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25 de Oct de 2020

Nacional

De Cuba a Panamá con escala en Bahamas

PANAMÁ. Llevaba el bolsillo lleno de caramelos para el viaje. Había calculado que tardaría 14 horas en recorrer las anheladas 180 millas...

PANAMÁ. Llevaba el bolsillo lleno de caramelos para el viaje. Había calculado que tardaría 14 horas en recorrer las anheladas 180 millas hasta la costa de Florida, pero han pasado ya tres meses y todavía no sabe si el viaje termina. Ya no le quedan caramelos, y de los que comió, nada se nota. En 90 días, Germán ha perdido 35 libras, y ahora tiene las mejillas chupadas, con más hueso que carne.

Es temprano y todavía tienen sueño, pero saborean sus primeras horas de libertad masticando la palabra como si fuera un caramelo al que no se le va el sabor.

De los 19 cubanos que iba a recibir Panamá, sólo han llegado nueve. Dos lograron llegar a Estados Unidos, y a los otros ocho les subieron a un avión, les dijeron que les traerían a Panamá y cuando aterrizaron, se dieron cuenta de que estaban en el Aeropuerto José Martí de La Habana, en Cuba. Eso, ‘un día antes de que llegáramos’, cuenta Guillermo Cochez, representante de la delegación del gobierno panameño que viajó a Bahamas para solicitar la liberación de los cubanos.

No se arrepienten de haber salido; ‘de Cuba uno nunca se arrepiente de salir’, dicen, pero están preocupados por su situación. Todavía no tienen documentos y están a la espera de conocer cuál va a ser su estatus en Panamá. Mañana se reúnen con Cochez, que ya les adelantó que podrían trabajar pronto en el país. Mientras tanto, ruegan por el asilo político prometido y agradecen a la Cruz Roja por arreglar su alojamiento y recepción. Al menos durante los primeros 60 días.

INTENTO SEMIFALLIDO

Para Germán era su intento número 17 de salir de la isla. Junto a su hermano, debían 24,000 pesos cubanos ($900) en multas por huidas infructuosas, aunque él sólo cobra $30 al mes. El objetivo estaba claro: llegar a Miami. Había construido un bote de madera en sólo cinco días, pero el motor estaba viejo, y el viaje, difícil.

–Íbamos para Miami, pero cuando estábamos saliendo de aguas cubanas nos estaba esperando el guardacostas norteamericano –relata.

–¿Qué pensaste?

–Ni sé. Lo primero que vimos fue las luces, porque era la una de la mañana. El viento nos estaba arrastrando para allá, y ya cuando nos señaló con la bombilla nos dimos cuenta de que era un guardacostas norteamiercano el que nos estaba alumbrando. No tuve tiempo de pensar en nada. Yo sólo quería llegar.

–¿Mala suerte?

–Pienso yo que el guardacostas cubano que nos estuvo persiguiendo hasta los límites les informó, porque el gringo prácticamente nos estaba esperando en el borde de los Callos.

Antes de ir ‘allá’, Germán había oído hablar de Bahamas ‘un poquito mal’, pero hasta aquel 8 de junio, las islas caribeñas le sonaban más a paraíso tropical que al infierno que hoy los nueve describen. Ahora, mientras fuma un cigarro tras otro en la puerta del Hostal Casa Cuba, prefiere no recordarlo.

‘La libertad no tiene precio’, repite. ‘Yo estuve en Cuba 19 años preso; era disidente, y en esos años no pasé ni una mínima parte de lo que pasé en Bahamas en dos meses y dos días de estar preso’. Germán cuenta que en Cuba tenían problemas por ‘ideales y formas de pensar’, pero reconoce que nunca ‘se me maltrató, nunca dejé de desayunar, ni de comer, siempre tuve mi atención médica, y nunca se me hicieron nada físicamente, ni a mi ni a mi familia’.

2 MESES Y 40 NOCHES

Ninguno de ellos cometía ningún delito; ingresaron en aguas bahamesas sin que fuera su intención. Sin embargo, lo primero que cuentan son los días que pasaron allí encerrados. ‘Cuatro meses y cinco días’, dice Ramón Machado, sociólogo y ahora exiliado. Para él, todo sucedió de golpe: llueve, el motor se rompe, naufraga, el guardacostas le encuentra, le detienen, vuela a Nassau, le quitan sus cosas, le encierran y de pronto, el sueño americano se desvanece en una nave en la que viven hasta 300 personas con 11 literas, sin abrigo, ni cepillo de dientes, ni jabón para asearse.

El mismo día de su llegada asiste a un espectáculo que le aterra: delante de él y de otros más, colocan a tres cubanos que supuestamente habían intentado escapar. A uno de ellos le fracturan la costilla, y se le clava tanto en un pulmón que después le tendrán que drenar el líquido que le ha entrado por la herida. Les echan agua por encima y les dan corriente para que se levanten. Cuando se arrastran hacia los compañeros, no son más que una masa humana sin forma.

A partir de ese día Ramón empieza a cuidarse. ‘Si tenías un rasguño en la mano ya pensaban que era porque te habías intentado escapar. Te tenías que cuidar las manos más que una mujer’.

En el centro de detención comparte espacio con otros cubanos emigrados y haitianos que han corrido la misma (mala) suerte. En ese tiempo se organizan; conversan porque no pueden gastar muchas energías con el ejercicio, tratan de pensar cómo salir, y mientras, pasan hambre. En menos de siete meses se van dos veces a huelga. Algunos se cosen la boca con alambres y candados.

El silencio de las bocas selladas no queda mudo esta vez y logran hablar con el ACNUR para que su voz se escuche. Otros compañeros que se acogieron a la ley de ’pies secos’, que recibe a los cubanos en Estados Unidos, secundan su huelga desde Miami. Empiezan los trámites para su liberación, pero aún tardará más de un mes. Mientras tanto, las imágenes del maltrato y las golpizas dan la vuelta al mundo en televisión.

–Yo salí de Cuba huyéndole a algo malo, pero nunca me he encontrado nada peor que lo que encontré en Bahamas –cuenta Yudián Chala González.

–¿Por qué crees que recibisteis ese trato?

–El gobierno de Bahamas es aliado a Cuba, es revolucionario igual. Aunque dependen de los norteamericanos, tienen compenetración con Cuba. El gobierno de Panamá había dado una gran oportunidad de sacar a 19 cubanos, pero enseguida Raúl Castro llama a Bahamas y dice que quiere a sus cubanos en Cuba. Aunque uno crea que no, el régimen de Bahamas viene siendo parecido al comunista.

El día de los enamorados, el 14 de febrero, dejó a su mujer y a su hijo en casa. Allá tenía una finca con animales, ‘no es por dinero; yo nunca he compartido el comunismo, me perseguían por mis ideas’, lamenta. ‘Yo estoy en contra del gobierno de Cuba, no del país. El sueño de todo cubano es volver. Si mañana se termina el régimen yo vuelvo a mi isla’. Aunque prefiere no hablar más sobre ella. Teme que si dice algo más de la cuenta no podrá regresar, y recuerda que ‘los brazos del régimen son largos’.

LA ODISEA

Mientras desayunan dos tortillas de maíz con salchichas en una fonda cercana al hostal, Yudián y Jorge Luis tratan de comprar un chip para su celular. Lo primero que quieren es comunicarse con sus familias e interesarse por los que dejaron atrás. Uno de ellos pregunta cómo marcar el código a Bahamas desde su Samsung Galaxy desgastado.

Los primeros días tras la detención ninguno de ellos se podía comunicar con su familia. ‘Es una agonía, no sabían dónde estaba yo, si quedé en el mar todavía, si estoy muerto... La tortura psicológica es la peor, porque tu llegas al centro de detención y hay gente que lleva 11 meses, y nadie te informa ni te dicen nada. Uno no sabe cuánto tiempo vas a pasar allí... y piensas tantas cosas, que al final lo que hacea es atormentarte. Se vive con miedo.’, describe Yudián.

Con el tiempo, fueron aprendiendo trucos para lograr un ‘caramelo’ que dulcificara la espera; la clave que les permitía pasar desapercibidos y salir lo antes posible de ese lugar.

–Gracias a que el cubano las inventa en el aire, teníamos teléfonos, pero los mismos guardas que nos los vendían, cada cinco días venían y nos los requisaban. Siempre teníamos problemas, hasta por la ropa, porque liaban la ropa de todo el mundo y siempre se perdía algo. Ellos lo que estaban esperando es a que surgiera el problema para intervenir con gas pimienta... Cuando había algún problema, decían que la iban a pagar los cubanos.

–¿Dónde los escondían?

–En las ropas y otros lugares que no se pueden publicar, porque sino los 16 que quedan allá... Los hay que llevan hasta un año y el gobierno de Bahamas no quiere soltarlos, no ha decidido dárselos a nadie.

–¿Os discriminaban más que al resto?

–Por ser cubano te escupían delante de ti, a veces, cuando nos liberaron, te ibas a montar en las guaguas y no te dejaban porque eras cubano. ¿Qué daño habíamos hecho?, ¿el daño de publicar lo que está pasando? Alguien tiene que conocer la verdad, hay gente que se está muriendo ahí dentro.

Un día de tumulto y gas lacrimógeno, Yudián vio ahogarse a uno de los detenidos. ‘Ese hombre tenía asma y aclamaba: ’No me dejen morir, yo tengo dinero para pagar las medicinas’. Vino un jefe de seguridad y le dijo que estaba fingiendo. Tratamos de auxiliarle, pero nada. Cuando llegó la ambulancia ya estaba casi muerto. Yo no comprendo las cosas que pasaban ahí’.

ESPERANDO RESPUESTA

Aunque se les ve cansados, están contentos, dicen. Vinieron a Panamá sin muchas certezas, dejando atrás el anhelo de la costa de Florida. Pero detrás de la alegría que impone la palabra ‘liberación’, les queda la amargura de los compañeros que quedaron atrapados en lo que todos definen como el ‘infierno’.

No olvidan, y ruegan para que ‘Naciones Unidas vaya a Bahamas y vea cómo se violan los Derechos Humanos ahí, que se interesen más por lo que pasa en esos centros’.

Pero ahora les preocupa su futuro. Cochez ya les ha asegurado que ACNUR tramitará su visado como asilados políticos, y una vez cuenten con él, podrán trabajar legalmente en el país y comenzar los trámites para traer a su familia y reunirse con ellos.

‘Nosotros somos personas de paz, y de progresar en la vida; somos un pueblo constructivo, y si Panamá nos ayudó, le pedimos que nos alumbre el camino, que nosotros venimos a trabajar’, dice Jorge Luis.