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01 de Apr de 2020

Nacional

Los otros ciento diez años de la República

‘Entrando por el legendario bar La Gruta Azul. Y si no sabes dónde queda, pregúntale a tu marido, o a cualquier miembro masculino de tu ...

‘Entrando por el legendario bar La Gruta Azul. Y si no sabes dónde queda, pregúntale a tu marido, o a cualquier miembro masculino de tu familia’. Así culmina una popular publicidad televisiva, la cual es celebrada por unos y aborrecida por otros. Sin embargo, más allá de lo burda que pueda ser, nadie puede negar su efectividad.

‘El legendario bar La Gruta Azul’, dice el presentador. ¿Sabe dónde queda? ¿Le ha traído recuerdos? ¿Cuál es la risa?

LA OTRA ISLA

En realidad, La Gruta Azul es un popular destino turístico en Italia, visitado por miles de turistas al año y que está ubicada en la isla napolitana de Capri (sí, Capri también es el nombre de un night club acá en Panamá).

Aunque en medio de la tierra, La Gruta Azul, la de Panamá, es como una isla: Flanqueada por altas murallas de concreto, pintadas justamente de color celeste, solo la pueden visitar los hombres, pues, aunque hay muchas viviendo ahí, está vedada para las féminas, ya que es un prostíbulo.

La fama de esta mancebía, que se ubica en la Calle 83 oeste, la Calle Tercera de Río Abajo, la ha ganado por el tiempo de existencia: 110 años de ‘servicio’. Sí, el mismo tiempo que tiene de existencia la República de Panamá.

A lo largo de estas ya 11 décadas, cuatro generaciones de distintos dueños han administrado el local.

Dicen que la prostitución es el trabajo más antiguo del mundo. Si es así, no es ilógico que una de las empresas más viejas del país sea un prostíbulo.

110 años recibiendo a propios y a extraños en un horario que prácticamente le da la vuelta al reloj: de 9 a.m. hasta 3 ó 4 de la madrugada. ¿Cuántas historias no se habrán vivido detrás del, posiblemente, lupanar más viejo de Panamá?

EL ORIGEN

Un guardia de dos metros de altura y con cara de pocos amigos recibe a los visitantes en la entrada. ‘Son dos dólares, no consumibles’. Parece que son las únicas palabras que es capaz de pronunciar.

Una elegante antesala con muebles de jardín le da la bienvenida a los visitantes. En la pared hay un cartelón con las reglas del lugar y dos afiches que resaltan el tiempo que lleva el local en funcionamiento.

Esta nueva terraza es protegida con un muro que se construyó hace unos meses, para remplazar el anterior que agonizaba, tras soportar más de 20 años de miradas indiscretas. Las paredes anteriores fueron elevadas en la década de 1980.

En este espacio al aire libre uno se encontrará con algunas de las muchachas que fuman un cigarrillo mientras conversan con los clientes que escapan del bullicio que hay adentro para ver alguno de los televisores que hay en la terraza.

Después de pagar y de que te coloquen un cintillo, otro seguridad, más afable, revisa y dice un chiste para calmar la tensión, para los que por primera vez ingresan al lugar por curiosidad o por buscar de la compañía de una dama.

Una puerta de madera con un enorme vidrio, que debe ser empujada con fuerza, separa el local del resto del mundo. Una vez pasado el umbral, tres cámaras ayudan a los seguridad a retratar cada uno de los movimientos de los clientes.

Los enormes espejos, en complicidad con las tenues luces, tratan de que la casa del siglo pasado luzca más grande de lo que realmente es. No tiene más de quince mesas, pero cuántas cosas no contarían si pudieran hablar.

A la izquierda las mesas, enfrente el escenario y a la derecha, la barra. Ahí está Mario, un visitante frecuente. A unos minutos de estar en el sitio, todos en el local lo saludan como si hubiera llegado a su casa. ‘Hay varias recién llegadas’, le dice el mesero, y señala con discreción a un grupo de muchachas que están en una esquina. Mario es veterano recorriendo burdeles. ‘Si quieres saber del tema, tienes que hablar con él’, nos dijo un amigo. Mario conoce las historias tras las centenarias paredes.

LA EVOLUCIÓN

Hasta los próceres de la patria pasaron por el lugar para tomarse unos tragos y disfrutar de la compañía de las damas. Según Mario, quien está por cumplir 60 años, hay historias de que por la casa de dos pisos pasaron personajes como Manuel Amador Guerrero, expresidente de la República, y Esteban Huertas, quien fue parte de la revolución que llevó a cabo la Separación de Panamá de Colombia.

En aquellos años, La Gruta Azul era un crisol de razas, pues había mujeres que venían de Chile, Francia, Argentina, Nueva Orleans, Martinica, Curazao, Cuba y otras naciones caribeñas. ‘Ahora la mayoría son de Dominicana y Colombia, muy pocas panameñas. Las nacionales sienten temor de que alguien las identifique’, considera Mario.

Uno de los guardias comenta que todas las sexoservidoras del lugar son colombianas, excepto una, que es de Venezuela.

ORIGEN INCIERTO

El historiador César del Vasto no coincide con lo que dice Mario ni con la fecha de apertura del establecimiento porque, según sus investigaciones, el burdel nace en los años de 1930. Además, los próceres de la patria siempre fueron cultos y duda que ‘visitaran estos lugares en los arrabales’.

La residencia de las ‘damas de media noche’, como las llama de cariño Mario, surge como una casa de madera, debido a que Río Abajo fue designado por los Estados Unidos como el lugar para reubicar a los trabajadores antillanos que llegaron para los trabajos del Canal de Panamá.

El gobierno norteamericano de la época los ubicó en Las Sabanas de Río Abajo en las entonces afueras de la ciudad. Ahí Estados Unidos les edificó casas de madera, de las que, a la fecha, quedan pocas.

Contrario a lo que indica Del Vasto y coincidiendo con lo mencionado por Mario, un trabajador de La Nueva Gruta Azul comenta que dentro del sitio hay una fotografía de uno de los miembros de la Junta Provisional de Gobierno de 1903 y que luego fuera presidente de Panamá.

HISTORIAS DRAMÁTICAS

La casa ha sufrido varias remodelaciones en los años de 1980, 1995, 2003, 2004 y 2009, además de los trabajos que se hacen actualmente. Sin embargo, los cambios estructurales no borran el recuerdo de las historias de terror y amor que, según César del Vasto, se viven ahí.

—Los amores surgían —según el historiador— porque el tiempo que se pasaba con la sexoservidora no era como ahora, que cobran 20 dólares por quince minutos. Antes, el tiempo que se compartía con las mujeres era por más de cinco horas y el costo era de $2 a $5 por noche.

Mario dice que tiene conocimiento de que hubo un momento en que una ‘subida’ a las habitaciones se cobraba a cincuenta centavos.

Aunque todas las habitaciones están en la planta baja, unos 25 cuartos aproximadamente, se le dice ‘subida’ al hecho de entrar a los cuartos con una de las mujeres, porque antes estos servicios se ofrecían en el segundo piso del caserón. Posiblemente fue en el segundo alto donde muchos de esos tormentosos amores se engendraron.

Esas prohibidas pasiones, cuentan, ocasionaba que los mismos clientes se llegaran a pelear por las mujeres. Muchos de estos hombres eran soldados norteamericanos.

De esta confusión entre negocio y sentimientos, resultaba que en varias ocasiones las alternadoras terminaban embarazadas, asegura Mario.

El veterano hombre, que recorre cada uno de los burdeles de la ciudad, hace una pausa de unos segundos para tomar aire y beber un sorbo de cerveza. Sigue con el relato, no sin antes pedir la segunda ronda, esta vez de bebidas nacionales. ‘A las mujeres las obligaban a abortar’, comenta. El tétrico relato no coincide con el ambiente: son las 9:30 p.m., se escucha el bullicio de las conversaciones que luchan por superar el estruendo de la bachata que sale de las bocinas que parecieran a punto de reventar.

Decir que a las mujeres las obligaban abortar no era nada sorprendente, según Mario, pues era un secreto a voces: ‘Detrás de aquí (del local) se dice que fueron enterrados cada uno de los cuerpecitos que no lograron ver la luz del sol y respirar’.

La interrupción de los embarazos no son los únicos hechos de violencia que se han dado en el sitio, porque continuas reyertas entre marines estadounidenses y policías panameños, a los que se sumaron buenos peleadores del barrio de El Chorrillo, Calidonia y alrededores, dejando a muchos gringos con aliento etílico en los hospitales zoneítas.

LA GRUTA SANGRIENTA

En el siglo de existencia hay muchas historias que se quedan dentro de los cuartitos en los que muchos hombres tratan de escapar de su realidad y buscar unos quince minutos de placer.

Martes 17 de febrero de 1987 en el poblado de Melchi, provincia de Colón. José Beladino Vásquez tomó notoriedad. Hijo de Manuel Vásquez López, empresario español, propietario de La Gruta Azul quien fue asesinado a tiros.

Las pesquisas judiciales detallan que a José Beladino Vásquez se le considera autor intelectual del homicidio de su padre para quedarse con el negocio. En la década de 1980 la fortuna del empresario español se calculaba en cinco millones de dólares.

El caso que estremeció la época tomó fuerza cuando miembros de las extintas Fuerzas de Defensa de Panamá se mencionaron en el caso. Dentro de las sumarias instruidas por la Fiscalía Tercera Superior, los militares Jesús Correa, Jorge Eliécer Bernal y José Beladino ‘Pepe’ Vásquez figuran como los principales responsables del crimen.

HISTORIAS ANÓNIMAS Y SECRETAS

Los episodios aquí narrados sobre La Gruta Azul no son los únicos y tampoco serán los últimos. Mientras haya quienes quieran subir por quince minutos que los hace sentirse más cerca del cielo, cada día habrá una nueva historia por contar.