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24 de Jan de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Discursos de 70 palabras

Domingo a las 11:00 de la mañana y de una discoteca en Vía España, salen unos jóvenes, los últimos parroquianos del local de diversión q...

Domingo a las 11:00 de la mañana y de una discoteca en Vía España, salen unos jóvenes, los últimos parroquianos del local de diversión que han sido echados, porque la administración del lugar requiere hacer las limpiezas y empezar a preparar el sitio para la noche.

Afuera del que fue centro de juerga nocturna, las escenas habituales; ella no quiere subir al auto del chico que la llena de improperios porque no sigue el patrón rutinario. Quizás la “conquista” ocasional no comparte la opinión sobre el próximo destino. Un poco más allá, otra pareja, pero de muchachos se lían a golpes ante el cansancio o desazón de sus compañeros que ven el enfrentamiento como algo acostumbrado en esas circunstancias.

Es una imagen quizás típica de estos lugares a la hora de la salida. En los alrededores de la avenida Uruguay, es común encontrar los sábados y domingos en la mañana, escenas similares y apreciar una juventud que con ojos desorbitados y la pupila dilatada producto de las bebidas y otros insumos, trata de insertarse en una especie de vida paralela, mientras la realidad discurre con toda su complejidad.

Uno se pregunta ¿cómo es posible que una generación tras otra, pierda así valiosos momentos que pueden emplearse en construir una cultura personal, una identidad a nivel con los retos que de ella demanda la sociedad actual?

El manejo de la lengua y las formas de comunicación, son aspectos empobrecidos de esa generación y se perciben los resultados en el nivel de aprovechamiento o desempeño en las universidades y colegios. Las cifras están a la vista en los balances del Ministerio de Educación, con los altos índices de fracasos en las asignaturas que tienen que ver con el español y el pensamiento lógico; igual ocurre en las universidades.

Sobre este particular, algunos expertos dicen que los jóvenes panameños utilizan unas 70 palabras como promedio en su vida cotidiana. Un repertorio estrecho con el que ellos interpretan la realidad a su alrededor. Así expresan sus sentimientos y satisfacen sus necesidades de comunicación. Por esa razón, aquel chico prácticamente le ladraba a su pareja y los otros dos, resolvían con los puños sus controversias.

Por lo general esos jóvenes desaprovechan o aprehenden mal lo que reciben en el colegio. Las lecciones, las lecturas, el clima escolar o universitario no son para ellos el escenario de aprendizaje efectivo; puede ser el formal, mas no el espacio donde se produce y reproduce el acervo.

Quizás las experiencias que expongan los medios audiovisuales, las letras de ciertas canciones que se bajan del MP3 y otros artefactos que sirven de plataforma a los datos virtuales dejen mayores satisfacciones que una lección del aula. Es la nueva realidad.

Esto produce un habla en esta generación que se nutre de pocos signos, donde “vaina” , “bicho” , “cosa” , “cuestión” y “pendejada” son una especie de comodines que completan el sentido de cualquier frase u oración. “Espero que pronto arreglemos esta cuestión” ; “¿Cuánto cuesta esta vaina?” ; “¿Nunca te cansas de andar con ese bicho?” ; “¡No me vengas con esas pendejadas ahora!”.

La pobreza discursiva tiene causas vinculadas con la cultura y el lugar que ocupa en las estrategias de las políticas públicas; pero también está relacionada con didácticas pedagógicas y más específicamente con nuestros hábitos domésticos.

¿Cuándo fue la última vez que en un hogar cualquiera se adquirió un libro para que el joven o la joven, el niño o su hermana leyeran, en lugar de comprar zapatillas de marca, MP3, celulares, videojuegos o se pensara en el regalo de unas prótesis pectorales para celebrar los quince años de una ensoñadora adolescente que quiere dejar de serlo?

La plataforma mediática panameña no estimula estos hábitos de lectura o formas alternas de fortalecimiento de las capacidades de comunicación verbal. La multiplicidad de concursos que se hacen públicos —salvo pocas excepciones— tienden a estimular valores poco edificantes. Por lo general se pregunta a personalidades en los diarios y revistas “¿qué está leyendo?” y no se consulta a gente común.

En estos momentos existe en el país una fértil discusión sobre el lugar que oficialmente debe ocupar la cultura. Es un estímulo que tantos pensadores e intelectuales se preocupen de esto. Esperamos que en la próxima Feria Internacional de Libro que se inaugurará en unos días, estos temas formen parte del diálogo con la gente que asista y sobre todo los jóvenes, para que no pierdan preciosos momentos de su formación.

*Periodista, escritor y docente universitario.modestun@yahoo.es