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24 de Jul de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Un camino interior

Cada hombre, cada mujer, avanza hacia una meta, recorre un camino en la vida. No siempre tenemos claro el objetivo, el destino hacia el ...

Cada hombre, cada mujer, avanza hacia una meta, recorre un camino en la vida. No siempre tenemos claro el objetivo, el destino hacia el que se dirigen nuestros pasos.

Muchas veces pensamos solo en las etapas intermedias. Unos estudios, un trabajo, la familia, una enfermedad, el pago del alquiler o la hipoteca, el regreso de un amigo.

Otras veces, en una lucidez profunda, percibimos que esta tierra no es nuestra patria definitiva, que no nacimos para el tiempo, que no vivimos para lo efímero.

¿Cuál es, entonces, la meta verdadera? ¿Hacia dónde camina nuestro corazón? ¿En qué puerto anclaremos para siempre? ¿Por qué no nos basta el viento, la lluvia, el sol, el cielo de este mundo efímero y bello, complejo y problemático, angustiante y lleno de esperanzas?

Las preguntas buscan respuestas profundas y ciertas. No basta el deseo para estar seguros de haber encontrado aquello que da sentido a nuestros pasos. Necesitamos encontrar la luz suficiente, la máxima certeza posible, respecto de la meta última.

Mientras, el tiempo pasa y las opciones escriben nuestra biografía. Páginas hermosas o tristes quedan atrás. No sabemos cuántos años, meses, días, podremos seguir en camino. Pero sí sabemos que lo que hoy hacemos marca de modo profundo, misterioso, el futuro que se acerca, que llegará de modo inexorable, completo, definitivo.

El camino interior nos invita a mirar lejos. La garantía máxima, la seguridad completa, sólo puede venir de un Creador bueno, de un Amigo sincero, de un Dios interesado por los hombres, de un Cristo que da su Sangre y su Carne como alimento para las jornadas de cansancio.

Sabemos, por fin, cuál es la meta de llegada.

Para el cristiano, el cielo es el hogar eterno, en el que hay lugar para la llegada de los hijos buenos. Allí el Padre abrazará a quienes dijeron sí a la gracia, a quienes se dejaron lavar por el agua del bautismo y por la Sangre del Cordero.

- El autor es sacerdote y escribe desde Roma.fpa@arcol.org.