La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Nacional

Justo Arosemena y el Congreso americano de Lima (1864-1865)

Este congreso le significa a Arosemena la oportunidad de concluir la obra de estadista que había iniciado con la declaración del Estado de Panamá

He sido invitado por la Comisión del Bicentenario del Nacimiento de don Justo Arosemena para hablar de su entrañable legado latinoamericanista, de su visión de la patria grande. Para ello propongo imaginarlo un 28 de octubre de 1864 en Lima, donde se encuentra desde principios de año en calidad de ministro plenipotenciario de la federación colombiana, para incitar a la instalación de un congreso de unión hispanoamericana, y una vez constatada la igualdad de miras con los gobiernos de Perú y Chile, para apoyar activamente su realización.

Acaba de cumplir 47 años y está en el apogeo de su vida intelectual: en el siglo de los constitucionalistas, es uno de los más grandes. Nueve años atrás había liderado la transformación de Panamá en un Estado soberano, culminación del sueño mayor de su pueblo, y había vertido la suma de sus reflexiones sobre el federalismo en una obra maestra que servirá de guía para las futuras generaciones, Estado Federal de Panamá.

Ese viernes 28 de octubre tiene dos citas. La primera es para recoger su nuevo libro, Estudio sobre la idea de una liga americana , obra esencial para el pensamiento integracionista y uno de los más importantes legados intelectuales del siglo XIX. Su editorial está situada en la calle Huallaga 139 y la administra José Huerta, a quien muy probablemente conoce desde los años cuarenta, cuando fue redactor de varios periódicos peruanos y tuvo trato con la industria editorial limeña, por entonces una de las más prestigiosas del continente. La calle lleva el nombre del río Huallaga desde hace dos años; antes de 1862, cada cuadra de Lima tenía su propia denominación: la tercera viniendo de la Plaza de Armas, la correspondiente al 139, se llamaba Melchormalo, como figura entre paréntesis en el pie de imprenta de su libro.

Las 170 páginas de encuadernado rústico se abren con una cita tirada de la prensa peruana donde se recomienda a los plenipotenciarios del Congreso: ‘Que la razón y la calma dirijan [sus] debates, y la sabiduría y la justicia presidan [sus] resoluciones'. El lema no es retórico: anuncia el tono y la letra del libro, así como la actitud de Arosemena frente a los agitados debates del Congreso cuya agenda pronto incluirá las tareas de una mediación internacional. Al final del libro está un índice que, a mi conocimiento, no se ha conservado en ninguna de las reimpresiones, aunque con ello han dejado al lector sin una preciosa guía para comprender su estructura temática.

Los capítulos primero a octavo, se dedican a estudiar —el término es exacto— los modelos confederales de las ligas griegas, las ligas italianas, el imperio y la confederación germánica, las uniones más recientes de Italia, Suiza, Holanda y Estados Unidos. Del capítulo nueve al decimocuarto, Arosemena explica el proceso independentista hispanoamericano y los ensayos unionistas que nacen con el Congreso de Panamá en 1826 y continúan con el primer Congreso americano de Lima de 1847 a 1848 y el Tratado Continental de Santiago de Chile de 1856. Se refiere a estas iniciativas como a una serie única de empresas diplomáticas que responden al ideal bolivariano de unión anfictiónica y operan como una sucesión de experiencias, de conocimientos acumulativos.

DR. JUSTO AROSEMENA

El Estado Federal de Panamá

En el ‘Estado Federal de Panamá' Justo Arosemena expone los antecedentes históricos y culturales de la nacionalidad panameña. Este libro fue un texto que tuvo repercusiones inmediatas en la historia de la región. Asimismo influyó de forma definitiva en el desarrollo político del istmo de Panamá. También reordenó su relación con la Nueva Granada, del que formaba parte en la época. Arosemena cimentó aquí los modelos de gobernabilidad de un sistema federal. En consecuencia las ideas que aquí proclamó constituyeron la base ideológica de un país ansioso de ejercer su propia soberanía. Aunque Arosemena no vivió para ver su sueño hecho realidad, cabe decir que pudo definirlo con lucidez.

Arosemena se remite aquí a ejemplos de la antigüedad clásica. Desarrolla una visión de la economía y del valor estratégico de Panamá. Y tiene muy en cuenta el contexto geopolítico del continente americano en la segunda mitad del siglo XIX. Finalmente cabe añadir que Arosemena fue un convencido defensor de la integración de Latinoamérica. Así lo demuestra su presencia en el Tratado de unión y alianza defensiva entre los Estados América de 1865.

Fragmento del Prefacio de Rodrigo Miró Grimaldo

Del capítulo decimoquinto al decimoctavo, Arosemena perfila las ideas que deben servir a las discusiones del Congreso, del cual no será su presidente (honor que se confiere al delegado del país anfitrión, por entonces en abierto conflicto con España), sino el alma y en buena media, la letra de sus resultados. En conclusión de este magno libro, Arosemena incluye un proyecto de tratado confederal compuesto de veinte artículos, entre los cuales destaca la creación de una asamblea permanente; la protección de la acción libre de los países dentro de la Confederación; el rechazo a las agresiones y cambios de régimen impuesto desde afuera; el compromiso de recurrir al arbitraje para dirimir las controversias, en particular limítrofes, y el establecimiento de la ciudadanía común incluso para las funciones diplomáticas.

EL CONGRESO Y SUS OBJETIVOS

La segunda cita de ese día la tiene en el palacio de Torre Tagle, en la calle de San Pedro, hoy Jirón Ucayali, también a tres cuadras de la Plaza de Armas. Hará unos años, cuando se cumplía siglo y medio de la aparición del libro, hice el recorrido del jirón Huallaga hasta Torre Tagle y para mi sorpresa, se encuentra a solo dos cuadras de distancia, en una calle paralela, trayecto entorpecido por un intenso tráfico automovilístico y ríos de gente, como entonces lo sería por puestos de venta, calesas y calesines, carruajes, ruidosos coches de colleras y ocasionales diligencias.

En horas de la tarde de ese día, Arosemena debe asistir a la primera conferencia formal del Segundo Congreso americano de Lima junto a los representantes de otras siete repúblicas. Desde hace un par de semanas se reúnen informalmente en casa del ministro chileno para ajustar la agenda del Congreso y un mes más tarde, el 14 de noviembre, tendrá lugar la instalación pública y oficial, con honores militares, discursos de ocasión y la aglomeración de gente esperanzada en la unión de las antiguas provincias de la América española.

PERO ESE 28 DE OCTUBRE ES EL VERDADERO COMIENZO.

Munido de varios ejemplares de su libro, Arosemena se reúne con Domingo Faustino Sarmiento, representante de la Argentina, Juan de la Cruz Benavente, delegado por Bolivia, Manuel Montt, por Chile, Vicente Piedrahita, por Ecuador, Pedro Alcántara Herrán, por El Salvador, Antonio Leocadio Guzmán, por Venezuela y José Gregorio Paz Soldán por Perú. Como previsto, intercambian las credenciales y se anuncia que la falta de poderes de Alcántara Herrán y Sarmiento se resolverá pronto.

Semanas después, Alcántara recibe los poderes, no de El Salvador, sino de la república de Guatemala y Arosemena dilucida el caso con el anuncio de que es Mariano Arosemena, prócer de la independencia panameña y padre suyo, quien ha obtenido la representación de El Salvador. Con esto se eleva a ocho el número de países acreditados, cuórum que será definitivo porque Sarmiento nunca recibe los poderes de parte del presidente Bartolomé Mitre, más interesado en preparar la Guerra de la Triple Alianza que en la solidaridad americana.

Una vez iniciadas las conferencias formales, el representante de Venezuela invita a Arosemena para que presente ‘su excelente proyecto de tratado para fundar la liga sudamericana [con el fin de que constituya la] base de discusión [del] Congreso'. La solicitud de Guzmán es puramente formal; para entonces los delegados ya conocen el libro que califican de ‘verdadera expresión del pensamiento de los Congresos de Panamá y Lima, y del Tratado tripartito de 1856'; sin mayor discusión lo adoptan como base de las convenciones particulares que empiezan a redactar por esos días.

Cabe precisar que, a lo largo de sus 56 sesiones, el Congreso atiende dos asuntos mayores: el primero tiene que ver con el desarrollo del conflicto de España con Perú, luego con Chile, y que terminará sustrayendo un tiempo considerable a las deliberaciones de la asamblea. En adición a varias gestiones diplomáticas, en las cuales defienden la soberanía peruana, cuatro de los países representados concluyen un tratado de alianza y declaran la guerra a España entre mediados de 1865 y principios de 1866; entre estos países no se encuentra Colombia, cuyo senado y poder ejecutivo (anterior a Tomás C. Mosquera) han tomado la decisión de mantenerse neutrales, pero no es la actitud de Arosemena, quien apoya la causa sudamericana aun antes de la instalación de la asamblea.

El otro asunto del Congreso, el principal, es la creación de una confederación hispanoamericana con tres objetivos, todos ellos encausados por las reflexiones vertidas en el Estudio sobre la idea de una liga americana:

El primero, organizar un frente defensivo ante la múltiple amenaza externa, amenaza materializada en el caso de México con la pérdida de la mitad de su territorio en la guerra de 1846-48 y la venta forzada de La Mesilla a Estados Unidos un lustro después; en Centroamérica con las expediciones de filibusteros, sobre todo en Nicaragua, país al que William Walker pretende cambiarle el idioma, implantar la esclavitud, anexarlo a Estados Unidos y abrirle un paso interoceánico; en México, nuevamente, con la invasión de Francia, Gran Bretaña y España, y que al momento de las labores del Congreso todavía tiene en su capital a un monarca Habsburgo protegido por las tropas de Napoleón III; en Santo Domingo, anexada a España de 1861 a 1865, cuando triunfa la guerra de Restauración; y en el Perú, cuyas islas Chincha, origen de la tercera parte de sus ingresos fiscales, son ocupadas por una cuadrilla española.

DR. GERMÁN A. DE LA REZA

Doctor en teoría de sistemas con aplicación a integración económica, Universidad Toulouse Le Mirail, Francia. Profesor-investigador del Departamento de Economía de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Unidad Azcapotzalco, México. Investigador Nacional y conferencista del Instituto Matías Romero de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México.

El segundo objetivo del Congreso es la creación de un mecanismo de arbitraje internacional que deberá esperar hasta finales del siglo XIX para su primera instrumentación en la Corte internacional de la Haya. Por lo pronto, al momento de realizarse el Congreso de Lima, la paz internacional la respaldan exclusivamente los tratados que los vencedores imponen a los vencidos y duran el tiempo que a estos últimos les toma recuperarse.

El tercer y último objetivo tiene por fin disminuir o erradicar los obstáculos aduaneros al comercio hispanoamericano, aranceles creados para paliar el déficit fiscal de las nuevas repúblicas y que habían redundado en el aislamiento económico y la mayor dependencia frente a las potencias externas, protegidas por tratados comerciales inequitativos. El propósito, en este caso, consiste en establecer un arancel preferencial para los productos confederados e instituir la libre navegación en el inmenso sistema fluvial latinoamericano.

LOS TRATADOS DE LIMA

Luego de casi cinco meses, el 12 marzo de 1865 los plenipotenciarios suscriben el último de los cuatro tratados confederales. El más importante, el de unión y alianza defensiva, tiene a Arosemena y a Montt como responsables intelectuales de sus provisiones; el Tratado sobre conservación de la paz se origina en la pormenorizada propuesta de Arosemena de crear un sistema de arbitraje para la solución de conflictos; el de correos también se inspira en un borrador del panameño y está dirigido a reforzar ‘las prácticas y reglamentos' de la administración postal en cada país. El Tratado de comercio y navegación, finalmente, un esfuerzo de síntesis de diversas propuestas realizado por Arosemena busca estrechar las relaciones entre los confederados ‘por medio de relaciones comerciales, que son las más a propósito para conseguir dicho fin'. Ese convenio introduce elementos avanzados para la integración internacional de entonces y aún de hoy, como la movilidad laboral y la creación de una moneda común, descrita como una pieza de plata igual en peso, diámetro y ley a la de cinco francos franceses.

‘La ausencia del Rey y la despedida de Iglesias marcan el fin de una etapa' La ausencia del Rey y la despedida de Iglesias marcan el fin de una etapa' La ausencia del Rey y la despedida de Ig

Hoy sabemos que ninguno de los tratados fue ratificado por los países representados y que el último congreso de unión confederal sucumbió a los efectos de las primeras guerras de conquista entre latinoamericanos, en particular la Guerra de la Triple Alianza, que diezmó la población del Paraguay y redujo a una mínima porción su territorio, y la Guerra del Pacífico, que dejó sin salida al mar a Bolivia y ha eternizado el conflicto en su vertiente diplomática.

¿Las aspiraciones del Segundo Congreso de Lima eran utópicas, como afirman algunos críticos? Oponerse a un proyecto de tal envergadura hasta lograr desbancarlo no otorga facultades proféticas a sus detractores. Más bien observemos que algunas de las provisiones de los tratados de 1865 fueron regla natural hasta 1810, como la nacionalidad común, o que andando el tiempo otra parte de ellas se incluirá en el derecho internacional, como las provisiones sobre la igualdad jurídica de las naciones y el arbitraje, o se adoptará en esquemas de integración latinoamericanos y de otras partes del mundo, como las zonas preferenciales, la unión monetaria y el libre tránsito de personas.

También es oportuno recordar que, a pesar del revés de sus tratados, el Congreso contribuyó a contener las agresiones externas que fueron objeto de su preocupación: la alianza de sus participantes jugó un papel destacado en los aspectos diplomáticos de la victoria peruano-chilena sobre España y, en menor medida, en el aislamiento de Francia en partes de América por su ocupación de México, encareciendo políticamente la presencia de sus tropas en ese país.

FICHA

Es catalogado por algunos autores como ‘el panameño más relevante del siglo XIX'

Dr. Justo Arosemena

Hijo de don Mariano Arosemena, prócer de la Independencia de Panamá de España en 1821. Ve la luz el 9 de agosto de 1817 y fallece el 23 de febrero de 1896.

Dedicó su vida a la defensa de la autonomía nacional. En 1855 fue designado primer gobernador del Estado Federal de Panamá, posición a la que renunció a los pocos meses.

En 1863 fue presidente de la Convención Nacional de Río Negro por la que Colombia pasa a ser una confederación de Estados Soberanos, entre los que se encontraba Panamá. Los múltiples estudios constitucionales de Justo Arosemena, encierran el análisis de las constituciones americanas.

LEGADO DE AROSEMENA

Ya en la última parte de este breve trabajo, quisiera ponderar el acto de justicia que representa poner el Congreso de 1864-65 al frente de las obras de Arosemena: ese magno evento representa en cierta forma su más alta contribución; permítanme substanciar esta idea en los minutos que me quedan. En Estado Federal de Panamá, hay una frase que puede resumir el pensamiento y la praxis constitucionalista de Arosemena:

Busquemos […] por medio de asociaciones de pueblos, los medios de acercanos en lo posible al grado de fuerza que admiramos y tememos en las grandes naciones, pero dejando a los asociados su gobierno propio, en toda la extensión compatible con el poder general indispensable para la seguridad común.

Ser partícipe de la compleja realidad panameña le permite a Arosemena identificar con precisión el delicado equilibrio que existe entre los distintos niveles de gobierno. El punto de encuentro constituye en realidad el balance de fuerzas cohesivas y desintegradoras que es necesario entender en sus distintas lógicas. Bajo ese enfoque, no puede haber incongruencia entre llevar a Panamá a la soberanía estatal y abogar en Lima a favor de la Confederación, sino más bien una coherencia programática y una superior comprensión del régimen anfictiónico bolivariano.

En el primer nivel, Arosemena impulsa el gobierno propio de una población con identidad e intereses específicos, cuya vocación hanseática la sabe indispensable para la paz y el progreso; en otro nivel, hace de Colombia una federación capaz de volver a articular los estados que componían la Gran República fundada por Bolívar. En el nivel más amplio, alimentado por lazos de historia, sangre, lengua, religión y aspiraciones comunes, propone forjar un organismo general destinado a la unificación defensiva, a instituir un mecanismo de pacificación y a crear un mercado común para los productos hispanoamericanos, todo esto sin restarle soberanía a los países integrantes.

Desde esa perspectiva, el Congreso americano de Lima le significa a Arosemena la oportunidad de concluir la obra de estadista que había iniciado con la declaración del Estado de Panamá y proseguido con la creación de los Estados Unidos de Colombia y la Constitución de Rionegro, tarea conclusiva que su libro alumbra desde la primera conferencia formal del Congreso de Lima poniendo al alcance de los plenipotenciarios las herramientas fundamentales de su labor unionista. Más trascendental, proporcionando a su amplia posteridad una visión que es también una metodología, y un llamado a la evidencia de que todavía falta la última parte de nuestra formación independiente: la integración latinoamericana.