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26 de May de 2020

Nacional

Panamá Oeste embotellado

PANAMÁ. Llegaste pasadas las seis de la tarde de este lunes a la Terminal de Albrook y por la cantidad de personas que se tropezaban, pi...

PANAMÁ. Llegaste pasadas las seis de la tarde de este lunes a la Terminal de Albrook y por la cantidad de personas que se tropezaban, piensas que algo trágico ocurrió.

En la medida en que te aproximas, miras las filas de personas que se ramifican por todos lados posibles, hasta en las escaleras, hasta que un guardia de seguridad se aproxime y te obligue a juntarte con la muchedumbre.

Recuerdas la lluvia de la tarde y te viene una idea de lo que pudo haber ocurrido: para quienes viven en Panamá Oeste se sabe que cada vez que cae una gota de lluvia los autos se ‘atacan’ entre ellos.

Las personas se forman en filas que nunca terminan. Puedes leer la ansiedad en los rostros de estas personas, la mayoría trabajadores que residen en la llamada ‘Ciudad Dormitorio’, porque solo regresan unas horas a tirarse a la cama y deben volver a trabajar a la capital.

Te acomodas en el rabo de la fila. El aire es pesado y se hace más pesado cuando se mezcla con sudores y con palabras de alto calibre.

Aunque es inútil creer que esa fila se moverá, te plantas ahí como un árbol en medio del cemento. Las horas pasan y recuerdas que no has comido el almuerzo porque no hubo tiempo en el trabajo. Sales por la cena, te filtras entre esa oleada de gente a uno de los restaurantes del área sur.

Allá, en la zona de comidas hechas, la gente era todavía más. Mujeres con las huellas de la espera en la cara y niños con el uniforme de la escuela esperaban que los cocineros movieran los dedos. Los platos eran siempre los mismos: hamburguesas, papas, arroz y carnes fritas.

Los minutos se consumían lentamente. Los niños, quizás los únicos que aún tenían energías a esa hora, se gastaban bromas entre ellos.

‘LA ENCERRONA’

Algo raro en estos casos, es que no escuchabas a ningún mejor informado que detallara la tragedia, o la encerrona, como la definiría al día siguiente el dirigente transportista Erick Montenegro.

Devoras el plato de arroz con un tenedor de plástico y emprendes el camino nuevamente: buscar la fila de la rampa 27: La Chorrera-Camino. El cordón humano daba varias vueltas como una serpiente herida. Acá te preguntas de dónde sale tanta gente.

El teléfono celular dice que son las ocho. Ha pasado más de una hora y la gente se multiplica. Por más molido del cansancio y del día de trabajo debes pararte firme, de lo contrario te empujarán o te darán codazos que puede derribarte y los golpeadores ni se voltean a ofrecerte un perdón.

Una hora más tarde todo sigue igual. En tu caso. Otros afortunados, de otras rutas, ya han abordado los buses que han llegado a la rampa. Apenas entran, los pasajeros se lanzan a la caza, y en unos segundos quedan casi cien personas en aquellas cabinas vaporosas.

EL VIAJE POR EL MUNDO

Miras a un señor de unos 50 años que tiene una bolsa pegada en la espalda y un cartucho de compras apresado entre los pies. Al menos él se entretiene leyendo la sección internacional de un diario. Piensas en irte a sentar en las salas de espera de las buses de las provincias, pero desistes porque deben estar atestadas y además están fabricadas de un alambre que muerde la carne.

Cuando ya no tienes esperanzas, llega un bus. El conductor lo detiene en el área de estacionamiento. En ese momento ruegas que el conductor encienda el motor y lo estacione en tu rampa, la 27. Pasan diez minutos, veinte y finalmente el bus se arrima. ‘Piel roja’, tiene pintado en la defensa. Se llena al instante. Sabes que aunque estés sentado en el ‘Piel roja’ no puedes cantar victoria.

El ‘Piel roja’ deja la ciudad. En unos veinte minutos estará en Arraiján, piensas. Pero cuando el ‘Piel roja’ pasa El Puente de las Américas su motor parece no tener la fuerza para mover su humanidad y la de los 80 individuos adormecidos que lleva encima.

Por la ventana del ‘Piel roja’ intentas averiguar por qué ocurrió tal tranque. Nada. Solo la noche avanzando, eran casi las once de la noche. Por la hora, ya no hay chivas internas y habrá que tomar un taxi. Haces las cuentas mentalmente y hay recursos para ese imprevisto.

Al día siguiente, preguntas a los transportistas qué ocurrió y te dicen lo mismo: lluvia y un choque de ocho carros a la altura del área conocida como Los Tanques.

El dirigente Montenegro te cuenta que no se podía entrar ni salir de la ciudad. Te agrega que eso pasó como a las cuatro de la tarde, tras el aguacero, y que los buses se quedaron atrapados y desconoce por qué tardaron en quitarlos del camino.

Montenegro te dice que él considera

que es urgente que se amplíe la vía a seis carriles de Howard a la capital.

Vas otra vez para la Terminal, no hay forma de librarse si se vive en el Oeste. Rezas para que lo de ayer no se repita. Pero llovió.