Los familiares de los presos políticos en Venezuela cumplen este lunes, entre la fe y la impaciencia, la quinta noche de espera de nuevas excarcelaciones...
- 24/01/2026 07:10
El cuerpo llega antes que la calma. Olmedo Javier Núñez Peñalba pisó suelo panameño el 23 de enero de 2026, pero su respiración todavía medía el peligro. Caminaba como quien acaba de salir de un lugar donde cualquier gesto podía ser castigado. Vestía una camiseta gris, un pantalón gris oscuro y zapatillas sin historia. No eran suyas. “Cuando nos liberan, nos dan cualquier ropa”, explicó. La suya quedó atrapada en el encierro, junto con los días sin nombre.
Iba rapado, casi afeitado. El rostro al descubierto, pero el cuerpo aún reaccionaba como si siguiera encapuchado. Mientras conversaba con La Estrella de Panamá, sus manos no encontraban reposo. Se acariciaba la cara, el cuello, una y otra vez. Temblaba. No de frío. De memoria. De dolor. De todo el tiempo perdido.
“Me alegro muchísimo porque estoy acá”, repetía, como si decirlo en voz alta ayudara a fijar la libertad en el cuerpo. Su voz mezclaba alivio, sorpresa y una alegría contenida, todavía frágil. Durante meses pensó que ese momento quizá no llegaría. “No imaginé que todo lo que se estaba haciendo por mí fuera tan grande”, confesó.
Horas antes, en el avión que lo trajo desde Caracas a Ciudad de Panamá, la emoción se había manifestado sin discursos. Una persona que viajó a su lado, y que conversó con este diario, recuerda sus ojos húmedos, la mirada fija en un punto invisible. No durmió. Se recostaba, cerraba los ojos por instantes, pero volvía a abrirlos. Como si aún no confiara del todo en la libertad. El vuelo duró dos horas. Para Olmedo, fue un tránsito entre dos vidas.
Su historia de terror comenzó el 10 de junio, cuando el buque Huayquerí N35, en el que trabajaba como marino en labores de búsqueda arqueológica, recibió por radio un aviso de supuesta inspección. Militares armados abordaron la nave. “Les advertí que estaban entrando a un barco con bandera panameña y que no debían subir armados”, relató. No importó. Los acusaron de ser agresores de la patria, de terrorismo.
Al día siguiente, el 11 de junio, el régimen venezolano confirmó la retención del buque, alegando que se encontraba en una zona marítima restringida. Panamá solicitó información. El silencio fue la respuesta.
Desde entonces, el tiempo dejó de avanzar. La incomunicación fue casi absoluta. Durante semanas, su familia no supo dónde estaba ni en qué condiciones se encontraba. “Hasta el 5 de octubre nos dieron oportunidad de una llamada tras la visita de la cónsul de Panamá en Caracas, Susana Thornhill”, recordó. Diez, quince minutos para escuchar voces conocidas, para confirmar que seguían vivos, de un lado y del otro. También tenía derecho a una hora de sol, un respiro mínimo en una rutina diseñada para quebrar.
Durante su reclusión fue separado en pequeños grupos. Los reclusos eran distribuidos en cubículos donde convivían dos personas por celda. Compartió espacios con colombianos, alemanes, rusos, franceses y otros extranjeros. “Intentábamos apoyarnos entre nosotros”, contó. La alimentación era limitada, apenas regular. Perdió peso. El cuerpo se iba adelgazando, pero la esperanza resistía. “Yo confiaba en que iba a salir”, aseveró.
La cárcel Rodeo I, en Caracas, fue uno de los escenarios más duros. “Era tedioso”, resumió. Veintitrés horas encerrado. Una hora de patio en un espacio reducido. “A veces nos hacían creer que íbamos a salir. Nos sacaban, nos llevaban a otro sitio y después nos devolvían”. La esperanza administrada como castigo psicológico.
Esa tortura no siempre dejaba marcas visibles. “Jugaban con tu cabeza”, explicó. Cada vez que lo llamaban, que lo sacaban, que le cortaban el cabello o la barba, no sabía si era para salir o para volver a entrar. “Muchas veces salías y te volvían a meter al penal para desmoralizarte”.
También hubo castigo físico. Relató que lo subían a un cuarto piso, lo desnudaban, lo esposaban con las manos hacia atrás y lo obligaban a dormir en el piso de concreto, sin sábanas ni colchón, expuesto a un frío intenso. “Te amenazaban. Decían: ‘Aquí van a conocer al diablo’”. Los acusaban de terroristas, financiadores del terrorismo. “Nosotros somos marinos. Panamá no tiene terroristas”, dijo.
En esos momentos, la fe se volvió refugio. “Más que todo, pedirle a Dios y pensar en mi familia”, confesó. Hubo instantes en los que creyó que no saldría. La cárcel se fortificaba. Todo parecía prepararse para algo inminente.
La madrugada del 3 de enero, cuando el mundo supo de la captura de Nicolás Maduro tras una operación ejecutado por Estados Unidos, el miedo se intensificó dentro del penal. “Escuchábamos aviones, golpes, gritos. Subieron las medidas de seguridad. No sabían qué iba a pasar con nosotros”. Durante horas, la incertidumbre fue total. Dos días después, el exdictador venezolano se presentaría ante un juez en el Norte y se declararía inocente de cargos de terrorismo y narcotráfico.
De vuelta en Caracas, la noticia de la liberación de Núñez llegó sin aviso. Como todo allí. “Nunca decían nada. Te sacaban esposado, encapuchado. Te daban cualquier ropa y te decían que te vistieras”. Luego vinieron días adicionales bajo custodia, sentado frente a una pared, sin moverse, sin mirar. “Era como seguir preso”.
El 21 de enero, finalmente, salió de un recinto militar. En ese momento, según declaraciones del director ejecutivo del Foro Penal, Alfredo Romero, a ‘La Decana’, Núñez se convirtió en el excarcelado número 155. Dos días después, abordó un vuelo comercial a Panamá junto a Thornhill. Hoy admite que la alegría no es completa. “Estoy aquí, pero solo al 50%. La lucha es por todos”, dijo, pensando en quienes aún permanecen detenidos. “779 presos políticos quedan”, le dijo Romero al diario.
Tras la liberación, Milagros Vergara, esposa de Núñez, habló con La Estrella de Panamá con la voz temblorosa. “Muy emocionante. No tengo palabras. Muy nerviosa. Fueron momentos muy difíciles. Dios tiene un propósito”, dijo.
El canciller Javier Martínez-Acha calificó el regreso como el final de una pesadilla y destacó que fue una prioridad del presidente José Raúl Mulino. “Se violaron todos sus derechos humanos y lo vamos a acompañar”, afirmó.
Ese respaldo se hizo voz en una llamada telefónica. “Que queden atrás los malos días, la injusticia, tu secuestro”, le dijo Mulino. Olmedo respondió con gratitud sencilla: “Como todo panameño y veragüense que soy, orgulloso de mi patria”.
Hoy, Olmedo Javier Núñez Peñalba está libre. Su cuerpo todavía tiembla. La ropa que lleva no es suya. Pero el suelo que pisa sí. Y mientras espera reencontrarse con su familia, comienza, poco a poco, a aprender algo que le fue negado durante meses: respirar sin miedo.