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17 de Oct de 2019

Nacional

Invasión, cruce de víctimas y victimarios

Fernando Brathwaite y Raymond Dragseth —el primero, un panameño; y el segundo, un gringo— no se conocían. Lo hicieron el día de la invasión y fallecieron uno al lado del otro dos días después. Dos balas, dos seres humanos… un mismo verdugo

El sol y el tráfico revolvían el encanto de Santa Ana aquel viernes 9 de noviembre. El encuentro pactado era a medio día en el Café Coca Cola con Fernando Brathwaite, hijo. A sus 37 años, la muerte de su padre todavía pesa sobre él.

De tez oscura y dentadura casi perfecta, me espera con un suéter negro, jeans y sin ánimo para fotos. Me muestra una de su celular. Es la misma que publicó en su red social años atrás, un 27 de diciembre, recordando el cumpleaños de su papá. En el rostro de ‘Nando', como le decían a su padre, se dibuja una sonrisa, idéntica a la de su hijo.

-No quiero escarbar en una historia que sé que no va a terminar en nada. Solo va a traer más dolor, dijo mientras bebía el jugo de naranja que pidió a la mesera unos minutos antes.

El bullicio del café le obligaba a subir la voz. El mismo café tiene sus propias anécdotas sobre la invasión. En 2015, Panos Contos, uno de los dueños desde hace 38 años, contó a un periodista que refugiaron a mujeres y niños en el local durante la invasión.

Fernando tiene hoy 37 años, justo la edad que su papá hubiese cumplido el 27 de diciembre de 1989. Vive en Santa Ana y trabaja en una terminal de combustible. Él tenía ocho años y su hermana Sandra, tan solo seis, cuando aquel 20 de diciembre llegó una tía a la casa en Pueblo Nuevo a darle la noticia. ‘Nunca nos dijeron qué pasó exactamente. Mi tía llegó ese día llorando histérica. Yo estaba jugando en el parque y me dice: ¿Tú sabes qué pasó?'.

EL GOLPE QUE ESTREMECIÓ SU VIDA

El 20 de diciembre de 1989 Fernando ‘Nando' Ernesto Brathwaite Forbes, ciudadano panameño, fue raptado por tres unidades de la extinta Unidad Especial de Servicio Antiterror (UESAT) —una tropa leal al exdictador Manuel Antonio Noriega—. Se dirigía, según recuerda su hijo, a visitar a su mamá, que en ese entonces vivía en calle 12, Río Abajo. Allí fue interceptado y llevado al cuartel de Bethania.

‘Nando' trabajaba en el departamento de mensajería de la embajada de los Estados Unidos. A pesar de ser panameño, estaba fichado en ‘la lista' para ser capturado en un plan de secuestro de ciudadanos norteamericanos que perpetró el régimen militar apenas cayeron las primeras bombas estadounidenses. Miembros de la UESAT tenían definidos nombres, lugares de trabajo y dirección de todos los norteamericanos para capturarlos y poder intercambiar o negociar dichos rehenes cuando estallara la guerra.

Cumplida la amenaza, cuando empezaron a caer las primeras bombas, un grupo de oficiales se dispuso a recorrer las calles de la capital, convertidas en un caos. A eso de la 1:30 a.m. alcanzan Punta Paitilla, epicentro de la élite criolla, donde buscan a más norteamericanos de la lista. Llegan al apartamento 4 del Edificio Sonesta, donde vivía Raymond Dragseth, un profesor del Panama Canal College que vivía con su esposa y sus suegros. Después de irrumpir en el apartamento, se lo llevan a la fuerza.

El Toyota sedán blanco esperaba abajo. ‘Nando' ya había sido apresado en Río Abajo. Él y Raymond compartirían 48 horas de terror. Fueron atados de manos, golpeados, pateados y encerrados en el baúl del Toyota.

La sentencia de muerte se ejecutó en Chivo Chivo. Según el auto de enjuiciamiento, ahí fueron llevados luego de estar encerrados en un baño. Ahí se les acribilló después de ser esposados y amordazados en el maletero del automóvil. El autor material fue Juan Barría Jiménez, quien estaba armado con un fusil T-65, arma militar de largo alcance.

Al igual que Fernando, Raymond tenía dos hijos: una de 20 años y otro de 18, que ese año pasarían la Navidad en casa para luego retornar a Estados Unidos. Pero la invasión frustró los planes familiares, robándoles a su padre.

La vida nunca volvió a ser igual. Fernando tuvo que salir a trabajar, a buscarse los ‘realitos' desde los 11 años. Solo estudió hasta noveno grado. Después tendría que ir cada día hasta la casa de su abuela a buscar una vasija con comida. Todo con tal de sobrevivir, porque las respuestas jamás llegarían.

Como los hijos de Raymond y Nando, cientos de panameños perdieron a un padre o una madre durante la Invasión. No conocemos la cifra exacta y quizás nunca se conozca, porque aún persisten fosas clandestinas cuya ubicación no ha revelado el gobierno norteamericano. La lista preliminar de víctimas suma un poco más de 380, mientras que la Asociación de Víctimas y Familiares de los Caídos del 20 de Diciembre las calcula en miles. Por otro lado, hay al menos 11 desaparecidos, 19 cuerpos desconocidos y tres casos de presunción de muerte; es decir, personas cuyo paradero se desconoce.

Hoy, 29 años después, Fernando contiene una lágrima que se traga el bullicio del Café Coca Cola para no recordar ‘algo por lo que ya no se puede hacer nada'. Es la misma lágrima que sí soltó Victoria Dragseth, esposa de Raymond, unos días después en el mismo apartamento donde capturaron a su esposo hace 29 años.

Victoria ‘Vicky' Dragseth Geneteau abre la puerta del apartamento 4. Ahí se encuentra el clóset donde se escondió con su esposo, pero no está la puerta que golpearon los oficiales de la UESAT. Unos hombres vestidos de montuno irrumpieron en los apartamentos, siguiendo la información recopilada acerca de los americanos que vivían en la ciudad. Dragseth estaba fichado y todo conspiró en su contra ese día.

Luego del secuestro y ante las llamadas que ‘ignoró' la embajada americana, ‘Vicky' apareció en medios de comunicación para denuncia la desaparición y secuestro de su esposo la madrugada del 20 de diciembre, aproximadamente a la 1:30 a.m.

Se abre el expediente ‘de oficio' por la desaparición de Dragseth. Es el único expediente voluminoso, con 14 tomos de 500 fojas aproximadamente cada uno, de una víctima de la invasión y el único –hasta ahora - que terminó en juicio y condena. Todos los demás fueron cerrados con sobreseimiento impersonal. A ninguna víctima panameña se le hizo autopsia. Brathwaite fue incluido en el expediente después. Los abogados que impulsaron el proceso fueron pagados por el gobierno norteamericano, el mismo que evadió todas las demandas que interpusieron las partes panameñas afectadas. La compensación por parte de los norteamericanos tampoco llegó.

FUERZA EXCESIVA

La última imagen que recuerda Fernando de su padre es la que pasaban por la televisión, adonde se le veía con un tiro en el pecho. ‘Es uno de los cuerpos que más claro se ve. Es el tercero de derecha a izquierda con una camiseta'.

El guión adelantaba las imágenes del bombardeo en El Chorrillo. Acto seguido pasaban el paneo con los cadáveres, entre los cuales estaba Fernando Brathwaite al lado de Raymond Dragseth.

—¿Te dolió que hubiese sido un panameño el que haya halado el gatillo?

—¡Claro! Aunque yo sé que ahí tuvo que haber una orden superior y a los que condenaron solo eran la parte inferior del eslabón. Mi papá hablaba español, no pudieron haberlo confundido. Eso se venía tramando desde hace rato, si no hubiese sucedido la invasión, no sé si hubiesen actuado de esa manera (matándolos). Ya ellos estaban ‘fichados'.

—¿Sientes rencor hacia los gringos o los militares?

—No siento rencor. Fue algo que pasó y por lo que ya no se puede hacer nada. Somos víctimas de algo que nunca debió haber sucedido, porque la magnitud y el exceso de la fuerza con que se perpetró era innecesaria.

La viuda de Dragseth piensa lo mismo. ‘Esa invasión no era necesaria porque la querida de Noriega -Vicky Amado- vivía en el edificio de al lado. Noriega sólo comía allí porque tenía miedo de ser envenenado. Todo el mundo sabía cuándo estaba allí, pudieron agarrarlo cuando querían', contó mientras el cielo se ennegrecía, anunciando la lluvia al caer la tarde.

Ambos cadáveres fueron encontrados en Ojo en Agua un día después de que cayera la artillería norteamericana aquella madrugada del 20 de diciembre de 1989, hace 29 años. Ambos habían sido secuestrados el mismo día, muertos a tiros probablemente al mismo tiempo y sus cuerpos, abandonados en el mismo lugar.

Y todos esos casos fueron cerrados con sobreseimiento impersonal y sin autopsia legal para panameños, sólo reconocimiento de cadáveres. La Comisión, que se cristalizó en el 2016, 26 años después de la invasión, aún tiene un arduo trabajo por delante. Establecer qué derechos humanos se violaron para cada víctima de las más de 380 que se encuentran en la lista preliminar. El número de víctimas ‘nunca se sabrá ciertamente', porque como reconocieron varias fuentes, hubo fosas clandestinas y cadáveres que se tiraron al mar.

Una justicia que quedó a deber. ‘No quiero hablar del tema, me perturba', dijo un jurista de amplia trayectoria que participó en uno de los casos como defensa.

Puede haber algo de sumisión intrínseca en la nobleza del panameño, pragmatismo, tal vez. ‘Pro mundi beneficio', reza el escudo del Istmo. Una decisión de obviar el mea culpa para no desenterrar lo malo. Pero la historia es un bumerán que siempre retorna. Y golpea a los desprevenidos...o a los desmemoriados.