Temas Especiales

03 de Jun de 2020

Nacional

Cuarta entrega

Hacía casi dos horas que había comenzado la invasión y el General Manuel Antonio Noriega seguía dando vueltas por las a...

Hacía casi dos horas que había comenzado la invasión y el General Manuel Antonio Noriega seguía dando vueltas por las afueras de la ciudad, a la deriva. No tenía ningún tipo de contacto con sus subalternos. Necesitaba una base para lograr comunicaciones seguras y desarrollar una estrategia. Al final, sin saber qué hacer, aceptaron la idea del hombre que conducía el carro.

- Vamos a mi casa que estamos cerca, yo vivo en San Joaquín-, propuso el subteniente Pinto y fueron hacia allá.

Lo primero que hizo Noriega al llegar fue dirigirse al teléfono. Llamó a la Comandancia y se molestó porque nadie atendía. Se aseguró de que su familia estuviera bien. Supo que Felicidad y sus hijas habían abandonado la residencia en el barrio del Golf.

Eliecer Gaitán había ido hasta allí a minutos de la 1:00 a.m. para decirles que los gringos se venían. Lo recibieron Felicidad, Lorena, Thais y su novio. Antes de partir llegó Sandra con su bebé.

Gaitán le ordenó al Capitán Félix Rodríguez, jefe de la custodia, que se fueran de una vez para el Riande Continental de Tocumen y que esperaran allí. Había un avión en el aeropuerto listo para despegar si era necesario. Tenían que salir ya.

En el Dorado, en una discoteca que era propiedad de Roberto Velázquez –donde hoy funciona el restaurante Los Toneles- el segundo al mando de la Unidad Especial Antiterror (UESAT), y actual jefe de la Policía, Gustavo Pérez, y el subteniente Fernando Jaén, apuraban los tragos para continuar la rumba en el Pub Las Malvinas.

Notaron en las calles un ambiente enrarecido. Los panameños de a pie se preparaban para la invasión.

- Vamos para la casa del General- dijo Pérez. A Jaén le pareció bien. Los dos vivían cerca de allí.

Cuando llegaron, la casa de Noreiga parecía un cuartel, con soldados entrando y saliendo mientras se preparaba el traslado de la familia. Pérez llegó en el momento justo. Necesitaban un especialista en explosivos para organizar la defensa de la casa. Colocó C4 en todas las puertas de entrada, preparando una emboscada mortal al enemigo. Los explosivos nunca se detonaron.

La familia de Noriega salió a través de la Santa Elena por el Jardín de Paz, hacia la estatua de Roosevelt. Iban en el Audi de Lorena, la Cherokee de Thais, el BMW de Felicidad y una Montero verde del Capitán Rodríguez. La comitiva era custodiada por una camionetita con 5 hombres de la UESAT.

Al llegar a los estacionamientos del Riande apagaron las luces y se quedaron allí. No sabían qué hacer. No había nadie de las Fuerzas de Defensa y las bombas en Tocumen cada vez se escuchaban más fuerte. A los diez minutos Felicidad no aguantó y se quiso ir. Propuso refugiarse en una casa en las montañas.

La caravana tomó la 24 de Diciembre hacia Cerro Azul. Las calles estaban vacías pero se escuchaban detonaciones de armas por todas partes. Cada vez más. Parecía que se estaban metiendo en una emboscada.

El Capitán Rodríguez ordenó medidas de seguridad. Demasiados carros juntos llamaban la atención. Había que dispersarse en dos grupos. Tras regresar a la ciudad, Felicidad y sus hijas se asilaron en la residencia del embajador de Cuba.

En la casa de Pinto, poco a poco, Noriega iba haciéndose una idea de la situación. Le costaba. Recibía las noticias y se quedaba callado. Hay cosas que no se pueden creer ni cuando suceden.

Habló con el Mayor Edgardo López, de la oficina de información de las Fuerzas de Defensa. López fue directo.

- Mi General, los gringos están por todas partes, controlan todo. Mi consejo es que busque asilo en alguna embajada. Y tenga cuidado: puede haber infiltrados entre sus guardaespaldas-, le advirtió.

- ¿Y Amador? ¿Cómo estamos allí?- preguntó Noriega buscando en vano alimentar algún tipo de esperanza.

El cuartel de Amador era el segundo en importancia en la ciudad. Allí funcionaban varias dependencias: un cuartel de la Marina, otro de los Cholos, el comando de la Policía Militar Victoriano Lorenzo y el centro de la Unidad Anti Terror. Noriega tenía allí oficinas permanentes y funcionaba parte de su aparato de inteligencia. También guardaba en el muelle sus dos lanchas rápidas, Macho I y Macho II. Las instalaciones estaban pegadas a las bases norteamericanas, a la salida del canal, donde hoy está la Plaza de la Cultura y de las Etnias.

Amador había sido uno de los primeros objetivos del enemigo. Las fuerzas invasoras realizaron exactamente los mismos movimientos que habían practicado decenas de veces las semanas anteriores. Antes de la medianoche del 19 ya habían desplegado más de diez tanques y carros de combate en el campo de golf, cruzando la calle del Cuartel.

A cargo del destacamento de la Marina se encontraba el Teniente de Fragata Alberto Douglas. Su superior, Franklin Castrellón, le dijo que los gringos ya habían salido de Clayton y lo instó a resistir. A Douglas no le quedó otra opción que juntar a los cuarenta soldados que estaban de turno en el patio central del cuartel.

- Soldados, llegó la hora, seremos atacados. Recojan su armamento y vístanse de civil. Tienen tres minutos-, ordenó.

Dividió a sus hombres en dos grupos y los mandó a ubicarse en los laterales del edificio, según los planes previos, para la defensa perimetral. Exigió que nadie disparara en tanto no lo hiciera el enemigo, que estaba a menos de cien metros. Tomaron posiciones y esperaron. Estaban tan cerca que hasta se escuchaban las órdenes en inglés que venían del otro lado. Los altavoces escupían la misma letanía con acento portorriqueño que en El Chorrillo.

- Ríndanse y no serán atacados. Entreguen sus almas -, decían pronunciando la r como una l, con el tipico cantito boricua. El doble sentido no le hacía ninguna gracia a los panamañeos. Nadie respondió al llamado.

Los primeros disparos fueron de ametralladora. El manto negro de la noche fue perforado por líneas rojas, las balas trazadoras, las primeras en golpear las paredes del cuartel.

A los diez minutos, el primer bombazo abrió un inmenso boquete en la puerta de entrada. Nunca habían presenciado una explosión de esa magnitud. Los que estaban cuerpo a tierra se levantaron dos metros en el aire. Ante las evidencias de la superioridad enemiga que hacía inviable una defensa, ordenó el repliegue hacia la costa.

En el edificio de al lado, en el Cuartel de los Cholos, Moisés Cortizo y Benjamín Colamarco se dispusieron a la fuga. El primero le ordenó a sus soldados que se subieran a un bus y evacuaran hacia la Comandancia. Ellos irían después en un carro. El bus partió y atravesó la parte trasera del complejo. Se detuvo en el cuartel de la Marina donde encontraron a Douglas que retrocedía con sus hombres hacia el Yacht Club.

-Vamos al Cuartel Central, suban, acá no podemos hacer nada- le propusieron. Douglas rechazó la oferta.

El Bus siguió su camino y en la garita de entrada se detuvo. Divisaron unidades norteamericanas desplegándose.

- Les dije que se fueran sin mirar atrás, ¿qué hacen?- le gritó Cortizo a Colamarco. Vieron al Bus retomar la marcha. A los pocos metros lo alcanzó un misil enemigo que lo hizo explotar por los aires. No hubo sobrevivientes.

Cortizo y Colamarco tomaron un auto y salieron a toda velocidad. Pasaron al lado del bus en llamas. Recibieron varias ráfagas de ametralladora pero lograron escapar. Llegaron a la casa del hermano de Moisés, Nito Cortizo, y dejaron el carro en el garaje. Sin pensarlo dos veces se fueron para el punto de reunión que tenían los batalloneros en la Plaza 5 de Mayo. Esperaban encontrar al menos 150 combatientes. No había más de veinte.

Douglas y sus hombres, a su vez, lograron llegar al mar. A sus espaldas veían el fuego crecer en el Cuartel de Amador. Desde el segundo piso, algunos soldados que se habían escondido allí, presos de las llamas, se lanzaban al vacío. Se escondieron en las lanchas que estaban amarradas. Tiraron sus armas al agua y se mantuvieron en silencio para no despertar sospechas.

Recaudos parecidos tomaban en la casa de Pinto donde Noriega seguía hablando por teléfono rodeado por hombres que lo escuchaban en silencio aferrados a sus armas. Estaban por volver a las calles. Ya tenían decidido el nuevo destino: irían para San Miguelito, a un chalet en el barrio Los Andes N2. Allí vivía Balbina Herrera de Periñán.