, pero ¿iba el pueblo panameño a votar? En primer lugar, era peligroso. Además, el régimen haría cualquier cosa para hacer su voto inútil, y al panameño no le gusta que lo tomen por tonto. Desde temprano, sin embargo, la contestación era clara. Ricos y pobres, ciudad y campo, los panameños participaron masivamente, y votaron tres a uno en favor de la Alianza.

Hasta las Fuerzas de Defensa votaron en contra de su comandante. El régimen había decretado que los uniformados pudieran votar en cualquier mesa, supuestamente para no molestarlos en su deber de cuidar la seguridad pública. Como a mediodía, recuerda Guillermo Endara, un aviso llegó a su jefatura en el Hotel Ejecutivo: la tropa estaba votando en carrusel. Camiones llenos de soldados iban de mesa en mesa para que votaran múltiples veces. Endara mandó a un ayudante para averiguar. Un rato después reportó. "Están haciendo trampa, pero a favor tuyo".

Por los comentarios de las tropas era claro que mientras más veces votaban mejor le iba a la oposición, cosa que se confirmó en el conteo. Las mesas donde votaron daban un margen más grande para la oposición que otras. Las condiciones en Panamá habían llegado a tal punto que los de las FFDD tenían más miedo de sus madres, hermanas y esposas que del comandante.

Ocurrieron abusos. En Chiriquí, el cabo Olmedo Espinosa mató al padre Nicolás van Cleef por predecir la victoria de Endara. Rigoberto Paredes patrulló los caminos de Arraiján con una escolta de maleantes que disparaban con rifles de asalto para intimidar a los votantes. En Panamá, al lado de la Escuela República de Venezuela, los batalloneros mataron a un ciudadano llamado Augusto Cajar como parte de su misión de estropear el conteo.

Para las siete de la noche, al ver las primeras señales de la avalancha en su contra, la gente de Noriega sentía pánico. Ordenaron ataques esporádicos a las mesas. Soldados y paramilitares confiscaron papeletas y actas a punta de ametralladora.

En el centro de escrutinio en el ATLAPA, oficiales del régimen prepararon el fraude. Habían confeccionado un juego de cuatro mil actas falsas, una para cada mesa de votación, que iban a sustituir a las verdaderas. Carter y otros observadores trataron de entrar y no fueron admitidos, pero el conteo de la Iglesia estaba completo. Carter fue al Hotel Cesar Park y lo confirmó en una conferencia de prensa. Dijo que la oposición había ganado con más de 70% del voto, y que mientras hablaba "la dictadura" substituía las actas verdaderas con falsas para "tomar la elección por fraude”.

EL DESENLACE

Durante dos días la elección quedó en el limbo. Noriega quería declarar a Carlos Duque el ganador, pero Duque se negó a participar en tal farsa. El país, por su parte, sentía la mirada del mundo encima. La libertad estaba de moda. Habían caído Marcos y Duvalier. El muro de Berlín se tambaleaba. Pronto caería también. Era el turno de Panamá de liberarse, y el miércoles 10 de abril, con el Tribunal Electoral todavía silencioso, la oposición salió a defender su victoria. "Habíamos decidido", recordó Guillermo Endara, "que si nos hacían fraude íbamos a pelear".

Pelear quería decir exponerse. Desde la aniquilación de las guerrillas en 1971, la resistencia panameña había sido no violenta. Endara, Arias Calderón y Ford subieron en un pick-up Toyota de color rojo y fueron en caravana por la capital. A lo largo de su ruta la gente salió a saludarlos. “Fuimos a Panamá Viejo primero”, Guillermo Ford recordó. “Luego bajamos por la Vía España. Nos pararon frente al edificio Avesa. Un sargento hizo tiros al aire con su pistola. Un oficial nos dijo que regresáramos al Hotel Ejecutivo. Si no, él no respondía por las consecuencias. Ni pensamos un minuto en hacerle caso. Habíamos ganado la elección.”

Los candidatos continúan hacía la presidencia. La gente les seguía a pie gritando “¡Justicia!" A la altura de Santa Ana un grupo de soldados pararon su marcha. Cuando bajaron los candidatos victoriosos, decenas de batalloneros salieron aullando de detrás de la iglesia en emboscada. Mientras los soldados miraban sonriendo, asesinaron a tiros al escolta de Ford, Alexis Guerra. Pegaron a Endara contra el piso a barrazos. Hirieron a Ford con un garfio y un palo.

Así, los batalloneros mostraron su dignidad, tanto como la cultura de su comandante. Así, los líderes libremente escogidos compartieron en carne y hueso el sufrimiento del país. Al día siguiente, el Tribunal anuló la elección. Con esta acción, y con la violencia contra los victoriosos, Noriega reconoció su derrota. Panamá tendría que esperar unos meses para ser libre físicamente de la dictadura, pero de haberla repudiado claramente, se encontró libre en espíritu.