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04 de Apr de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

El derecho a la vida

Al escuchar las palabras del ministro de Gobierno y Justicia, José Raúl Mulino, sobre las acciones que hay que tomar referente a los eva...

Al escuchar las palabras del ministro de Gobierno y Justicia, José Raúl Mulino, sobre las acciones que hay que tomar referente a los evadidos de la cárcel, quedé en pausa y recordé de inmediato aquella noche que mi hijo tuvo que negociar por su vida al ser atacado por un delincuente, y de Miriam, aquella mujer que por meses atendí, debido a que un desalmado le quitó el derecho de vivir a su hijo Francisco de 23 años.

Después de un tiempo Miriam me pidió que fuera a hablar con el asesino y le preguntara el motivo por el que hizo tan despiadada acción. Después de hacer los trámites correspondientes visité a Jorge, pandillero desde los 12 años. Ese día cumplía 18. Jamás se me olvidará su mirada desafiante. Al decirle que él era tan hijo de Dios como Francisco, me confesó con lágrimas lo sucedido y que estaba arrepentido.

Comprendo la actitud del señor ministro, me identifico con las víctimas y sus familiares, igualmente comprendo la desesperación y el temor de una comunidad que pide a gritos protección. Sin embargo, mientras no se destruyan las estructuras de la injusticia en que la sociedad está instalada, no será posible acabar con la criminalidad.

El delincuente circula al margen de las leyes, quebranta con insensatez las normas de la convivencia cívica y los postulados más elementales de la justicia y no aguanta que la justicia se le aplique.

Las evasiones de las cárceles podrían no ser otra cosa que una protesta contra las desigualdades que se han cometido a lo largo de su vida y de un sistema penitenciario corrompido y deteriorado. Con esto no quiero y no debo exonerar de culpa a quien es responsable de sus actos. Es necesario que reconozcan su delito, escuchen su conciencia que, sin duda, ha de reprocharle su actitud delictiva.

La resocialización es apremiante. Si el tratamiento está basado fundamentalmente en el castigo y en la convivencia infrahumana que ofrecen esas infraestructuras llamadas cárceles al estilo de los campos de exterminio, más que reformador será deformador. Seamos humanos, tengamos sentimientos de justicia y no veamos al delincuente como un ser réprobo para siempre, sino como un ser humano rescatable.

No olvidemos el caso Jorgenssen con sentencia de por vida y el reo más temido entre los reclusos de la cárcel de Pollmoor en Sudáfrica. Cada interno tiene una incubadora improvisada y se le encomienda un ave doméstica para que le dé diariamente comida de una a dos horas, durante cinco semanas.

Se ha observado que hasta criminales irrecuperables demuestran más ternura, amabilidad y paciencia después de cuidar a los polluelos indefensos bajo la supervisión de un terapeuta de la conducta humana. Jorgenssen en declaraciones al Sunday Tribune de Durban en Sudáfrica señaló: “Yo los domestico y ellos me domestican a mí, me enseñaron a tener paciencia y dominar mi instinto salvaje”.

Esto es uno de los tantos modelos de resocialización que existen en países cuyos gobernantes guiados por su inteligencia y sensibilidad humana han sabido aplicar.

Aquel de apariencia indiferente y cruel anhela ser valorado, la clave en las relaciones interpersonales auténticas y profundas; el sostén del equilibrio interno que, cuando lo tienes y lo das, no da cabida al instinto salvaje de los criminales. Tomemos como ejemplo a Jorgenssen.

*Especialista de la conducta humana.gemiliani@cableonda.net